¿Cuenta atrás hacia un cambio de régimen?

Los principales aliados de Sánchez (UP, ERC y Bildu) airean sus objetivos anticonstitucionales, por una república plurinacional, sin que el presidente los desmienta

Foto: Pablo Iglesias y Gabriel Rufián hablan en el Congreso. (EFE)
Pablo Iglesias y Gabriel Rufián hablan en el Congreso. (EFE)
Adelantado en

Si Sánchez no logra limar las uñas de Iglesias, Otegi y Rufián a partir de la publicación de los Presupuestos Generales del Estado en el BOE, no tendremos la fiesta en paz. Hasta ahora, es un hecho que sus principales aliados (Podemos, ERC y Bildu) airean sus objetivos anticonstitucionales, por una república plurinacional, sin que el presidente los desmienta.

La pregunta es inevitable: ¿está el Gobierno, o una parte del mismo, alfombrando el camino de los enemigos del régimen para que la monarquía asentada hoy sobre el principio de soberanía nacional única e indivisible se convierta mañana en república de soberanía fragmentada en varias naciones?

La duda ofende en el bando socialista del Ejecutivo. Pero crece puertas adentro. Avanza tanto a los ojos del propio presidente como para haber sentido la apremiante necesidad de frenarla. Lo ha intentado ante la militancia de su partido comprometiéndose a defender la Constitución por tierra, mar y aire.

Ni media palabra del Gobierno sobre la relación que Bildu establece entre su apoyo a los PGE21 y las históricas demandas de Euskadi y Cataluña

Muy notorio debe ser el malestar cuando Sánchez se encastilla en la defensa de lo obvio. Ante la militancia del partido, insisto, y no ante quienes sin ningún complejo reniegan de la Carta Magna y del proyecto común. Es a ellos a quienes debería convencer sobre las ventajas de la política inclusiva y el respeto al orden vigente. Los demás, incluidos los militantes socialistas, ya estamos convencidos.

Ni media palabra del Gobierno sobre la relación que Mertxe Aizpurua establece entre el apoyo del independentismo a los PGE21 y las históricas demandas de Cataluña y el País Vasco: “El Gobierno tiene sus Presupuestos y ahora ya no hay excusas”, dice. Y a nadie sorprende la portavoz de Bildu en el Congreso con esa dosis de recuerdo para consumo del periodismo en caliente (Torreblanca 'dixit'). Lo sorprendente es que la parte del Gobierno de confesada adhesión constitucional no le diga a ella lo que le dice a la militancia socialista.

Con el mismo silencio responde Sánchez a Gabriel Rufián cuando este reclama la abdicación del Rey y acusa de golpismo a los aparatos del Estado. O cuando UP, por boca del vicepresidente, Iglesias Turrión, saluda la llegada de Bildu y ERC al bloque de la gobernabilidad. “A partir de ahora, el Estado queda en otras manos”, ha dicho. Pero ¿qué clase de Estado es el que sienta en la sala de máquinas a sus enemigos?

“A partir de ahora, el Estado queda en otras manos”, dijo Iglesias, pero ¿qué clase de Estado es el que sienta en la sala de máquinas a sus enemigos?

El filantrópico discurso oficial reprueba los vetos a esos partidos. El presidente del Gobierno pregona su intención de incorporar a “quienes se sienten extraños al proyecto común de una España amplia y plural”.

Sería antidemocrático querer sacarlos del campo a patadas. De acuerdo. Pero eso es desviar la cuestión. No hay veto. Hay discrepancia, que no es lo mismo. Nadie les niega el derecho a entrar en el juego. Reconocer su legitimidad no obliga a compartir las ideas o el programa de Podemos, de ERC o de Bildu, unidos por su común aversión al régimen del 78.

Aplíquese igualmente a las ideas reaccionarias o el programa antieuropeo de Vox sin que la discrepancia consista en sacarlos a empujones de la democracia representativa.

Al Grano