Cataluña tapó las vergüenzas de 2017

En el año de Trump, las 'fake news' y 'Despacito', seguimos tragando con la cantinela de una recuperación basada en la precariedad y los bajos salarios

Foto: Estudiantes con esteladas en Barcelona. (Reuters)
Estudiantes con esteladas en Barcelona. (Reuters)

Fue la gran coartada del año que mañana se llevará el demonio, cuando caiga la última hoja del calendario. Como tapadera de todas las vergüenzas propias y ajenas, nacionales e internacionales, Cataluña es la odiosa madrastra política y mediática que nos prohíbe ver más allá del 'procès'.

El año del pacto de Estado contra la Violencia de Género ha resultado dramático. Cincuenta y seis mujeres y niños fueron víctimas mortales del machismo. En vez de preguntarnos por qué hemos bajado la guardia en asunto de máxima afectación política, social, legislativa y mediática, hacemos apuestas sobre lo que hará o no hará cierto personaje menor que pasea por Bruselas enfermo de narcisismo.

En el año de Trump, los refugiados, la "aporofobia", las 'fake news', el hundimiento del chavismo y la murga de 'Despacito', los españoles seguimos tragando con la cantinela marianista de una recuperación económica basada en la precariedad y los bajos salarios. Es socialmente injusto. Económicamente, poco duradero. Por tanto, insostenible. No hablemos de recuperación sino de saldo contable en verde, cuando el crecimiento y la creación de empleo aireados por Mariano Rajoy se basan en la pujanza del sector exterior y la penuria salarial interior.

56 asesinados por violencia machista y en vez de preguntarnos por qué hemos bajado la guardia, hacemos apuestas sobre Puigdemont

Ayer hubo rueda de prensa-balance del presidente del Gobierno en Moncloa. Véase cómo la atención preferente de los medios se ha centrado en una fecha. La que se fija para la constitución del Parlamento catalán alumbrado en las urnas. A los rastreadores de la actualidad nacional nos resulta incómodo, por ejemplo, hurgar en los casos de corrupción judicial y política abiertos. Y a los gobernantes, exgobernantes, dirigentes o exdirigentes que están afectados o pueden estarlo, ni te cuento. Les viene bien que sigamos con la guerra civil de Cataluña (el odio carga miradas y palabras que se cruzan los catalanes).

También nos perdemos la geografía del odio fuera de nuestras fronteras, que va a sufrir modificaciones con la derrota militar del ISIS en la zona sirio-iraquí. Nos atiborramos de lecturas sobre las andanzas flamencas de Puigdemont y llegamos cansados a las novedades sobre un choque de trenes bastante más cruento que el del separatismo catalán con el Estado español. Me refiero a los baños de sangre en nombre de Dios (Marsella, Londres, Berlin, París, Bruselas, Barcelona). Y a la guerra entre el fanatismo yihadista que desprecia la vida (incluida la de los suyos, lo cual les da una ventaja operativa evidente) y los que amamos la vida en esta parte del mundo.

No parece que la estemos ganando. Nuestra respuesta hermanada en el dolor por los crueles atentados de este verano en Barcelona y Cambrils, quedó arrinconada en la memoria ante el empuje de los acontecimientos relacionados con el conflicto catalán: el 1-O. La declaración de independencia, la aplicación del 155, las urnas del 21-D... y lo que venga.

El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters)

La dispersión de los buenos favorece a los malos. A raíz de los atentados de junio en Londres hubo un penoso enfrentamiento verbal entre Donald Trump y el alcalde, Sadiq Khan, de religión musulmana, por cierto, que había pedido a los londinenses ser comprensivos por el formidable despliegue policial posterior a los atropellos en el puente de Westminster y los apuñalamientos en el mercado de Borough.

La respuesta hermanada en el dolor por los atentados en Barcelona quedó arrinconada en la memoria ante el empuje del conflicto catalán

El absurdo inquilino de la Casa Blanca, que este año ha sido una casa de locos, afeó en internet el llamamiento del alcalde por pedir calma cuando siete personas habían sido asesinadas en la calle. Y Khan lo ignoró: "Tengo cosas más importantes que hacer que responder a Trump".

En febrero, Rajoy habló con el recién llegado a la Casa Blanca. Ambos debían tener cosas más importantes que hacer (tal vez los negocios de aquel y el problema catalán de este) porque el telefonazo duró cinco minutos menos de los quince concertados. Casi mejor. Una charla prolongada hubiera tenido riesgos. Antes o después se hubieran abordado asuntos en los que la vergüenza torera obliga a posponer los intereses a favor de los principios. No se llegó a ese punto a partir del cual hubieran aflorado ciertas decisiones de Trump reñidas con la declaración universal de los derechos humanos.

Al Grano

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