A pie de urna, entre Torra y Abascal

Las alternativas son como la horca y la guillotina. Un gobierno de izquierdas colgado de los enemigos de la Constitución. O uno de derechas con añoranzas franquistas

Foto: Cierre de campaña de Vox. (Reuters)
Cierre de campaña de Vox. (Reuters)

Si va de reflexionar, falta nos hace, el mandato de la víspera nos llevará a León Felipe. Que la cuna del hombre la mecen con cuentos. Los que van a votar te saludan, poeta. No saben muchas cosas nuevas, es verdad, pero les han dormido con cuentos. Y ahora se saben todos los cuentos.

Por tanto, a elegir lo menos malo. Por lo que se teme. No por lo que se quiere, a tono con el pregón de cada bando. Contra el "bloque de la involución" o contra los "enemigos de España". El miedo a Torra, por si el tribalismo catalán revienta el Estado. O el miedo a Abascal, por si vuelve el franquismo.

Con semejantes simplezas, solemnizadas en los dos debates televisados, hemos llegado a pie de urna en el cuarto año tonto de la política nacional. Estabilidad, divino tesoro. Lo buscamos desde diciembre de 2015, cuando el bipartidismo fue derrocado por la justa indignación de los españoles. Entonces respiraba por la izquierda: Podemos y su prometido asalto a los cielos del poder. Ahora respira por la derecha: Vox y el rescate de la España una, grande y libre.

Preocupación de última hora en Ferraz por un repunte de Podemos que debilita la hegemonía socialista en el bando de la izquierda

La desafección generalizada es la misma. Si hace cuatro años solo los votantes de Podemos acudieron a las urnas realmente motivados, ahora ocurre lo mismo con Vox. El resto es pandemia de mal menor, con derecha fragmentada, izquierda indolente y centro deshabitado como consecuencia del "riverazo", mientras una determinada facción política propone cambiar un Estado por otro en una parte del territorio nacional.

La zanja abierta por Rivera crispó la campaña hasta extremos no alcanzados desde hace veintitrés años (ver campaña socialista del 'dóberman' de 1996). Perdió la oportunidad de haber cortejado al PSOE en pos de un frente central de asignaturas pendientes (educación, pensiones, financiación autonómica, renovación de órganos institucionales, reforma de la Administración, etc.) y frenazo democrático al independentismo. Hubiera calmado la sed de centralidad de buena parte de la sociedad y todavía es el sueño de los poderes económicos si los números de mañana por la noche se ponen de su parte.

El panorama: pandemia de mal menor, derecha fragmentada, izquierda indolente, centro deshabitado y amenaza de reventar el Estado

Las alternativas son como la horca y la guillotina. Un Gobierno de izquierdas colgado de los enemigos de la Constitución. O un Gobierno derechas con añoranzas franquistas. Salvo que a Sánchez le dieran los números para formar con Unidas Podemos, Compromís y tal vez el PNV, una mayoría suficiente como para prescindir de Ciudadanos, "abrazado a la ultraderecha" y de los independentistas, que "no son de fiar", según decía ayer mismo el aún presidente del Gobierno.

Ese es el abanico presente en el quinielismo político y mediático de la llamada jornada de reflexión. Con incursiones a esa demoscopia frutal que nos entretiene cuando la publicación de encuestas queda prohibida por ley.

En estas últimas horas, han llevado la preocupación a Ferraz (bueno, a Moncloa) por un repunte de Podemos que debilita la hegemonía socialista en el bando de la izquierda. No menos contrariados están los estrategas del PP por la inesperada capacidad de convocatoria de Vox. Insisto, el partido que atrae a los seguidores más motivados —o menos desganados, si ustedes quieren, vale— en las elecciones generales de mañana. Las más inciertas, las más imprevisibles de nuestra historia democrática.

Al Grano
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