En Cataluña, cada vez menos España

"Lo malo no es que Cataluña quiera irse de España. Lo malo es que España se está marchando de Cataluña" (Alfredo Pérez Rubalcaba)

Foto: Manifestación de la Diada en Barcelona. (EFE)
Manifestación de la Diada en Barcelona. (EFE)

Sobre la hiriente y no reparada incomparecencia del Estado en Cataluña, recurro al 'autoplagio'. Hace días reproduje en redes sociales un comentario oído en distancia corta al exlíder socialista y vicepresidente del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba: "Lo malo no es que Cataluña quiera irse de España. Lo malo es que España se está marchando de Cataluña".

Sin haberme recuperado de la frase, tuve ocasión de escuchar una desalentada referencia del ministro Borrell a la falta de un "relato movilizador", al tiempo que felicitaba al independentismo por su eficacia en sentido contrario. Y luego, confesión de impotencia del Estado, sorprendente en boca de quien se suponía el ministro mejor plantado ante el desafío: "Ya me gustaría a mi tener los medios que tiene Diplocat".

Dicho fuese cuando acababa de producirse la reapertura de la "embajada" catalana en Berlín, cerrada hasta entonces por aplicación del artículo 155. Lo cual alimenta la sensación de que el separatismo lo practica el Estado al paso de las continuas concesiones, siempre en la misma dirección. Y al paso de las provocaciones, siempre del mismo lado.

El ministro Borrel lamenta la falta de "relato movilizador" en España, a diferencia de la probada eficacia del independentismo

"Fuera justicia española", se gritaba este jueves en las calles de Barcelona, mientras Torra le declara la guerra a los frescos de los Reyes Católicos en el salón Sant Jordi de la Generalitat. Todo ello amenizado por los violines de Moncloa y unos acompañantes reñidos con la Constitución y la Monarquía.

La ética de la responsabilidad también cae siempre del mismo lado por no echar leña al fuego. Ahí encaja el desistimiento oficial en la guerra de los lazos, a pesar de la doctrina del Tribunal Constitucional (28 abril 2016) y las sentencias del TSJC contra el uso partidista de los espacios públicos. Y ahí encaja también la que, a mi juicio, fue una situación de desamparo estatal del Rey en su reciente paso por Hospitalet de Llobregat solo arropado por la ministra Ribera y la delegada del Gobierno.

Solo se habló de la ausencia de un Govern insumiso, cuyo mantra favorito es que Felipe VI no es bienvenido. "Ya no es el rey de los catalanes", sostiene Quim Torra. Pero no hablamos del Gobierno de España y la inexplicable ausencia de Sánchez en la feria mas importante del sector del gas (Gastech), con 45 años de historia, que reunía en Barcelona a 700 expositores y 30.000 profesionales de noventa países.

Por encima de las consideraciones sobre la importancia del acto en relación con la marca España y la marca Cataluña, parece que olvidamos lo que simboliza Felipe VI frente a las aspiraciones rupturistas. Es la última barrera del separatismo en su marcha hacia la Cataluña grande y libre. Así quedó demostrado el 3 de octubre de 2017, dos días después de superar la meta volante del referéndum de desconexión.

Sucedió cuando, por incomparecencia del Gobierno, aturdido y desbordado por los acontecimientos del 1-O, el Rey mandó a parar. El Estado había desaparecido. Era la molesta impresión que causaba el desamparo de sus agentes policiales, el pasotismo de los Mossos, el hostigamiento a periodistas no adictos o las banderas nacionales quemadas por exaltados seguidores de la causa independentista.

El 3 de octubre del año pasado, el rey Felipe VI se convirtió en la última barrera del independentismo hacia la república catalana

Ante aquella situación de "extrema gravedad", el Estado se hizo presente al máximo nivel. Firme, sobrio, serio, contundente, en la ratificación del compromiso de la Corona con la Democracia, la Constitución y el Estatut. Los nacionalistas se habían situado al margen de la ley y Felipe VI recordó a las legítimas autoridades su deber de garantizar el funcionamiento de las instituciones. El camino quedaba allanado para activar el artículo 155.

A nadie puede extrañar que ahora los independentistas vean al Rey como el último obstáculo en los planes dinamiteros de la Constitución y la Monarquía en nombre de la soñada republica catalana. No perderán ocasión de volver a mostrarle su hostilidad al cumplirse el primer aniversario del tronante discurso a cargo de quien estaba y está en la punta de la pirámide del Estado.

Convendría que del Rey abajo cundiese aquel grito de Felipe VI con ocasión de las movilizaciones secesionistas coreadas por el presidente de la Generalitat, Quim Torra, "agraviado y ofendido por el Estado español", mientras reclama la dimisión de Carlos Lesmes, que está en la cúspide del Poder Judicial.

Al Grano
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