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Yolanda Díaz: el misterio continúa
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Antonio Casado

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Yolanda Díaz: el misterio continúa

La vicepresidenta reconoce que la "desafección ciudadana" no es la mejor rampa de lanzamiento de su "movimiento ciudadano"

Foto: Díaz, en la presentación de Sumar. (EFE/Zipi Aragón)
Díaz, en la presentación de Sumar. (EFE/Zipi Aragón)
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Por ahora "Sumar" era eso: voluntarismo, frases enlatadas en defensa de lo público y gritos motivantes mientras el sol de verano declinaba sobre el Matadero de Madrid ocupado por unas cinco mil personas.

Salvo la abrumadora presencia femenina en el escenario de este recinto cultural, nada realmente nuevo en el acertijo político e ideológico llamado a poner a Yolanda Díaz en la Moncloa con los votos a la izquierda de la izquierda, donde hoy por hoy reina el caos y la dispersión. Y esa, la "desafección ciudadana" (Yolanda 'dixit') no es la mejor rampa de lanzamiento de un proyecto aún atrapado en el reino de las musas.

Solo una marca, la fundacional: "Sumar". Tal y como fue inscrita en el registro de asociaciones del Ministerio del Interior, como las de consumidores, amigos del patinete o alcohólicos anónimos. Pero, en principio, nada que ver con la competición electoral o la lucha política.

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La hoja de ruta será el jaleado "proceso de escucha para construir el país que queremos", con gira prevista de seis meses a partir del acto de ayer. A la caza de voluntades, no de siglas. Sin otra marca que la registrada oficialmente, por mucho que Iglesias y Belarra se reclamen principales colonizadores del espacio a la izquierda de Sánchez. Y, en fin, sin otros egos que el de la propia Yolanda Díaz (Fene, Coruña, 49 años), por su expreso deseo, aunque no sabemos si pilotará la resultante de la "escucha".

El asunto tiene un difícil acomodo mental. Escuchar a portavoces de la sociedad civil, a los agentes sociales, a los grupos culturales, a los hacedores del día a día, era eso: que representantes de la cultura, la sanidad, la educación, el ecologismo, los movimientos vecinales, consumieran breves turnos de palabra como teloneros del discurso de Díaz por "una democracia mejor" y por "un nuevo contrato social democrático".

Vale, hecho, pero ¿con qué objetivo?

Como ella diría, va de crear una oferta política impulsada como movimiento ciudadano con el reto de cambiar el país. Y que no "no va de partidos", ni de "egos", en un sistema representativo cuyos cauces de participación son los partidos, con su liturgia de líderes, organización y programas electorales.

Pues no se acaba de entender, cuando lo más tangible de la oferta al votante, al ciudadano, a la gente, es una figura personal. Y cuando la eventual conexión de "los que quieran acompañarnos" con el futuro proyecto electoral es la figura de Yolanda Díaz. Lo de "proyecto de país" está en todos los programas. Y antes o después también ella tendrá que ponerlo negro sobre blanco. Entonces hablaremos. Sobre compromisos concretos y no sobre frases aterciopeladas que se agotan en sí mismas.

"Antes o después, Díaz tendrá que ponerlo negro sobre blanco. Entonces hablaremos. Sobre compromisos y no sobre frases aterciopeladas"

Frases tan aterciopeladas como "Tenemos que querernos", "la política es escuchar", "la política es cambiar la vida de la gente", "por un salario digno", "demos un paso adelante", "sumemos", "ensanchemos la democracia", "con ilusión y ganas, vamos hacia adelante", "empatía para resolver los conflictos", "escuchar más que hablar", "caminar juntas", "entenderse en la diversidad", "hacer política con mayúsculas, desde la comprensión y los afectos", etc., etc.

Insisto: lo único tangible del proyecto presentado ayer es la propia figura de Yolanda Díaz. Una persona. No una idea, más allá de lo que puede desprenderse de su biografía y de su confesada intención de captar a un electorado sediento de frescura en la clase política.

Así que, se mire como se mire, seguimos huérfanos de datos sobre lo que será-será el proyecto de Yolanda Díaz, más allá de darnos por enterados del propósito restaurador de esa dispersa izquierda populista que, antes de envilecerse en el enfrentamiento y la bronca endogámica (Andalucía no fue una fiesta), ya había fracasado en su guerra al bipartidismo, la casta y el "no nos representan" de aquel malogrado 15-M.

Por ahora "Sumar" era eso: voluntarismo, frases enlatadas en defensa de lo público y gritos motivantes mientras el sol de verano declinaba sobre el Matadero de Madrid ocupado por unas cinco mil personas.

Yolanda Díaz Moncloa