Camellos sin beduinos y payasos sin circo

Hasta los comentaristas sentimos el hartazgo de estar corriendo cada día detrás de las liebres que sueltan esos dirigentes independentistas. Y celebramos el descaro de Morán

Foto: El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont. (EFE)
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont. (EFE)

Si malo malísimo era que los asociaran a la corrupción ('Pujol nos roba'), peor es que los asocien al franquismo (al discrepante, ni agua). Es el nuevo estigma en la carga que llevan los costaleros del soberanismo catalán desde que un insobornable periodista, Gregorio Morán, lanzase la primera piedra dejando en evidencia a 'La Vanguardia'. Nunca pude imaginar que periódico tan señero podía atentar de forma tan burda contra el venerable principio de la libertad de expresión.

En ese diario catalán publicaba Morán —no sé si seguirá, tras lo ocurrido— una columna semanal. La del sábado fue censurada “por orden de la dirección”. Así se las gastaban los directores de medios adictos al régimen franquista (de otro modo no hubieran sido directores) en los años del general, si alguien se mostraba desafecto a la causa de la España una, grande y libre.

Cuando aquel mal sueño se ha desvanecido en la memoria de los españoles y cuando tanto presumimos de artículo 20 de la Constitución española, por el que se reconoce y se protege el libérrimo derecho a expresar “pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”, resulta que se prohíbe un artículo de prensa por mostrarse desafecto con la causa de la Cataluña una, grande y libre.

Franco acabó desmentido por la España plurinacional de Pedro Sánchez y Puigdemont, por los catalanes de Batea (Tarragona)

Por el paso al frente de El Confidencial y otros medios de difusión nacional, que publicaron el artículo, supimos que Morán no asume la extendida tendencia a tratar el nacionalismo como especie protegida. Denuncia la sumisión de los medios catalanes al corrupto poder de las instituciones de la Generalitat. Y compara a esos medios con el Movimiento Nacional. También compara a Franco con Puidgdemont, por su común adicción a los referéndums (organizarlos para ganarlos). Y por su autoritarismo. A los tibios, matarile político.

Así que, a partir de ahora, podremos hacer con toda propiedad el paralelismo entre dos ambiciones malogradas: la España de Franco y la Cataluña de Puigdemont como unidades de destino en lo universal. Mire usted por dónde Franco acabó desmentido por la España plurinacional de Pedro Sánchez y Puigdemont por los catalanes de Batea (Tarragona), que reclaman su derecho a decidir si quieren ser catalanes o aragoneses.

Perdón por la 'boutade'. Espero que el lector sea indulgente con esta desenfadada manera de acercarse al tramo final de un proceso en el que se multiplican las señales de descomposición. Y es que los códigos de la razón no sirven. Han sido reventados por los dirigentes nacionalistas que proponen la independencia de Cataluña con la pretensión de que el Gobierno de Madrid les ayude en la tarea.

Como los payasos sin circo, así acabarán los catalanes si el día 2 de octubre no se ven como flamante nación independiente

La racionalidad nunca casó con esta absurda aventura que no lleva a ningún lado y parte en dos a la sociedad catalana. Por eso hasta los comentaristas sentimos el hartazgo de estar corriendo cada día detrás de las liebres que sueltan esos dirigentes. Y celebramos el descaro de Morán cuando se trata de recordarnos que no son linces de Doñana o urogallos cantábricos, a los que haya que proteger del peligro de extinción.

“Vivimos entre camellos, pero sin la experiencia de los beduinos”, escribe. Como los payasos sin circo, que es como acabarán los catalanes si el día 2 de octubre no se ven como flamante nación independiente. Buenos fogonazos verbales. Más luminosos que un sofisticado razonamiento sobre los planes de Junqueras para ganar las elecciones después de un referéndum fallido y volverlo a intentar dentro de unos años, con más apoyo y más credibilidad que Mas y Puigdemont juntos.

Al Grano

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