Hijos de la ira, heraldos de la confusión
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Antonio Casado

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Hijos de la ira, heraldos de la confusión

Algo grave está ocurriendo cuando colocamos en el lado de los buenos a los activistas que incendian la calle y en el de los malos a los trabajadores del orden público

placeholder Foto: Disturbios en Barcelona tras la protesta por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél. (EFE)
Disturbios en Barcelona tras la protesta por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél. (EFE)

Otorgar el beneficio del 'antifascismo' al vandalismo, la injuria, el saqueo y las amenazas de muerte constituye una insoportable malversación de nuestros derechos y libertades, tal y como están descritos en la Constitución. Algo rechina de forma desagradable en el funcionamiento de la convivencia cuando, en nombre de una 'democracia plena', colocamos en el lado de los buenos a los activistas que incendian la calle y en el lado de los malos a los trabajadores del orden público que tratan de impedirlo.

¿Pero cómo es posible que un matón de barrio salte al estrellato por vomitar exabruptos carentes de creatividad?

Sin embargo, el desproporcionado impacto mediático del rapero furioso (la desproporción es la patología) ha sido un paréntesis en la mala conciencia de una clase política ineficiente a la hora de gestionar los verdaderos problemas de la gente.

Foto: Acto electoral de En Comú Podem en Barcelona.

El tal Hasél, hasta ahora solo conocido en 'Frikilandia', ha conseguido anestesiarnos frente al paro juvenil, la precariedad laboral, la recesión económica, la disminución de la natalidad, la pandemia que mata, la deuda de país que hipoteca la vida de varias generaciones, el desprestigio de las instituciones, el malestar social, las colas del hambre, la inseguridad jurídica, la desconfianza de los inversores…. Y el guerracivilismo, sin armas. Con la palabra ardiente, que es "la espada del espíritu", decía Unamuno.

Al precio de aplazar los problemas reales de la ciudadanía y olvidarnos temporalmente de la condición manifiestamente mejorable de nuestra clase dirigente, Pablo Hasél se ofrece como pregonero de la confusión y nos regala la oportunidad de solidarizarnos con los hijos de la ira.

Gracias al rapero de Lleida, ya podemos ponernos estupendos en defensa de unas libertades que se suponen dañadas por enjaular al poeta de la zafiedad. Ahora un candidato a la presidencia de Colombia se permite compararlo con García Lorca. "En España fusilaban a los poetas, ahora los encarcelan", dice el lumbreras, que responde al nombre de Gustavo Petro y hace buenas migas con Iglesias Turrión.

Pablo Hasél ha conseguido anestesiarnos unos días frente al paro juvenil, las colas del hambre y la pandemia que mata

Gracias al rapero de Lleida, los potros desbocados escapan del confinamiento cargados de adrenalina, el vicepresidente del Gobierno y líder de Podemos entiende a los "represaliados", el consejero de Interior de la Generalitat recuerda a los "jóvenes antifascistas" que los Mossos "son de los nuestros" (¿no sería lo mismo si se tratase de la Policía Nacional?), los finos analistas reclaman una reforma del Código Penal para frenar la aplicación expansiva del artículo 578 (enaltecimiento del terrorismo) y el exjuez García de Dios pontifica en TV3 sobre la regresión democrática y el uso de la judicatura como herramienta de escarmiento contra la insubordinación política.

Y, en fin, gracias al rapero de Lleida hemos conseguido que el presidente del Gobierno solemnice el compromiso con una obviedad, condenar el recurso a la violencia en un sistema democrático, mientras su vicepresidente califica de "inadmisibles" las cargas policiales. Es lo último que se despacha respecto a la mal avenida coalición PSOE- UP. Se echaba de menos el pronunciamiento de Sánchez. El silencio estaba dando alas a las aberrantes acusaciones de un sector mediático y político por supuesto respaldo del Ejecutivo al uso del adoquín en defensa de la libertad de expresión que, dicho sea de paso, a los hijos de la ira les importa tanto como la inmortalidad del alma de los berberechos.

Vale quedarse en el sentido común para entender que la libertad de expresión no ampara las amenazas de muerte al discrepante. Eso es matonismo. Y que la libertad de manifestación no otorga licencia para lanzar adoquines a la Policía o destruir el mobiliario urbano. Eso es vandalismo. ¿Hace falta recurrir al Código Penal, al imperativo categórico de Kant, a la jurisprudencia o al derecho comparado, para entenderlo?

Pablo Hasél Mossos d'Esquadra Código Penal