Casado y la guerra fratricida del marianismo

La corriente política acuñada por el expresidente del Gobierno se ha roto por dentro como consecuencia de una querella larvada desde hace tiempo

Foto:  Pablo Casado (d), saluda al expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)
Pablo Casado (d), saluda al expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)

No es verdad que haya ganado el aznarismo, aunque es la versión circulante de lo ocurrido en el congreso del PP. El salto a la fama de Pablo Casado no nace en un repentino rechazo del marianismo por parte de los compromisarios, después de romperse las manos aplaudiendo el paso de Rajoy por La Moncloa.

Demasiados obituarios sobre la figura del presidente destronado. Las líneas editoriales de los principales medios de comunicación coinciden en presentar la derrota de Soraya Sáenz de Santamaría como el fin del marianismo. Es descriptivo. Cualquier corriente política personalizada desaparece con su titular.

Pero no describe nada endosar su caída a los males denunciados por Aznar. Ni a quien se presenta como heredero de ese impulso reprobatorio. Por mucho que el ganador parezca un continuador de aquel otro presidente del Gobierno (1996-2004) y líder del PP (1990-2004). No tiene sentido. Todos vimos cómo Casado fracasó estrepitosamente cuando, ya de ganador, en su discurso del sábado, quiso arrancar un aplauso para José María Aznar al mencionar a los líderes del PP.

Entonces, ¿qué es lo que ha pasado? Pues que el marianismo se ha roto por dentro, tras una verdadera guerra fratricida entre sus propios seguidores. Consecuencia de una querella larvada desde hace tiempo. Afloró con toda su crudeza en el tramo final de la campaña. Número dos de Rajoy en el partido, Cospedal, contra número dos de Rajoy en el Gobierno, Soraya.

Sin los apuñalamientos entre marianistas, nadie podría decir ahora que Casado ha enterrado el marianismo

Sin los apuñalamientos entre marianistas, nadie podría decir ahora que Casado ha enterrado el marianismo. Cabe hablar de una conjura contra Soraya por parte de tan señalados adeptos a la causa de Rajoy como Cospedal, Núñez Feijóo, García-Margallo, Rafael Catalá, Juan Ignacio Zoido y otros. Unidos solo por la común aversión a Soraya, no por la común confianza en la valía de Casado. ¿O hay que recordar, por ejemplo, que Cospedal lo vetó no hace mucho tiempo para remplazar a Cristina Cifuentes en la presidencia de la Comunidad de Madrid?

El pecado de esta “coalición de resentidos”, como se la denomina entre personas muy próximas a Rajoy, es que todos ellos sabían que la victoria de Casado, exjefe de gabinete de Aznar, iba a ser interpretada como un triunfo de las tesis aznaristas respecto a la “reconstrucción del centro derecha”, “recuperación de las señas de identidad del PP”, “rearme ideológico”, etc.

Casado incluye a García Egea, Levy, Maroto y a cuatro exministros en su comité ejecutivo

Es una de las claves. La conjura de tres acreditados marianistas (Cospedal, Feijóo y García-Margallo) que han preferido entregar el partido a Pablo Casado, conscientes de que el resultado se vería como una sinuosa victoria del aznarismo. Sobre todo después de escuchar el adiós de Rajoy y su canto a la prometida neutralidad. Nada de 'delfines', nunca se irá del PP y siempre a disposición del partido de toda la vida.

“Me aparto, pero no me voy”. Eso dijo, mientras pensaba sin decir: “No como otros”. El recado era para Aznar. El mismo que, después de renunciar a la presidencia de honor del PP, apartarse del partido (“No me siento representado”) y tratar con desprecio a su sucesor, tuvo la desvergüenza de quejarse por no haber sido invitado al congreso.

Rajoy supo cumplir su palabra, y eso le compensa de un punto de amargura por la guerra fratricida que han librado sus propios seguidores

Mal sabor de boca le queda al registrador de Santa Pola. El que empaña su emocionado agradecimiento por las muestras de cariño recibidas y por el interminable aplauso de los compromisarios, con lágrimas en los ojos de muchos de ellos, después de defender su gestión durante los difíciles años de la crisis económica, el fin de ETA y el aún vivo conflicto catalán.

Pero el expresidente, me consta, es en estos momentos un hombre agradecido por la despedida que le han dispensado. Y satisfecho de haber mantenido la neutralidad. Supo cumplir su palabra y eso le compensa de un punto de amargura por la guerra fratricida que han librado sus propios seguidores. Y por las dificultades que, a partir de ahora, va a tener Pablo Casado para lograr que un PP abierto en canal vuelva a ser un partido unido.

Al Grano
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