Las cuatro esquinas de 2017

El terrorismo yihadista seguirá acompañándonos tras el atentado de Nochevieja en Turquía. La incógnita de Trump, la relación de PP y PSOE y la situación de Cataluña marcarán la actualidad

Foto: El futuro presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters)
El futuro presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters)

Dos pesadillas para el año que empezamos a pisar como un manto de nieve recién caída. Hacia fuera, terrorismo yihadista. Hacia adentro, el desafío catalán. Y dos motores de la actualidad política. A escala nacional, la inesperada complicidad Gobierno-PSOE. A escala internacional, la incierta gestión del nuevo presidente de EE. UU., Donald Trump.

Terrorismo sine die

La salvajada del mercado navideño de Berlín y la masacre en la discoteca de Estambul coincidieron con las últimas hojas del calendario de 2016 y las primeras horas de 2017. Veámoslas como dosis de recuerdo del miedo al terrorismo yihadista que nos seguirá acompañando sine die. El repliegue bélico del llamado Ejército Islámico (Daesh), con sensibles pérdidas de población y territorio en Siria e Irak, multiplica el riesgo de atentados en Europa, según advierten los expertos.

Hemos de acostumbrarnos, no queda otra, a vivir con miedo, amenazas e incómodas medidas de seguridad en esta parte del mundo civilizado. Sin caer en la tentación de soluciones rápidas y aparentemente fáciles. Los aspavientos, las declamaciones, los excesos verbales, la sobreactuación, son otras tantas formas de reconocer que vamos perdiendo.

PSOE-PP, de la mano

A escala nacional, el año 2017 se anuncia políticamente fecundo a la luz de los intereses generales, gracias a una complicidad PP-PSOE no asimilable a gobierno de coalición. Es la lógica de una complicidad necesaria e impuesta por la nueva matemática de las urnas y los problemas de apremiante solución que nos aquejan. En eso estamos ya. Desde los pactos de Estado para la estabilidad presupuestaria (mandato constitucional), la educación, la justicia y contra la violencia de género, por ejemplo, hasta decisiones de fuerte impacto popular, como la subida del salario mínimo, la lucha contra la pobreza energética y la pronta supresión de indultos para los políticos corruptos.

En resumen, fructífero retorno del bipardismo de hecho, basado en la voluntad socialista de ejercer una oposición “útil” y del Gobierno Rajoy por otorgarle ese protagonismo, mientras Bruselas aplaude con las orejas este inesperado oasis de estabilidad que ha surgido al sur de la convulsa Unión Europea.

Donald Trump, la incógnita

La incógnita se empezará a despejar a partir del 21 de enero, tras la toma de posesión de Trump. Después del agresivo populismo desplegado durante la campaña electoral ha empezado a mostrar su cara más moderada. Amén de las reservas de racionalidad y sentido común depositadas en las sólidas instituciones federales y en el Partido Republicano, nadie cree seriamente que un hombre con negocios en veinticinco países de todo el mundo, incluidas las regiones más sensibles, quiera patear el tablero.

Al menos los empresarios españoles están convencidos de que en la Casa Blanca se instalará una vez más el pragmatismo. Una opinión interesada, por supuesto, si tenemos en cuenta que hay unas setecientas empresas españolas instaladas en EE.UU., (no se cuentan las que exportan bienes o servicios a ese país, que son muchas más). No es creíble el miedo a que el país más poderoso del planeta vaya a encerrarse en aplicación de las tóxicas doctrinas sugeridas en la campaña de Trump: xenofobia, racismo, proteccionismo comercial y portazo a la multilateralidad institucionalizada.

El laberinto de Cataluña

El sueño de un cinco por ciento de españoles votantes en las últimas elecciones generales es la pesadilla del noventa y cinco por ciento restante. Es la aritmética del laberinto en el que los nacionalistas han metido a Cataluña en contra de la democracia. La causa independentista, con tendencia a bajar, según el último sondeo oficial, bracea frente a la mayoría no nacionalista. En contra de la historia. Siempre fue una parte de España y nunca existió una soberanía catalana como fuente de poder. En contra de las leyes nacionales. Sin un cambio previo de la Constitución, la causa separatista carece de cobertura legal. En contra de las leyes internacionales. El derecho de la autodeterminación se limita a situaciones coloniales y no afecta a estados “legítimamente constituidos”. Y en contra del sentido común. Es absurdo que la parte decida el futuro del todo.

Según Carles Puigdemont, la salida del laberinto se producirá antes de que acabe 2017 con un referéndum “legal y vinculante” (mensaje de fin de año del presidente de la Generalitat) que abra el camino hacia la república independiente de Cataluña. Pero, por todo lo dicho, eso solo puede ocurrir cuando el sol salga por el Oeste y se ponga por el Este. Si añadimos el anómalo chantaje de un partido gamberro (CUP) al nacionalismo gobernante, apuesten ustedes por unas nuevas elecciones catalanas antes de que termine el año recién estrenado.

Al Grano
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