Podemos, fuera de la gobernabilidad
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Antonio Casado

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Podemos, fuera de la gobernabilidad

La primera vez no quiso Iglesias. Y la segunda es Sánchez el que no quiere. El efecto es un Podemos en horas bajas. Pierde protagonismo por exceso de “lucidez”

placeholder Foto: Los diputados de Podemos, Alberto Garzón, Xavier Domènech, Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. (EFE)
Los diputados de Podemos, Alberto Garzón, Xavier Domènech, Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. (EFE)

En vísperas del jueves decisivo en Zarzuela, el ruido de móviles no despeja el duelo de miradas entre el PSOE y Ciudadanos. Ninguno de ellos quiere ser facilitador exclusivo de la investidura de Rajoy. El PSOE, por no desmerecer como alternativa de poder. Y Ciudadanos, por no parecer una marca blanca del PP.

A día de hoy sigue cegada la vía de desbloqueo en torno al eje constitucional. No lo está menos la llamada “vía del 179”, que se ensayó en la constitución de la Mesa del Congreso, consistente en incorporar “por pasiva” a los nacionalismos de derechas (CDC y PNV) al reto de la gobernabilidad.

Aún no es descartable la fumata blanca por la primera vía (PSOE como “parte de la solución”) o la segunda (nacionalismo burgués como factor de desbloqueo). En cambio se revela completamente imposible un Gobierno “a la tramontana”. Es decir, una salida por la izquierda encabezada por el socialista Sánchez con el apoyo pactado de Podemos-Etcétera-Izquierda Unida y la complicidad de “fuerzas catalanas y vascas”, según formula verbal de Pablo M. Iglesias.

A cuarenta y ocho horas de saber si las fuerzas comprometidas con el “sí” a la gobernabilidad y el “no” a unas nuevas elecciones acaban ya mismo con el vacío de poder, me refiero a la segunda ocasión perdida de haber puesto a España en la senda del cambio progresista. La primera vez no quiso Iglesias. Y la segunda es Sánchez el que no quiere. El efecto es un Podemos en horas bajas. La sonrisa no cambió de bando, pues sigue estando a la derecha. La “belleza” del proyecto se ha marchitado. Pierde protagonismo por exceso de “lucidez”. Y si ya tenía la enemiga del PSOE, ahora tiene también la de los nacionalistas, después de la extravagante “operación Domenech”.

Nadie se molesta en exigir sensatez a quien pone en cuestión el principio de soberanía nacional única e indivisible y considera presos políticos a los etarras

El conglomerado de Podemos ha quedado tan excluido del eje de la gobernabilidad que de su reciente encuentro con el presidente en funciones, Mariano Rajoy, lo único que se recuerda es la impuntualidad de Iglesias. Nadie se molesta en exigir sensatez a quien pone en cuestión el principio de soberanía nacional única e indivisible, considera presos políticos a los terroristas de Eta, confunde la política con las artes escénicas y estaría feliz con una nueva llamada a las urnas.

Los dirigentes se han impuesto un tiempo de reflexión para saber “qué quiere ser de mayor” este partido, tal y como lo plantea Iñigo Errejón con una lucidez digna de mejor causa. En recientes declaraciones de prensa, el número dos traza una sencilla pero certera hoja de ruta tras el inesperado batacazo electoral del 26 de junio. Uno, necesidad de madurar como partido. Dos, abandonar el velocismo y prepararse para pruebas de fondo. Tres, menos épica y más soluciones.

Todo ello, sin perder de vista una luz de posición. Su partido está llamado a entenderse antes o después con el PSOE, “con el que deberíamos haber sido más flexibles” (se refiere al fallido intento de Gobierno encabezado por Sánchez en la Legislatura tonta). Así que el plan de vuelo incluye la perspectiva de “trabajar juntos” y no la de liquidar al histórico partido fundado por Pablo Iglesias el 2 de mayo de 1879. Una sombra que ha crecido entre las filas socialistas hasta convertirse en ese muro de mutua desconfianza que hoy por hoy hace imposible el acercamiento. Al menos mientras sus respectivos líderes sigan siendo Pedro Sánchez y Pablo M.Iglesias.

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