Líbranos, Rivera, de las malas compañía de Sánchez

Frente al eventual fracaso de la única investidura posible, la del candidato socialista, una repetición electoral no solo agravaría el desprestigio de las instituciones, sino que dispararía la abstención

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, se reúne con el líder de Cs. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, se reúne con el líder de Cs. (EFE)

Por matemática parlamentaria y lógica política, los votantes han otorgado a Albert Rivera el poder de librar a Sánchez de las malas compañías. Si nos atenemos al ideario y el historial de Ciudadanos, el independentismo catalán es la peor de todas. Los independentistas están en la "destrucción" y no en la "construcción", por usar el lenguaje de Isabel Celáa, la ministra portavoz del Gobierno en funciones. ¿Alguien discute que conviene un Estado tambaleante a sus declarados objetivos secesionistas?

Con menos autoridad que el profesor Francesc de Carreras, cofundador de Ciudadanos (imprescindible su 'Querido Albert' de ayer en 'El País'), vengo sosteniendo en esta modesta esquina de El Confidencial que el partido de Rivera debería asumir su condición de partido bisagra y ejercer el poder lubricante de la gobernabilidad que le han conferido las urnas del 28 de abril. Es la gobernabilidad, como condición necesaria de la estabilidad, lo que está en juego. Por razones de interés general, que son de mayor cuantía. Pero también por razones de partido.

Frente al eventual fracaso de la única investidura posible, la del candidato socialista, una repetición electoral no solo agravaría el desprestigio de las instituciones, disparando la abstención. Además, castigaría a los partidos-escolta (Cs, Podemos y Vox). En cambio, saldrían reforzados los dos únicos que, por experiencia, por implantación y por votos, están en condiciones de gobernar o aspirar a gobernar. O sea, PSOE y PP.

A Rivera le deben haber zumbado los oídos en estas últimas cuarenta y ocho horas. Macron, Valls, Carreras…, con claras resonancias en una parte de la propia organización, le reprochan sus cabeceos y su mayor proximidad a los ultras de Vox que a los socialdemócratas de Sánchez. Hasta mi alcalde zamorano, Paco Guarido (IU), calificaba ayer su conducta de "frustrante y contradictoria".

Carreras recuerda que la matemática y la política (una base parlamentaria de sobrada mayoría absoluta) otorgan a Cs el poder de impulsar "un Gobierno coherente y estable en los próximos cuatro años". Por ello pide a Rivera que dé el paso ("no entiendo que ahora nos falles") y le previene frente a la inculpación diferida por no impedir la tentación socialista de apoyarse en el independentismo.

A Rivera le deben haber zumbado los oídos en estas últimas cuarenta y ocho horas. Macron, Valls, Carreras…

Uno razona sobre la toxicidad de las malas compañías. Si son malas para Iceta en el Ayuntamiento de Barcelona (prefiere el mal menor llamado Colau) también deberían serlo para Sánchez. Incluso más, porque el bien a preservar es una razón de Estado. Dicho sea por el llamamiento de Moncloa a ERC para que no obstaculice la investidura de Sánchez. O sea, que sus diputados se abstengan, para facilitarla. Carmen Calvo no prometió nada, pero al jefe de filas del grupo, Gabriel Rufián le faltó tiempo para mostrar su buena disposición sin que suponga "un cheque en blanco".

Esa declaración debería ser suficiente para que la vicepresidenta corriese a desdecirse. O a tragarse sus palabras, antes de que la insinuación de Rufián se convierta en una nueva ofensiva de las tres derechas contra la rendición del PSOE a las exigencias de los separatistas. Lo cual nos enfrenta a la sinrazón de los partidos constitucionalistas que subordinan la gobernabilidad a sus intereses de partido. Lo del PP, como alternativa de poder, se explica. Lo de Cs, no.

Al Grano
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