2019: empieza el cuarto año tonto

El año nuevo viene marcado por las mismas amenazas que los tres anteriores sobre la salud del sistema: inestabilidad, populismo y conflicto catalán

Foto: Pedro Sánchez y Quim Torra. (Reuters)
Pedro Sánchez y Quim Torra. (Reuters)

En la vuelta al cole tras las celebraciones de la Nochevieja nos sale al paso el cuarto año tonto de la política nacional desde la feliz recuperación de las libertades en 1978.

Viene marcado por las mismas amenazas sobre la salud del sistema que el primero (2016), el segundo (2017) y el tercero (2018). Una, las propuestas insurreccionales del independentismo catalán. Dos, el populismo, que antes respiraba por la extrema izquierda del arco político (Podemos) y ahora respira también por la extrema derecha (Vox). Y tres, la inestabilidad del Gobierno. El de Rajoy hasta junio, el de Sánchez desde entonces.

Me explico. A Mariano Rajoy lo tumbó el enésimo episodio de una corrupción endémica en el PP. Y Pedro Sánchez se empeña en suicidarse con su política catalana. Es el asunto más abierto, el más determinante, el más vivo de la política nacional. No solo en La Bisbal, en Vic o en Reus. También en Puebla de Sanabria, Bailén, Tarancón, Almendralejo, Avilés o Cartagena.

A Mariano Rajoy lo tumbó el enésimo episodio de la endémica corrupción del PP. Y Pedro Sánchez se empeña en suicidarse con su política catalana

Eso se notará en las elecciones del 26 de mayo, como ya se notó en Andalucía, si el Gobierno socialista sigue mostrándose incapaz de desactivar las injustas pero rentables acusaciones de los otros dos partidos de inequívoca adhesión constitucional, Ciudadanos y PP, cuando se refieren a Sánchez como un gobernante entregado a los separatistas a cambio de seguir en el poder.

En cualquier caso y a la espera de que las urnas vuelvan a repartir cartas (europeas, municipales, trece autonomías y eventualmente generales), el engrudo de la incertidumbre y la interinidad va a ser la alfombra de 2019. El calendario acaba de darle la salida, tres años después de aquellas elecciones generales del 20 de diciembre de 2015 que enterraron el bipartidismo y alumbraron una España de cuatro esquinas (PP, PSOE, Ciudadanos, Podemos) tan blandas como los relojes de Dalí.

La política española es el ingrávido reino de la banalización y la baja calidad de sus líderes, mientras los emprendedores piden estabilidad

Durante este tiempo la política española se ha convertido en el ingrávido reino de la banalización y la baja calidad de sus líderes. Así que la estabilidad que inversionistas y emprendedores piden a gritos ya parece una especie de tesoro escondido en una Europa electoralmente incierta e ideológicamente insegura.

Todo eso quiere decir que han sido tres años perdidos para la causa de los intereses generales, con las reformas pendientes del sistema en el congelador, sin mayorías estables para avanzar en la modernización del país, unos Gobierno que arrastran los pies por falta de músculo parlamentario y un Estado ofendido a diario por el temerario desafío de cierta facción política en una parte del territorio nacional.

El conflicto catalán nos atenaza. Es el sueño de un escaso cinco por ciento de españoles y la pesadilla del otro noventa y cinco por ciento. Provocadora aritmética de un problema alimentado en buena parte por las respectivas fracturas internas de los bandos situados a uno y otro lado de la barricada (independentistas frente a constitucionalistas), con demoledores resultados sobre los intereses de la ciudadanía, tanto la catalana como la del resto de España. Véase la parálisis legislativa tanto en el parlamento autonómico como en el nacional.

Al Grano

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