Villarejo y la novela negra del Estado
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Antonio Casado

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Villarejo y la novela negra del Estado

El excomisario se sienta en el banquillo por primera vez con un escandaloso historial de corrupción que afecta a policías, funcionarios, empresarios y políticos

Foto: El excomisario José Manuel Villarejo. (EFE)
El excomisario José Manuel Villarejo. (EFE)

En libertad provisional desde el pasado 3 de marzo y cuatro años después de su arresto (3 de noviembre de 2017) en su casa de Boadilla del Monte a cargo de 10 agentes de Asuntos Internos, con todo preparado para salir huyendo de la Justicia, “Pepe” Villarejo, el hijo de la matrona de Priego (Córdoba) que se hizo millonario con una placa policial, se sienta por primera vez en el banquillo.

Y no será la última de un escandaloso historial de corrupción que afecta a policías, funcionarios, empresarios y políticos. Para empezar, la Fiscalía Anticorrupción pide 109 años de cárcel al máximo responsable de la trama. “Organización criminal”, según el fiscal. “Agente encubierto” al servicio del Estado, según el propio acusado, uno de los personajes más siniestros de nuestra reciente historia.

Desde los tiempos del “búnker” a los de Bárcenas (caso Kitchen), no hay fregado en el que no aparezca el nombre de Villarejo

Si tenemos en cuenta su ya incipiente sordidez en la guerra sucia entre policías de 1980 (facciones sindicales enfrentadas), cuando intervenía teléfonos de compañeros, o en la trastienda del 23-F, cuando intoxicaba a periodistas con el cuento de que el rey Juan Carlos estaba detrás del “tejerazo”, unido al historial acumulado por acciones indignas como si fueran servicios a España, no parece excesivo ver en el excomisario un hilo conductor de la novela negra del Estado democrático que nació en 1978.

Desde los tiempos del “búnker” a los de Bárcenas (caso Kitchen), pasando por la desaparición del Nani, fulgor y caída de Mario Conde, el Gal, la contratación del Yak-42, el tráfico de armas, el 'procés', etc., no hay fregado en el que no aparezca el nombre de José Manuel Villarejo.

Foto: El comisario jubilado José Villarejo, a su salida de prisión este miércoles. (EFE)

Y así hasta que se le ocurrió grabar a Corina Larsen, la examiga íntima del emérito. Fue entonces cuando un verdadero servidor del Estado, el anterior director del CNI, Félix Sanz, puso pie en pared y, después de advertir en nota confidencial al Gobierno de que Villarejo perjudicaba a las instituciones del Estado y era una bomba de relojería (año 2015), activó todas las herramientas legales para ponerlo fuera de la circulación.

Hasta ese momento, nadie se explica cómo este gran pícaro, amo de las cloacas, enredador de la vida pública, hombre de medias verdades, el doble juego, difamador a sueldo, vendedor de humo a precio de oro, mentiroso compulsivo, intoxicador de periodistas, traficante de dosieres, parásito de los fondos reservados, pudo moverse a sus anchas durante 40 años, a pesar de las denuncias de compañeros y acusaciones de los detectives profesionales por “intrusismo” (expedientado en 1989).

Gran pícaro, amo de las cloacas, difamador a sueldo, vendedor de humo a precio de oro, intoxicador de periodistas, traficante de dosieres

La vista pública que hoy comienza en la sede de la AN de San Fernando de Henares (Villarejo y 26 acusados más) solo atañe a tres de las veintitantas piezas que cuelgan del llamado caso Tándem (Iron, Land y Pintor). Presuponen delitos de cohecho, revelación de secretos, extorsión, tráfico de influencias, falsedad documental, etc. Y las tres se derivan de trabajos remunerados para personas o empresas que contrataban a Cenyt (su particular agencia de detectives) en trabajos ilegales de espionaje, sobre todo empresarial, cuando todavía ejercía como comisario en activo (abandonó el Cuerpo en 1983 y fue rescatado como “agente encubierto” por el ministro Corcuera 10 años después).

Una pregunta nos sobrevuela: ¿contó con la mirada distraída de los sucesivos gobiernos? El pueblo soberano tiene derecho a saber si fue eso lo que ocurrió o si, como dice la defensa letrada de Villarejo, la función real de sus empresas era cubrir su trabajo como servidor del Estado.

Comisario Villarejo
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