Quim Torra, el último farol de Puigdemont

Quim Torra, el último farol de Puigdemont

El nuevo candidato pregona que es compatible la inclusión de la mitad no independentista de Cataluña con una gestión soberanista comprometida con el avance hacia una república independiente

Foto: Quim Torra en una imagen de esta semana. (R)
Quim Torra en una imagen de esta semana. (R)

La fallida investidura telemática fue el penúltimo farol de Carles Puigdemont, como comenté el lunes pasado. El último será Quim Torra, el vendedor de seguros que odia a los españoles.

O los odiaba. Al menos seis años antes de pedir disculpas 'por si alguien se ha podido sentir ofendido'. Es el tiempo transcurrido desde aquellas deposiciones en redes sociales hasta el momento de convertirse en candidato amarillo a la presidencia de la Generalitat con mando a distancia.

Esa parte de las obras completas de Torra (Blanes, 1962) refleja su profundo pensamiento sobre los 'españoles': ni tienen vergüenza ni saben lo que es la democracia. "Solo saben expoliar".

Ahí tenemos el prenda que se ofrece al Parlament como "presidente republicano de los siete millones y medio de catalanes". Que la palabra 'diálogo' se repita hasta la saciedad en su discurso de investidura no nos saca de dudas respecto a sus intenciones de fidelidad al ‘mandato del 1 de octubre'.

Mal empezamos. Tal vez convenga recordar que el mandato del 1 de octubre pone en cuestión el título de soberanía nacional, que reside en el pueblo español en su conjunto. No en una parte del mismo ilegalmente consultada ni en la mayoría parlamentaria de una determinada comunidad autónoma.

Sin embargo, esta criatura del oráculo de Berlín pregona que es compatible la inclusión de la mitad no independentista de Cataluña con una gestión soberanista comprometida con el avance hacia una república independiente. Confirmado: nos toma por idiotas.

Puigdemont junto Torra y Artadi. (EP)
Puigdemont junto Torra y Artadi. (EP)

Pero es lo que hay. Hasta aquí llegó el dedo de Puigdemont, como metáfora clásica del ordeno y mando. Ya lo hizo con su sucesor a la alcaldía de Gerona en enero de 2016. Acaba de repetirlo con quien el lunes, en segunda votación y si la CUP lo permite, será el 131 presidente de la Generalitat con carácter interino. No renuncia a recuperar el trono y espera su momento. El último farol. Cada vez le queda menos agua en la piscina.

Su horizonte personal y político está ennegrecido por la ya acreditada amenaza del 155, el brazo justo de la ley, la sombra de la inhabilitación (no hacer declaración de bienes e inminente firmeza del auto de procesamiento) y la próxima revisión alemana de la euroorden.

Ya en el terreno estrictamente político, tampoco juega a su favor la paciencia de ERC, que debe tener un límite en cuanto a seguir siendo un rehén más del 'presidente legítimo'. E incluso, la eventual tentación de Quim Torra de hacer con Puigdemont lo que este hizo con Mas.

No se puede reclamar la tutela judicial sin reconocer la potestad jurisdiccional de los tribunales

Esas perspectivas no hacen verosímil, ni de lejos, el retorno de Puigdemont al despacho de la plaza Sant Jaume prohibido a su delfín. Espero, por tanto, que estemos ante el último volatín de este patriota de terciopelo que huye de los jueces por aversión a un fastidioso paso por la cárcel.

Nunca entendió que el ejercicio de los derechos siempre tiene su contrapunto en el ejercicio de los deberes. No se puede reclamar la tutela judicial sin reconocer la potestad jurisdiccional de los tribunales. Ni exigir el derecho a la participación política si antes se ha repudiado el marco legal que contempla la aplicación de ese derecho.

Puigdemont quiere jugar el partido sin presentarse en el campo. Y eso es insostenible desde todos los puntos de vista. Así que no merece un final feliz este averiado mesías del independentismo que vive en estado de permanente reiteración delictiva como realquilado de la justicia alemana.

Al Grano

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