Es la coherencia, presidente, es la coherencia

Ni una sola crítica. Normal en una fiel ejecutiva de mortecinas reuniones donde uno habla y los demás enredan con el móvil. Nada que ver con lo de antes

Foto: El presidente del Gobierno y secretario general de los socialistas, Pedro Sánchez (d), presenta la precandidatura del exseleccionador de baloncesto Pepu Hernández. (EFE)
El presidente del Gobierno y secretario general de los socialistas, Pedro Sánchez (d), presenta la precandidatura del exseleccionador de baloncesto Pepu Hernández. (EFE)

Hoy no han sido convocados el comité electoral ni la ejecutiva del PSOE. Nos perdemos la ocasión de tantear el estado de opinión creado por el lanzamiento de Pepu Hernández como precandidato socialista a la alcaldía de Madrid. Alguien hubiera tenido que explicar a los periodistas que, como siempre ha dicho Pedro Sánchez, “el aparato debe garantizar condiciones de igualdad, equidad, transparencia y respeto”.

Miento. Aunque hoy hubiera ejecutiva, tampoco saldríamos de dudas. En el grupo de WhatsApp de la dirección, las loas ganan por goleada. Ni una sola crítica. Normal en una fiel ejecutiva de mortecinas reuniones donde uno habla y los demás enredan con el móvil. Nada que ver con lo de antes. Pero los silencios, que es la expresión del descontento cada vez más utilizada en el PSOE de Pedro Sánchez, son significativos.

Es la coherencia, presidente, es la coherencia

“Había más frío dentro que fuera”, cuenta uno de los asistentes a la presentación en sociedad de los candidatos aragoneses, Javier Lambán y Pilar Alegría (comunidad y alcaldía), el sábado en Zaragoza. Previsible. Al sanchismo se le resiste el territorio de Lambán. No es el caso de Madrid, cuya organización controla de oficio José Manuel Franco. Pero reina esa misma sensación de indolencia tras el dedazo de Sánchez, incluso entre seguidores convencidos de que pervierte lo que predicó.

En Zaragoza hubo un acto de empuje a unos candidatos que ya han superado el trámite de primarias. En Madrid, en cambio, hubo ayer un obsceno pronunciamiento del Gobierno y la organización del partido a favor de un precandidato en detrimento de otros tres. Lo mismo que criticó Sánchez cuando el PSOE oficial (en manos de una comisión gestora) favoreció descaradamente la causa de Susana Díaz para la secretaría general.

¿Qué pintaban Sánchez, Lastra, Ábalos (la cúpula del PSOE) apoyando a uno de cuatro aspirantes, después de haber apelado obsesivamente al principio de neutralidad del aparato en unas primarias de partido? Uno se imagina cómo se puede sentir Manuel de la Rocha, militante de toda la vida, que se partió el pecho defendiendo la causa de Sánchez frente a la de Susana Díaz, y ahora tiene que competir con un paracaidista arropado por el partido y el Gobierno. Sin ánimo de ofender a Pepu (socialista “de corazon y de pensamiento”, dice), que no tiene ninguna culpa, más allá del posible desenlace por las informaciones publicadas en El Confidencial respecto a presuntas malas prácticas en sus obligaciones fiscales.

En Moncloa y en Ferraz no aprenden de lo ocurrido en mayo de 2017. Como 'candidato de la militancia', Sánchez reventó la apuesta del aparato. Sostiene ahora que “el militante elige pero la dirección no se desentiende”. Debía haberse tentado la ropa antes de su desafiante ordeno y mando ante los militantes de la siempre indomable federación madrileña (desde Besteiro a Tomás Gomez, pasando por Leguina, Acosta y la IS de Santesmases y De la Rocha).

Ayer, a muchos militantes se les habrá venido a la cabeza su doctrina de que "ningún aspirante puede utilizar con ventaja los recursos del partido"

¿Dónde quedará su credibilidad si, después de comprometer las cejas en el apoyo a Pepu, provoca una reacción contraria en las bases del partido? ¿Seguro que ha contemplado esa posibilidad en nuestra insoportable política de último minuto?

Ayer, en el madrileño teatro de La Latina, el presidente del Gobierno y secretario general del PSOE ensalzó las gracias de Pepu como si le fuera la vida en ello. Y a muchos militantes se les habrá venido a la cabeza su malograda doctrina de que “ningún aspirante puede utilizar con ventaja los recursos del partido”.

Es cuestión de coherencia, presidente. Como pedir sentido de Estado a Casado y Rivera frente al conflicto venezolano (con toda la razón, como tengo escrito) sin haberlo demostrado en 2016 con su 'no es no' frente a un problema de gobernabilidad (entonces era Rajoy el que tenía toda la razón). Como proclamar solidaridad con los inmigrantes cuando retiene en puerto al Open Arms, que tantas vidas ha salvado. O, en fin, como arremeter en Estrasburgo contra los “nacionalismos excluyentes y divisivos” cuando para sobrevivir políticamente reclama el apoyo del excluyente y divisivo independentismo catalán.

Al Grano

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