Presidente Sánchez: muchas dudas, pocas certezas

Elegancia y dignidad en la despedida de Rajoy. Triunfó en lo tangible (recuperación económica) y falló en lo intangible (mirada distraída en la corrupción del PP)

Foto: Mariano Rajoy felicita a Pedro Sánchez tras el éxito en la moción de censura. (EFE)
Mariano Rajoy felicita a Pedro Sánchez tras el éxito en la moción de censura. (EFE)

Con más dudas que certezas se va a ofrecer a la ciudadanía el Gobierno que conoceremos en las próximas horas. Es el sino fundacional del tiempo recién nacido en la votación del viernes, cuando una mayoría absoluta de diputados dejó a Pedro Sánchez investido de la confianza parlamentaria.

Lo siguiente ha sido pasar por Zarzuela y el BOE, inequívocos elementos probatorios de que el líder destronado y redivivo, se ha convertido en el séptimo presidente del democrático régimen de 1978. El abominable régimen, según sus nuevos compañeros de viaje. Populistas españoles y secesionistas catalanes, básicamente. No debieron padecer con la profesión de fe en la Constitución verbalizada por Sánchez. Le faltó la emoción de otras veces. Una defensa lo bastante desganada como para complacer a quienes iban a convertirle en presidente del Gobierno.

Socialistas de Pablo Iglesias (memoria histórica, por favor), de pronto amontonados con los grandes descreídos de nuestra Carta Magna. Populistas de Pablo Manuel (Podemos) y separatistas de Puigdemont, con Urkullu (PNV) y Otegui (Bildu) como estrellas invitadas del nacionalismo vasco.

Es la componenda formada entre bambalinas, no en el escenario, para liquidar políticamente a Rajoy "por higiene democrática". En nombre de una sentencia judicial sobre la archisabida corrupción en el tejido organizativo del PP. "¡Qué escándalo, aquí se juega¡", dijo el famoso comisario de Casablanca con el mismo cinismo que ciertos dirigentes políticos españoles se escandalizan como si se hicieran de nuevas.

En torno al proyecto "sanchestein", una perturbadora incógnita: ¿Cómo gobernar España con los enemigos de España?

El fin de semana va de quinielas sobre ministrables. Y abiertas siguen las quinielas respecto al precio a pagar por la fumata blanca del candidato a la Moncloa y los umbrales de resistencia de un Gobierno marcado por la debilidad en origen. En cuanto al futuro del proyecto "sanchestein", una perturbadora incógnita ha entrado en los circuitos políticos y mediáticos: ¿Cómo gobernar España con los enemigos de España?

Del cómo se sabe poco, más allá de los voluntaristas enunciados de Sánchez y las conminatorias propuestas formuladas por el líder podemita mirando al tendido socialista. Por la "plurinacionalidad" y contra el "centralismo monárquico" (Iglesias dixit). Del cuándo sabemos algo más, por exigencia del "socio preferente" a cambio de lanzar al estrellato al líder del PSOE. Uno, ninguna prisa en convocar elecciones. Dos, mantener en los PGE las nutritivas enmiendas aportadas por el PNV antes de morder la mano de Rajoy, que le estaba dando de comer. Y tres, reales ejercicios de empatía con el independentismo catalán.

El rey Felipe VI firma el Real Decreto de nombramiento de Pedro Sánchez. (EFE)
El rey Felipe VI firma el Real Decreto de nombramiento de Pedro Sánchez. (EFE)

Todo lo cual encaja en la hoja de ruta anunciada por quien este sábado a mediodía se habrá convertido en el nuevo presidente del Gobierno. A saber: medidas urgentes, periodo de estabilización y llamada a las urnas. Tal cual. Sin fechas. Y sin prisas. Se trata de garantizar al PNV un frenazo al sueño monclovita de Rivera, el enemigo público numero uno del Concierto Vasco. Con tiempo suficiente para que Sánchez e Iglesias, en larvada competencia, pasen de la invisibilidad al reforzamiento de sus respectivas figuras, mientras rabian los de Ciudadanos, crecidos en las encuestas y descolocados en la sacudida del tablero que mató políticamente a Mariano Rajoy.

El ya expresidente no quiso dimitir antes de la votación del viernes, a pesar de las reiteradas sugerencias de Sánchez. Según él, porque hubiera equivalido a un reconocimiento de culpa. Hubiera blanqueado lo que se veía como una conjura. Por dejar en evidencia a quienes le han echado sin sentirse culpable de nada. Y porque la dimisión tampoco garantizaba la continuidad de su partido en el poder. Un candidato/a del PP hubiera sido tumbado igualmente por la misma mayoría que le tumbó a él.

En cualquier caso, Rajoy se ha ido con la cabeza alta, después de aceptar democráticamente el desenlace de la moción de censura y felicitar públicamente a Sánchez, desearle suerte y disculparse ante "quien pude haber ofendido".

Elegancia y dignidad en un buen servidor del Estado que triunfo en lo tangible (devolución de la confianza en España después de la crisis económica y frenazo a los enemigos del Estado) y falló en lo intangible (mirada distraída hacia la corrupción en su propio partido).

Al Grano

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