Torra y Abascal, todo por la patria

Los extremos se tocan. No por estiramiento forzado hasta cerrar el arco, sino por coincidencia en los principios. El anclaje identitario es similar, como respuesta a la llamada de la tribu

Foto: El presidente de Vox, Santiago Abascal, en un acto en Granada. (EFE)
El presidente de Vox, Santiago Abascal, en un acto en Granada. (EFE)

El Parlament ejerce su función declamatoria en favor de la Cataluña grande y libre frente el Estado represor. Y la Asamblea de la Comunidad de Madrid, a instancias de Vox, también se pone declamatoria pidiendo la ilegalización de los partidos separatistas porque "atentan contra la unidad de la Nación".

Tal para cual en nombre de la patria. Cada uno la suya. Extremos que se tocan. No por estiramiento forzado hasta cerrar el arco, sino por coincidencia en los principios. El anclaje identitario es similar, como respuesta a la llamada de la tribu.

Quim Torra y Santiago Abascal, inesperados protagonistas de la campaña electoral cerrada anoche, aman a su patria. Distinta, por supuesto, aunque el ardor guerrero de su respectivo patriotismo es idéntico. Ambos terminan sus soflamas políticas con un "¡Visca Catalunya!" o un "¡Viva España!". Y luchan por sus colores donde haga falta. En el Camp Nou o en los sobres de propaganda electoral.

Si este añora el franquismo, cuando la media España del No-Do excluía a la otra media, aquel repite la jugada en una Cataluña asimismo reñida entre dos mitades, la de TV3 y la que sufre y apaga las hogueras de su calle.

Uno y otro se han instalado en el reino de las emociones, que es el territorio subjetivo donde anida el nacionalismo, los sentimientos de pertenencia y el todo por la patria. Incompatible con el reino de la razón, donde habita un artilugio jurídico que llamamos Estado. El que está construido sobre el compromiso y el consenso de los ciudadanos que quieren tener la fiesta en paz.

Sánchez debió responder "mi reino no es de ese mundo" cuando le preguntaron si España es una nación o se compone de tantas o cuántas. Lo tenía fácil, pero se quedó mudo.

¿Naciones? Barra libre. Las que uno quiera, lo que uno sienta. Pero esto no va de naciones, ni de sentimientos. Va de regular la convivencia y ejercer el poder en una comunidad políticamente organizada sobre un pacto previo, normalmente escrito. Puede cambiarse. También por consenso, nunca por imposición de una facción política sobre todas las demás.

Ítem más. Las emociones son inatacables. No sirven como unidad de medida en la atribución del poder. Gritar "viva España", "visca Cataluña", "viva Murcia" o "viva la Pepa", mientras pones la papeleta en la urna y haces el paseíllo ante los miembros de la mesa electoral, no factura en el recuento. Se verifica la identidad del votante, no su temperatura patriótica.

El histórico grito "¡La patria está en peligro!, ¡españoles, acudid a salvarla!", del alcalde de Móstoles, carece de sentido en una de las 20 democracias del mundo consideradas "plenas", según el Democracy Index elaborado por 'The Economist'. El diario británico las asocia a aquellos países donde "se respetan los derechos humanos y civiles", "hay un sistema efectivo de control y equilibrio de poderes", "el poder judicial es independiente", "las sentencias son ejecutadas" y "existe una cultura política que conduce al florecimiento de la democracia".

A estas alturas del siglo XXI el alcalde Torrejón tendría que gritar hoy en la plaza pública: "¡El Estado está en peligro, españoles, acudid a salvarlo!".

Ese es el verdadero riesgo que entrañan estos comportamientos políticos que desafían al Estado en nombre de ese concepto jurídico indeterminado que llaman "patria", en cuyo nombre se pisotea a un inmigrante o se usa un lanzallamas en la Diagonal de Barcelona.

Al Grano
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