Elecciones Cataluña 2017: El fantasma de una Cataluña ingobernable. Blogs de Al Grano

El fantasma de una Cataluña ingobernable

Solo la transversalidad puede ser el antídoto de una Cataluña ingobernable. Y, en la peor hipótesis, solo el frentismo puede quitarle su valor curativo

Foto: Foto: EFE.
Foto: EFE.

El mal agüero de una repetición electoral sobrevuela el ambiente previo al recuento electoral de esta noche, precursor de un mapa político irremediablemente fragmentado y una memoria social muy castigada por el 'procés'. Solo la transversalidad puede actuar como antídoto de una Cataluña ingobernable.

Y solo el frentismo puede quitar a ese relato su valor curativo. Es la peor de las hipótesis. Una mayoría absoluta de las tres fuerzas inequívocamente independentistas (ERC, JxCAT y CUP). Pero, a mi juicio, procede descartarlo. Por tres razones. Una, la enconada rivalidad entre los republicanos del preso Junqueras y la cohorte del huido Puigdemont. Dos, la común intención de ambos de no volver a encamarse con la CUP. Y tres, la conciencia de derrota ante la determinación de un Estado que resultó más sólido de lo calculado por los guionistas del 'procés'.

Aunque no lo digan, los independentistas saben que su aventura ha fracasado. Y abrigan la certeza no confesada de que volverían a chocar con el muro del 155 si persistieran en discurrir por las vías de la unilateralidad y la desobediencia legal.

Los votos no sacan a nadie de la cárcel, pero pueden suspender la vigencia del 155 y curar de separatismo a una Cataluña partida en dos

Al otro lado también es impensable un Gobierno exclusivamente constitucionalista. La incompatibilidad entre socialistas y PP a escala nacional lo haría imposible. Una cosa es la coincidencia en la defensa del Estado y otra amontonarse en una coalición de gobierno. Hay otras razones, pero todas quedan derogadas por el hecho de que los números no se prestan. Ni de lejos las encuestas contemplan la posibilidad de un Gobierno formado solo por los partidos que apoyaron el 155.

A pocas horas de conocer el desenlace del 21-D, puede decirse que el sincretismo político marcará el signo del nuevo Gobierno de Cataluña. La exigencia de los números obligará a desbordar el perímetro de cada bloque para incorporar al menos a uno del otro o, en su caso, al que teóricamente no está en uno ni en el otro. A eso juegan los socialistas de Iceta y los comunes de Domènech. Ambos alzan la bandera de la negociación, el pacto y el cierre de heridas, con voluntad de superar el choque entre separatistas y españolistas, fuente de todas las desgracias.

A partir de ahí, hagamos apuestas. Para la investidura o para toda la legislatura. Gobierno de coalición o en minoría con apoyos variables. Consejeros independientes o solo de partido. Presidente nacionalista o constitucionalista.

Mi quiniela. Aunque sea cinco minutos antes de una eventual repetición electoral, como ya ocurrió en las últimas elecciones generales, habrá un Gobierno de doble barandilla, nacionalista y no nacionalista, comprometido con la legalidad. Y al día siguiente de su constitución, caducará la vigencia del 155 y la Generalitat recobrará las competencias intervenidas.

El narcisismo electoral de Puigdemont le impide ver que su futuro está en manos de los jueces, no de las urnas, polarizaras entre Junqueras y Arrimadas

Aunque su sentido era otro, tenía razón Puigdemont al afirmar que los votos terminarán con el 155. Pero ni él ni otros dirigentes separatistas la tienen cuando se aferran a su última ensoñación sobre el poder redentor de los votos. Dice el expresidente que el pueblo le volverá a sentar en el trono y abrirá las celdas de los patriotas encarcelados. Mentira. Una más de las que repiten mil veces hasta que, imitando a Goebbels, el ministro de Propaganda de Hitler, lleguen a hacerse verosímiles.

El narcisismo electoral de Puigdemont, peleado con la dirección de su propio partido, está abocado a desvanecerse en los autos judiciales. En silencio y sin gloria, camino del autodestierro. O de la cárcel, pero no en olor de multitudes. El futuro del 'expresident' está en manos de los jueces, no de las urnas, que se avecinan polarizadas entre Junqueras y Arrimadas.

Los votos no sirven para sacar a nadie de la cárcel. Servirán, en todo caso, para curar de separatismo a una Cataluña partida en dos en vísperas del recuento de esta noche, el Madrid-Barça del sábado y las muy familiares comidas navideñas del domingo, que se avecinan tormentosas en los hogares catalanes.

También miente y manipula Puigdemont al decir que si 'los partidos del 155' ganan las elecciones o desactivan el proyecto de ruptura con España, supondrá una “derrota de país”. De nuevo, mentira y gorda. Si la facturación electoral del constitucionalismo mejora hasta el punto de impedir democráticamente la ensoñación constituyente de la república catalana, la derrota no sería de país sino de políticos aventureros, irresponsables y mentirosos, como el muy poco honorable expresidente de la Generalitat.

Al Grano

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