Elecciones catalanas y muerte del 'procés'

Pandemia, hartazgo y fragmentación causan indolencia entre los votantes a uno y otro lado de la barricada, el grupo constitucional y el independentista

Foto: Foto: Reuters.
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El 'procés' ha muerto de pandemia, hartazgo y fragmentación de sus promotores políticos y civiles, aunque el golpe de gracia ya lo había dado el Tribunal Supremo. O sea, el Estado, que resultó ser más fuerte de lo previsto en su legítima defensa. Hacia el poder del Estado mira la parte productiva de una angustiada clase media catalana que la Generalitat olvidó cuando perseguía inalcanzables sueños identitarios.

La épica se diluye en un escenario de desencanto y déficit de liderazgos creíbles. Amortizado queda el ciclo del 1 de octubre. Los seguidores de la causa están “huérfanos de solvencia”, como oigo decir a uno de sus 'sherpas' de primera hora. Y ahora la causa tendrá que reinventarse si quiere volver a las andadas, pero por el camino del diálogo (opción ganadora, representada por ERC) y no por el camino de la confrontación (opción a la baja, personalizada por Laura Borràs).

Ante la muy previsible victoria de ERC, aunque no aplastante, el 'octubrismo 17' se desvanece. Restos del naufragio se arrinconan en Waterloo y en dos prisiones catalanas. Si alguna brasa queda bajo las cenizas, está en el Consejo de Ministros. Lazos amarillos y lanzallamas de Torra ya salieron de la coreografía. La 'mesa de diálogo' sobre el futuro político de Cataluña ha desaparecido en la carrera de sacos por la primacía soberanista. Y en el Congreso, a Rufián y a Borràs se les va la fuerza por la boca. Pero las ranas del charco, como diría Azaña, ya no responden como antes a las soflamas contra el Estado represor.

En semejante panorama, la sombra negra de la abstención se proyecta sobre los primeros borradores de programas electorales. La abstención como castigo a la clase política tendrá un gran beneficiado para Vox. Al menos en una parte del espectro, porque, dicho sea de paso, la desmotivación se reparte por igual a uno y otro lado de la barricada partidista. En SCC (Societat Civil Catalana), teórica voz del constitucionalismo civil, se vuelcan contra la indolencia porque “hay una desmovilización enorme” (Fernando Sánchez Costa), provocada seguramente por la impresión de que el secesionismo, a pesar de estar también afectado por el enfado de sus votantes, repetirá mayoría absoluta en el Parlament, esta vez liderada por ERC.

A Rufián y Borràs se les va la fuerza por la boca en el Congreso. Pero las ranas del charco ya no responden a las soflamas contra el Estado

Tampoco ayuda la dispersión de voto entre los partidos no independentistas (básicamente, PSC, PP y Cs), incapaces de compartir en campaña la doctrina del 'si tú no votas, lo volverán a hacer'. Entienden que daría lugar a comparaciones odiosas, porque recuerda al utilizado anteriormente por los socialistas contra el PP.

La única aritmética favorable al constitucionalismo tendría que pasar por el PSC y eso es, hoy por hoy, imposible. Lo que no pasa es la matemática parlamentaria. Ni los planes de Pedro Sánchez, que sigue instalado en la doctrina de la reconciliación. “Hay que cerrar heridas, una vez asumido que ganó el Estado”, en palabras de Miquel Iceta (PSC).

En Moncloa, siguen apostando al cambio de cromos con ERC a poco que eche una mano el recuento del 14 de febrero (fecha prevista si la pandemia o algún acontecimiento inesperado no alteran los planes de Roger Torrent). A mi juicio, sería un mal menor respecto a lo ocurrido estos últimos años por cuenta del desdichado 'procés'.

Al Grano