Puigdemont y Gabriel: internacionalización del ridículo

La complicidad internacional es uno de los muchos baluartes que han caído por la Cataluña una, grande y libre. A Puigdemont y compañía ya les han visto el plumero

Foto: El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont y la exdiputada 'cupaire' Anna Gabriel. (Reuters)
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont y la exdiputada 'cupaire' Anna Gabriel. (Reuters)

Impresionante rasgo de lucidez del expresidente de la Generalitat Artur Mas, concentrado en este fogonazo expresivo: “Ya no nos miran”.

Así lamenta la pérdida de peso internacional del independentismo, después de tantos errores cometidos. El mayor, la declaración unilateral de independencia del 27 de octubre. “Simbólica” en realidad, fruto de una sobreactuación, le dijo al juez.

Sostiene Mas que aquel día se malogró el apoyo internacional cosechado el 1-O. “Ahora ya no nos miran los poderes centrales”, “ya no estamos en el foco”, dice. Y su voz se enreda en los circuitos informativos con la voz de Anna Gabriel, exdiputada de la CUP, que invoca la “internacionalización del conflicto” como uno de los motivos de su fuga a Ginebra (Suiza).

La complicidad internacional es uno de los muchos baluartes que han caído por la Cataluña una, grande y libre. A Puigdemont y compañía ya les han visto el plumero. Y ahora Gabriel se dispone a dar un paso más en la internacionalización del ridículo de la gaseosa estrategia separatista frente a la sólida aplicación del 155, cuya derivada judicial ha sembrado el desconcierto entre los agitadores del 'procés'.

Unos huyen y otros no. Pero algo aún los iguala: todos se encogen ante la acción de la Justicia. Mas, Rovira, Pascal, Forcadell, etc., dicen ahora que la declaración de independencia fue una acción política sin consecuencias jurídicas (¿a qué venían, entonces, las llamadas leyes de desconexión?).

A todos les tiemblan las piernas a las puertas de la cárcel. Hasta ahí llegan su patriotismo y su aportación a la causa común. Ni un milímetro más. Con alguna excepción. Por ejemplo, la de la exdiputada de la CUP Mireia Boya, que entró en el Tribunal Supremo sonriendo y levantando el puño. Y nadie la ha metido en la cárcel. Un referente para entender que su compañera, Gabriel, está haciendo el ridículo.

Les tiemblan las piernas a las puertas de la cárcel. Con alguna excepción, como la de Mireia Boya, un referente para entender que Gabriel hace el ridículo

Virgen ofendida sin ofensa. Venda sin herida. Fuga preventiva ante una persecución virtual, como parte de su dizque “estrategia antirrepresiva”. Lo de Anna Gabriel es una huida por si acaso. Algo que ni siquiera he merecido una orden internacional de busca y captura, lo cual convierte en un debate inútil, innecesario y absurdo el ruido de las últimas horas sobre lo que haría o dejaría de hacer el Gobierno suizo ante una eventual solicitud de extradición por parte de España.

Gabriel se queja de un daño que nadie le ha inferido y puede que finalmente nadie le infiera, salvo el derivado de su plantón al juez Llarena. Realmente ese es el único reproche al que debe hacer frente. El de haberse pasado por el arco del triunfo una citación judicial.

Gabriel se queja de un daño que nadie le ha inferido y puede que finalmente nadie le infiera, salvo el derivado de su plantón al juez Llarena

Es la única razón de la orden de detención y puesta a disposición judicial cursada ayer por el juez Llarena. Por si pisa de nuevo territorio español, como en el caso de Puigdemont, quedando libre de moverse por donde quiera en el resto del mundo. Solo por haber eludido la acción de la Justicia “sin alegar causa legítima que se lo impida”. Un pecado civil sobrevenido en mero proceso indagatorio de incierto desenlace.

Otros compañeros y compañeras del viaje sedicioso, incluso con posiciones de mayor relevancia en la concertación del desafío al Estado (Forcadell, Forn, Romeva, Mas, Rovira, Trapero, Pascal), han superado sus respectivas citas judiciales sin entrar en la cárcel, con fianza y sin ella, a la espera de que sus respectivos comportamientos acaben o no en procesamiento.

Se autocondenaron al destierro porque les dio la gana, porque les dio la gana procesar las intenciones de un juez para adaptarlas a sus planes

Sin embargo, Anna Gabriel, Carles Puigdemont y el resto de los fugados de Bruselas se autocondenaron al destierro porque les dio la gana. O, por mejor decir, porque les dio la gana procesar las intenciones de un juez para adaptarlas a sus planes. Esa es su fuente de inspiración para decidir por su cuenta y riesgo que en España no tendrían juicio justo y que el juez los buscaba para meterlos en la cárcel.

Según y cómo, claro. De la treintena de investigados en relación con el 'procés', solo cuatro están encarcelados por medidas cautelares del juez Llarena. Ahora puede sumarse Gabriel si nos honra con su visita. No por su conducta anterior, presuntamente delictiva (eso está por ver), sino por su incomparecencia judicial de ayer. O sea, que ella misma ha creado las condiciones para garantizarse la entrada en la cárcel y reforzar así su papel de víctima del represor Estado español.

Al Grano
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
76 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios