La revuelta de los trasnochadores

Culpar de los disturbios a la extrema derecha, como hace Iglesias, o a la extrema izquierda, como hace Abascal, es la última forma de hacer el ridículo por parte de la clase política

Foto: Imagen de las calles de Burgos durante los disturbios. (EFE)
Imagen de las calles de Burgos durante los disturbios. (EFE)
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En el puente de Todos los Santos, conocimos la soledad de los muertos impuesta por el BOE y la ira de los trasnochadores propagada por las redes sociales. Rebeldes sin causa común, más allá de la aversión a los grilletes. O de la rebeldía misma contra las restricciones a la libertad de movimientos. Eso es lo que une y seguirá uniendo en el vandalismo urbano a los jóvenes de las principales ciudades españoles.

Es un síntoma. El monstruo se está despertando en vísperas del temido retorno al primer grado de confinamiento, el domiciliario, como en la primavera pasada. Porque la paciencia tiene fecha de caducidad. El fenómeno es europeo y está empezando. No vale endosarlo a los 'alborotadores de siempre' ni hacer apuestas sobre el credo político de los mismos.

En la España del desaliento y el hartazgo, la franja social que quema contenedores y revienta cajeros coincide con la que sufre un 44% de paro

Nada de eso. Al menos, en esta España mía, esta España nuestra, paciente, confusa y desorientada por tantos anuncios fallidos y compromisos incumplidos, la España de la desafección y el hartazgo, que compite con Rumanía, Chequia y Bulgaria en mortalidad relativa por coronavirus. Esta España nuestra donde la franja social que quema contenedores, saquea tiendas, revienta cajeros automáticos y arroja adoquines a la policía coincide con la que sufre un 44% de paro.

El enemigo de los poderes públicos ya no es solo el coronavirus. Hay otro larvado con tendencia a desperezarse. Tan contagioso o más. Es el rebelde que todos llevamos dentro. Se nutre de la desconfianza en los gobernantes. Cuando el pastor se duerme y el perro no ladra, el rebaño se dispersa. Se equivocan el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y otros líderes políticos cuya reacción se ha limitado a condenar los disturbios y solidarizarse con las fuerzas del orden. Solo faltaba.

Un bombero, en los disturbios de La Rioja. (EFE)
Un bombero, en los disturbios de La Rioja. (EFE)

La pérdida de confianza en la clase dirigente rompe la manada y genera desobediencia entre los ciudadanos. Claro que son minoría los profesionales de la revuelta callejera, pero anticipan el avanzado estado de una patología social. Como la fiebre que precede la enfermedad. Y echarle la culpa a la extrema derecha, como hace el vicepresidente del Gobierno, Iglesias Turrión, o a la extrema izquierda, como hace el líder de Vox, Santiago Abascal, es la última forma de hacer el ridículo elegida por nuestra clase política.

Los profesionales de la revuelta son minoría, pero anticipan el avanzado estado de una patología

Para señalar a la ultraderecha, el vicepresidente se remite a la lógica del no de Vox al “anticonstitucional” y “totalitario” estado de alarma aprobado el jueves pasado en el Congreso. Pero queda tan desubicado como Abascal defendiendo el derecho de manifestación de los alborotadores. Aunque con menos convicción y, desde luego, con menos eficacia, me recuerda el 'apreteu' de Torra a sus chicos del lanzallamas.

Hay de todo en el rastreo llevado a cabo en las dependencias policiales sobre el perfil de los detenidos por resistencia a la autoridad, desórdenes públicos, robo con fuerza, destrozo del mobiliario urbano, etc. Fascistas, antifascistas, negacionistas, colgados, tribus latinas, ultras del fútbol, delincuentes (14 de los 33 detenidos en Madrid tienen antecedentes penales), noctámbulos, dinamiteros, trasnochadores, hermanos de la cofradía de la penúltima copa...

¿Qué tienen en común? Pues el subidón de adrenalina y el odio a los grilletes

¿Qué tienen en común? Pues el subidón de adrenalina y el odio a los grilletes. Detestan las alambradas y a quienes las ponen, como decía Kirk Douglas en 'La pradera sin ley'. Con eso basta. Como detonante de los disturbios, es más que suficiente para que el Ministerio del Interior deje de buscar la mano negra que los convoca. Y no hará falta convocarlos si la presión de los grilletes deja de compensar a los españoles de unas cifras de la pandemia cada vez más desalentadoras.

Al Grano
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