Y después de la ira... ¿qué?

Aires de frustración, desencanto y melancolía ante los restos del naufragio de un proyecto irreal y temerario. Eso aguarda al independentismo cuando pasen los días de la ira

Foto: Incidentes en la manifestación convocada por los CDR en el centro de Barcelona. (EFE)
Incidentes en la manifestación convocada por los CDR en el centro de Barcelona. (EFE)

Los días de la ira en Cataluña no tapan la verdad que, tras la publicación de la sentencia, se hace insoportable entre los independentistas. Desafiar al Estado tenía un precio. Como la violación, la injuria, el chantaje, la prevaricación, el asalto a mano armada o cualquier otro comportamiento delictivo. Y no hay causa política que valga si solo se reconoce en el apuñalamiento de la razón.

Años luz de incomunicación entre quienes nos recostamos en el Estado de derecho invocando el respeto a la ley y quienes invocan la fuerza de la desobediencia y la confrontación incurriendo en actitudes (no ideas) sin precedentes en los anales del pensamiento humano.

Hablamos de un espacio y un tiempo donde los carceleros piden la libertad de los encarcelados, los responsables de la policía represora se solidarizan con los manifestantes reprimidos y los servidores de la ley predican la violación de las leyes.

¿Cómo aproximarse a semejante patología sin tirarse por la ventana?

A la hora de valorar una sentencia judicial, no puede haber punto medio entre “venganza con ensañamiento” por parte de un Estado “represor” y sano funcionamiento de instituciones legítimamente constituidas. Enloqueceríamos. De la demencia solo puede librarnos una mirada acogedora a la Cataluña que sufre y calla, la de los catalanes inmovilizados por los catalanes que se movilizan en nombre de una causa perdida.

Y sobre ese fracaso (“¿qué república?, si la república no existe, imbécil”) ha de trazarse la nueva frontera convivencial de este maravilloso país de la España diversa de Unamuno, Miguel Hernández, Celaya, Pedro Garfias y tantos otros cantores de la pluralidad ibérica.

Aires de frustración, desencanto y melancolía ante los restos del naufragio de un proyecto irreal y temerario. Eso aguarda al independentismo cuando pasen los días de la ira. Dicho sea no tanto por los dirigentes sino más bien por quienes de buena fe creyeron que bastaría con envolverse en la estelada para conseguir la claudicación del Estado.

Lo que empezó con una declamatoria voluntad de soberanía del 'pueblo catalán' y siguió con una ritual declaración de independencia, ha terminado con una sentencia del TS que no tiene nada de declamatoria. Fin de la aventura.

El presidente de la Generalitat ha calificado la sentencia de “causa general contra el independentismo”. Nunca estuvo Torra tan lúcido

La ecuación está clara: la reincidencia del Estado (el 155, el TS, el TC) se corresponderá con la reincidencia del desafío, si ese cansino 'lo volveremos a hacer' vuelve a desbordar el marco soflamático de Quim Torra, los gritos a las puertas de la cárcel de Lladoners, ante la Delegación del Gobierno o en las calles de Barcelona mientras los CDR y los chicos del Tsunami juegan con fuego. No hay otra, señores.

El presidente de la Generalitat ha calificado la sentencia de “causa general contra el independentismo”. Naturalmente. Nunca estuvo Torra tan lúcido. Al menos ha entendido que era la única respuesta posible a la causa general contra el Estado por los representantes en Cataluña del mismo Estado al que deben su legitimidad. He ahí otro de los asaltos a la razón manufacturados por ese independentismo de las sonrisas que anoche se acabó de quitar la careta en las calles de Barcelona.

Al Grano
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