La pandemia política y el estado de confusión

La absurda batalla de Madrid y el narcisismo moral de Iglesias hunden la credibilidad de los gobernantes, mientras cada vez más españoles mueren, se arruinan o se quedan sin trabajo

Foto: El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
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A los cuatro salmos de Sánchez (ecología, digitalización, cohesión y feminismo) le falta un quinto: la credibilidad. El bien más necesario y el más escaso en un escenario dominado por la confusión una vez superada la tentación de salir corriendo tras el surrealista espectáculo de estos días.

El choque institucional en la absurda batalla de Madrid es una vergüenza, tanto para el Gobierno central como para el autonómico. Y el narcisismo moral de Iglesias proyecta una insensata descalificación del fuero judicial. Los dos hunden la credibilidad de los gobernantes, mientras cada vez más españoles mueren, se arruinan o se quedan sin trabajo por culpa del coronavirus.

Es el otro virus. El hartazgo de la gente ante unos poderes públicos que no hacen los deberes. La pandemia política avanza en paralelo a la sanitaria porque la confusión, el desconcierto, la incertidumbre, no son menos contagiosos. Propagan con funesta eficacia el miedo a los dramas sociales que se avecinan tras el mayor desplome económico desde la Guerra Civil.

"Pero sin contar con nadie. Solo con la creatividad propagandística de sus asesores y la generosidad financiera de la UE"

El contagio por el virus de la desconfianza ha arruinado la operación de imagen cuidadosamente preparada en Moncloa para alistar en la causa de la recuperación económica a los ciudadanos, empresarios, sindicatos, Comunidades Autónomas y oposición parlamentaria. Eso sí, entre llamamientos recurrentes a “evitar la antipolítica” y “elevar la mirada”. Pero sin contar con nadie. Solo con la creatividad propagandística de sus asesores y la generosidad financiera de la UE.

Lo dicho. Eclipse total del plan Sánchez (800.000 puestos de trabajo en tres años), llamado a devolvernos la fe. Se perdió en la polvareda mediática del judicializado caso Iglesias, el rey malquerido por la parte inadaptada de Cataluña y la declaración del estado de alarma en nueve ciudades madrileñas, incluida la capital, decretado por el Gobierno sin la conformidad de las autoridades autonómicas. “Por razones partidistas”, según Pablo Casado, que esta vez encabeza el contraataque del PP, desbordando a Díaz Ayuso. Más madera.

Solo nos faltaba un vicepresidente del Gobierno en el punto de mira del Tribunal Supremo por presuntos comportamientos delictivos tan poco honorables como los que cree haber detectado un juez de la Audiencia Nacional. Y no tanto por las lóbregas esquinas del culebrón (el móvil de Dina, la exasesora), sino por la poco ejemplar reacción de Iglesias Turrión, con inaceptables procesos de intenciones políticas al juez García-Castellón. Amén del odio vomitado en redes sociales contra la persona del magistrado en una lamentable campaña de acoso.

"Lo de Iglesias no es edificante. No pasará a los manuales del político virtuoso por arremeter contra la sola posibilidad de ser imputado"

El caso tiene un enorme efecto multiplicador en la vida política nacional. Su empeño en dar lecciones morales a los demás reabre el debate sobre la “ética de los descamisados”, la dudosa imparcialidad de una FGE dirigida por la exministra Delgado, la frágil salud política de la coalición PSOE-UP o las advertencias europeas sobre la politización de la justicia española.

Lo de Iglesias no es edificante. No pasará a los manuales del político virtuoso por arremeter en un tono casi conminatorio contra la sola posibilidad de ser imputado. Ni por anticipar una decisión judicial (exculpatoria, claro) con la misma seguridad y el mimo cuajo que utiliza en su profecía de que el PP jamás volverá a sentarse en el Consejo de Ministros.

Ahí sigue Iglesias, de momento, hasta el día que, cuando se rompa la cuerda, vomite las ruedas de molino que se está tragando para seguir en el coche oficial. Porque eso llegará antes o después. Es cuestión de tiempo.

Al Grano
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