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Cumbre OTAN: poco o nada que celebrar
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Antonio Casado

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Cumbre OTAN: poco o nada que celebrar

Luces y sombras en el balance de un acontecimiento "histórico", que anuncia el retorno a la ley del más fuerte

Foto: Pedro Sánchez saludando a Joe Biden. (EFE/Juanjo Martín)
Pedro Sánchez saludando a Joe Biden. (EFE/Juanjo Martín)
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Éxito en las formas, dudas en el fondo. Luces para lo visible, como la reconocida capacidad organizativa de una España que se prepara para la escasez, según la alerta televisada de Sánchez, la noche en la que la "histórica" cumbre echaba el cierre. Y sombras ante lo que nos interpela, aunque no se vea.

No se trata de objetar el éxito de una buena operación de imagen, reconocido incluso por el líder del PP, Núñez Feijóo, sino de señalar los desajustes que el mismo presidente del Gobierno señala en el camino hacia los inciertos escenarios que se avecinan dentro y fuera de nuestro país.

Cuando Sánchez reclama de sus socios una reflexión sobre la seguridad en el mundo de cara al escenario descrito, reconoce como trastorno no menor la esquizofrenia política de un Gobierno donde conviven quienes organizan la cumbre y asumen sus mandatos, incluido el aumento de los gastos militares, y quienes boicotean la organización y se oponen a esos mandatos, incluido el de subir el gasto militar hasta el 2% del PIB durante los próximos siete años.

Se reconoce el éxito organizativo de una España que se prepara para la escasez y no garantiza la prosperidad ni la seguridad

Si hasta desde Moncloa llega el recado de que ni la prosperidad ni la seguridad están garantizadas, no vale quedarse en celebrar lo bien que le salió a España la organización del evento. También hemos de levantar acta de que, en lo global, se nos anuncia el fin de un largo periodo de paz entre los dos grandes bloques de poder y la aparición de un tercero en discordia (China).

En lo inmediato, resulta que la cumbre de Madrid no ha alterado en absoluto la marcha de la guerra de Ucrania ("Putin ignora a la OTAN y bombardea Odesa", titulábamos ayer en EC). Y en lo que nos toca más de cerca, es una frivolidad quedarse celebrando que el presidente ya tiene su foto no cronometrada con Biden, o que el sanchismo se ha venido arriba después de unas semanas horribles.

También es de lamentar que el núcleo duro de la Alianza, al que no pertenece España, qué le vamos a hacer, no haya prestado atención a la demanda española de reforzar el flanco sur (presión migratoria, inestabilidad en el Sahel y efectos de la tensión Marruecos-Argelia en España).

La cumbre no ha alterado la marcha de la guerra de Ucrania ("Putin ignora a la OTAN y bombardea Odesa", titulábamos en EC)

Tampoco se deja claro que Ceuta y Melilla queden bajo el paraguas del artículo 5 (ataque a un miembro es ataque a todos). Solo un regate verbal usado para fijar la apariencia de que así sería llegado el caso, aunque el tratado solo habla de Europa y América del Norte.

El supuesto éxito de Sánchez salta a los titulares como un peldaño de recuperación respecto a su castigada imagen previa. Apunte ilustrado con su anuncio de que piensa presentarse a las primarias del PSOE para repetir en Moncloa. Crúcese a su vez con ciertas conjeturas sobre sus presuntas intenciones de jubilarse como secretario general de la OTAN. Caldo de cerebro de quienes lo relacionan con el venidero derechazo que auguran las encuestas para las próximas elecciones generales.

De vuelta al plano internacional, tampoco es de celebrar el apagón del derecho internacional recogido en el punto 4 del artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas. De nuevo, la razón de la fuerza y la vieja dinámica acción-reacción. Más y mejores sistemas de respuesta rápida. Si mi adversario enseña los dientes, yo también los enseño. En eso consiste lo que se ha fraguado en la cumbre de Madrid: el señalamiento de Rusia como el supuesto de máxima amenaza sobre los países sindicados en la defensa del bloque formado por los 30 miembros de la OTAN.

Era perturbador el contraste de los muertos de Ucrania con las compras de las primeras damas en la milla de oro de Madrid

Todo eso queda orillado en la operación de imagen que Moncloa vende a la opinión pública. La nuestra y la de los países de la OTAN ¿También la de Ucrania, que no es un país miembro, pero su presencia ha sido hasta un 'leit motiv' de la propia cumbre? Tengo mis dudas.

Me asalta el perturbador contraste de los muertos diarios de Ucrania, mientras las primeras damas iban de compras a la milla de oro de Madrid, algún mandatario se dejaba llevar por el síndrome de Stendhal ante un cuadro del Museo del Prado y sus acompañantes (esposas, hijos, nietos) disfrutaban de una agenda paralela de actividades turísticas o recreativas.

Éxito en las formas, dudas en el fondo. Luces para lo visible, como la reconocida capacidad organizativa de una España que se prepara para la escasez, según la alerta televisada de Sánchez, la noche en la que la "histórica" cumbre echaba el cierre. Y sombras ante lo que nos interpela, aunque no se vea.

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