Rita Barberá: caída sin honor

La ética y la estética la condenan a ingresar sin honor en la galería de juguetes rotos de la política nacional, junto a tantos otros compañeros de partido

Foto: Pegan un cartel irónico en el portal de Barberá. (EFE)
Pegan un cartel irónico en el portal de Barberá. (EFE)

La situación de la exalcaldesa de Valencia es consecuencia de denuncias en el seno de su propio partido. Sobre ellas avanzó un proceso indagatorio, a cargo de la Guardia Civil y la Fiscalía Anticorrupción, según los que “el PP de Valencia operaba como una organización criminal”.

Pero no son sus enemigos políticos, internos o externos, quienes la han puesto a disposición de los jueces. A ella y a otras 47 personas vinculadas a su largo reinado municipal, cuando, según Rajoy, era “la mejor”. Son un juzgado de Valencia, la Fiscalía y el Tribunal Supremo los firmantes del relato sobre la sospecha de que ella y esas otras personas donaban al partido dinero en blanco y lo recuperaban en negro. Parece muy lógico que jueces y fiscales (el alto tribunal, si se trata de aforados) quieran verificarlo, además de preguntarse por la procedencia de un dinero no confesado.

Por mucho que Rita Barberá invoque la presunción de inocencia y se envuelva en la Declaración Universal de Derechos Humanos, la ética y la estética la condenan a ingresar sin honor en la galería de juguetes rotos de la política nacional, junto a tantos otros compañeros de partido (Rato, Granados, Matas, Bárcenas, Fabra, Castedo…), incluidos los que predicaron con el ejemplo del higiénico paso atrás al ser pillados en renuncio, como ha ocurrido recientemente con el exministro Soria o la exvicepresidenta de Castilla y León Rosa Valdeón.

“No dimito, ni me lo planteo”, dijo acrecentando el malestar del sector dirigente del PP, que dice estar de la corrupción hasta las mismísimas joyas familiares

Solo le ha faltado decir, como otros desvergonzados hicieron antes, que dimitir sería traicionar a sus electores. No ha llegado a tanto. Pero Barberá se ha buscado una salida poco honorable de la política. Véase su lamentable comunicado de ayer, donde se niega a dimitir como senadora porque, en traducción libre de sus cinco puntos, “el escaño es mío”.

Le sobra razón técnica (“Me ampara la ley”) y le falta razón política (ignora el daño que causa a su partido), pero así lo ha ido soltando a los responsables nacionales y regionales del PP que sucesivamente le habían pedido la renuncia, por el bien del partido y la causa presidencial de Mariano Rajoy, después de saber que la sala segunda del Supremo abría una causa penal contra ella por presunto blanqueo de dinero.

“No dimito, ni me lo planteo”, dijo siempre, acrecentando el malestar del sector dirigente del PP, que dice estar de la corrupción hasta las mismísimas joyas familiares. Genio y figura. Y si el problema son los daños colaterales al partido —sigo en traducción libre de lo ocurrido—, pues se va del partido. No del Senado, porque no está dispuesta a hacer el paseíllo en un juzgado de Valencia para que sus paisanos la abucheen como ayer abucheraron los suyos a Rajoy.

La descarada utilización del Senado como burladero personal de la exalcaldesa va a convertir el tramo final de la carrera de Barberá en una caída sin honor

Pena de telediario, llamamos a eso. Y eso le alcanza también al presidente del Gobierno en funciones y candidato del PP a repetir en Moncloa, aunque no tenga ninguna cuenta pendiente con los tribunales ni se le haya perdido nada en ningún juzgado. Nada que ver con los procesos judiciales. Ya sabemos que, por ahora, Rita Barberá no está acusada de nada y que tiene derecho a la presunción de inocencia.

Hablamos de otra cosa. Como la mujer del César, en política las apariencias importan y mucho. Desde esa esquina del análisis, vemos cómo el PP no gana para disgustos por pura acumulación en el trabajo de echar balones fuera. Y vemos también cómo la descarada utilización del Senado como burladero personal de la exalcaldesa de Valencia va a convertir el tramo final de la carrera de Rita Barberá en una caída sin honor.

Al Grano
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