Cuando Irene quiere ser Alex
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Antonio Casado

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Cuando Irene quiere ser Alex

La llamada ley trans es de difícil digestión para quienes estamos empapados de cultura machista y necesitamos un sobresfuerzo comprensivo sobre la transexualidad

placeholder Foto: Es máximo el riesgo de fraude de ley. (EFE)
Es máximo el riesgo de fraude de ley. (EFE)

Me explica Adriana (11 años) que su 'urba' es muy abierta. Así que allí todos saben que Irene (12 años) quiere que la llamen Alex. Y nadie en el grupo que baja cada día a la piscina da mayor importancia al hecho de que Irene quiera ser Alex, porque se siente masculina aunque al nacer la matriculasen en el hemisferio femenino del Registro Civil.

Sin embargo, los que ya calzamos prejuicios en la cabeza y percebes en los sobacos no lo vemos con tanta naturalidad como los niños y niñas de la 'urba' de Adriana. Ni por razón de vecindad ni mucho menos por modificación inmediata de la 'M' de mujer o la 'V' de varón en el documento nacional de identidad (DNI).

Foto: La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. (EFE)

El día en que el Consejo de Ministros metió la llamada ley trans en el telar parlamentario, a mayor gloria del progreso social y el reconocimiento de la autonomía individual en la determinación de su propio destino, me sentí como un viejo que pierde al tute, extraño como un torero al otro lado del telón de acero y absurdo como el belga por soleares de Sabina.

No se acaba de entender que cualquier joven de 16 años, hombre o mujer, pueda cambiar de género por el artículo 33, el de su real gana

Ley de difícil digestión (digestión mental, se entiende) para los que estamos irremediablemente empapados de cultura machista y necesitamos un sobresfuerzo comprensivo sobre el fenómeno de la transexualidad. Eso tengo que reconocerlo. Pero no retiro mi apuesta por todo lo que suponga avanzar en materia de derechos civiles a favor de una minoría que de ninguna manera afecta a los de las mayorías.

Estar de acuerdo con el espíritu del anteproyecto —ya veremos cómo queda la ley cuando acabe en el BOE— no impide la perplejidad ante el dato desnudo de que, sin previo dictamen técnico, cualquier joven de 16 años, hombre o mujer en el momento de tomar la decisión, pueda cambiar de género en el Registro Civil por el artículo 33, el de su real gana.

Y conste que la objeción no se proyecta sobre el chico o la chica con apremiante necesidad de cambiar de género por sentirse hombre en cuerpo de mujer o mujer en cuerpo de hombre, sino sobre el que puede hacer un uso fraudulento de la ley para obtener ventajas contantes y sonantes en distintos espacios de la socialización.

Es máximo el riesgo de algo tan viejo como es el fraude de ley, según están denunciando las propias asociaciones feministas

En torno a la autodeterminación de género, que es real vector dominante del debate, ha aparecido ya una interesante casuística en las primeras repercusiones políticas y mediáticas al difundido anteproyecto elaborado en el Ministerio de Igualdad.

A saber: desde el hombre con inesperado derecho a usar los lavabos públicos reservados a la mujer, o al revés, el atajo de una mujer para obtener un trabajo reservado inicialmente solo a la condición masculina, o, vaya usted a saber, el político que se registra administrativamente como mujer solo para entrar en una lista 'cremallera' de las próximas elecciones.

Insisto. Todo lo dicho no es incompatible con una sana visión progresista de la sociedad. No afecta al estado más o menos abierto de la mente para entender y defender la causa de los colectivos LGTBI. Afecta a algo tan viejo como el juego de la ley y la trampa en la mente de sus hacedores, los legisladores, no el pueblo soberano. Es decir, el fraude de ley. Y creo que en este caso el riesgo es máximo, como están denunciando las propias asociaciones feministas.

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