Piqué, Alsina, Lluís, Ana, Barcelona

Cuatro significativas miradas a los días de la ira en una Cataluña que está en el rincón de pensar. Dos de poder mediático. Y dos de la parte catalana de mi propio entorno familiar

Foto: Manifestación en Barcelona en protesta por la sentencia del 'procés'. (EFE)
Manifestación en Barcelona en protesta por la sentencia del 'procés'. (EFE)

Buena gente, Gerard Piqué. Defiende los colores de mi querido Barça, ha recorrido el mundo defendiendo los de la Selección española, encontró en la colombiana Shakira a la mujer de su vida y siempre dice lo que piensa. Hace muy bien.

Desde el podio de su enorme popularidad, ventea por las redes sociales su estupor ante el encarcelamiento de algunos políticos cuyo único delito fue poner unas urnas. Nada tiene de malo decidir si los catalanes quieren o no quieren irse de España. Como tantas personas de buena fe, se pregunta: ¿qué tiene de malo que muchos quieran irse si aparece el desamor, como las parejas que se divorcian o el joven que quiere irse de casa?

Carlos Alsina, que es el último fenómeno de la comunicación radiofónica en España, y tiene tanto poder mediador como Piqué, responde con precisa claridad. “Estimado Gerard: esto no tiene nada que ver con hijos que se emancipan ni con parejas peleadas. Esto va de derechos individuales y de igualdad entre todos los ciudadanos”, “las decisiones que nos afectan a todos los españoles las tomamos todos los españoles”, “es que Cataluña es España y si cambias la parte cambias el todo”.

Alsina, a Piqué: "No puedes declararte en rebeldía contra el Gobierno, el Parlamento, el TC, el TS y la Corona, y esperar que te agradezcan el gesto"

Enésimo esfuerzo didáctico para recordar que “la soberanía nacional no es una cuestión de patriotismo rancio”, “señala al que tiene la facultad de decidir sobre los asuntos nacionales, y eso no es troceable bajo ningún concepto: ni el de edad, ni el de género, ni el de religión, ni el de estado civil ni el territorial”. “Por tanto, no se puede convocar un referéndum para que solo los ciudadanos que viven en Cataluña decidan dónde empieza y dónde termina España, e impedirlo no es una forma de oprimir a nadie ni de decirle al Gobierno autonómico quién manda aquí”.

“La única vía inobjetable para llegar a la independencia de Cataluña, estimado Gerard, es la previa reforma constitucional, lo que pasa es que es un camino más largo y no está garantizado que al final te salgas con la tuya”, “todo esto lo saben de sobra los impulsores del proceso soberanista”, “y sabiendo desde hace cuatro años que la vía del derecho de autodeterminación solo conduce al enfrentamiento con el Estado, eligieron la vía de la colisión que nos ha conducido adonde hoy estamos”.

Y termina el comunicador: “No puedes declararte en rebeldía contra el Gobierno, el Parlamento, el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo y la Corona, y esperar que reaccionen agradeciéndote el gesto”, “¿no te parece, Gerard?”.

Lluís: “Yo no sé a Gerard, pero a mí no me ha convencido el relato de este sabihondo. Llega tarde. Aquí, en Cataluña, ya hemos desconectado”

Alsina entra en mi particular círculo y esta es la reacción de Lluís: “Yo no sé a Gerard, pero a mí no me ha convencido el relato de este sabihondo. Llega tarde. Aquí, en Cataluña, ya hemos desconectado”, “España (Castilla, mejor dicho) ha puesto punto final al invento. Una colonia más que se pierde”.

Así corresponde Lluís a mi declaración de amor a Cataluña: “Yo no tengo nada contra España, que también me encanta, pero me da repelús la oligarquía que tenéis montada en la villa y corte, comenzando por la Corona y siguiendo por los mandamás del Ibex 35”, dice. Cuando le expreso irónicamente mi rendida admiración por el preclaro estadista que preside la Generalitat, dice que “ese no es un político, sino un intelectual”. “Ah, bueno, eso lo explica todo”, remato.

Distinta es la reacción de Ana, que trabaja en una multinacional a saltos entre Barcelona y EEUU. Escucha a Alsina y lo da por bueno, aunque añade que “la democracia también es ceñirse al cuerpo normativo. No podemos votar todo y a cada rato. La sociedad se bloquearía, ¿cuándo votamos el modelo de Estado? ¿Cada 50 años, cada otoño, mensualmente, los martes? Los griegos y los romanos ya se dieron cuenta cuando inventaron la representatividad”, “un referéndum es, de alguna forma, un fracaso, es pasarles la pelota a unos ciudadanos que no necesariamente han de entender y comprender el alcance de sus decisiones, y no llamo tonto a nadie, yo no soy tonta, pero no le diría a mi médico lo que tiene que hacer por votación popular”.

Ana: “Llegar al aeropuerto, oír los helicópteros, las sirenas, las calles cortadas y un forzoso toque de queda en el aire. ¿Esto es mi casa?”

“Simplificar el discurso para descubrir que 'democracia es votar' es un insulto a la inteligencia. Eso sí es llamar tonta a la gente, además de una falta de respeto a la democracia, que es mucho más”, me dice mientras llora la rabia por una “Cataluña que está a la deriva, como lo está Barcelona, cada vez más sucia, más descontrolada… Hay que irse, cada vez lo tengo más claro”.

Lo de Alsina que le envié la pilló el primero de los días de la ira volviendo a casa: “Llegar al aeropuerto ayer, oír los helicópteros, las sirenas de ambulancia o la policía, calles cortadas y un forzoso toque de queda en el aire. ¿Esto es mi casa?”.

Al Grano
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