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El Mundial del ven y cuéntalo
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Antonio Casado

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El Mundial del ven y cuéntalo

Denunciar la inmoralidad del régimen islámico de Qatar no tiene por qué amargarnos el espectáculo a los más futboleros

Foto: El Mundial de Qatar 2022. (EFE/Esteban Biba)
El Mundial de Qatar 2022. (EFE/Esteban Biba)
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Con un escueto espectáculo de música, fuegos artificiales y el desfile de mascotas precedentes en la historia de los mundiales de fútbol, arrancó ayer el que muchos han calificado de Mundial de la infamia. Pero denunciar la inmoralidad del régimen islámico no tiene por qué amargarnos el espectáculo a los más futboleros. Disfrutar con la competición no deroga la ocasión de ponernos estupendos en la defensa de los valores que profesamos en esta parte del mundo.

El ven y cuéntalo fue un eslogan autonómico pensado en los años noventa para que el turismo blanquease la imagen de un País Vasco manchado de sangre. Puesto el salmo al pie de un dibujo del gran Antonio Mingote que representaba un asesinato con tiro en la nuca (hemeroteca del ABC, por favor), no se libró del efecto bumerán. En este caso, para bien, por sus beneficiosos efectos en la necesidad de acorralar política y socialmente a la banda terrorista ETA.

Foto: Naranjito, en la ceremonia inaugural de Qatar. (EFE/Yoan Valat)

De aplicación al Mundial de Fútbol costeado por un país reñido con el respeto a la dignidad humana. Así que Qatar puede estar haciendo un mal negocio respecto al propósito de hacerse visible en el campo de las relaciones internacionales por algo más que el seguimiento de los 64 partidos del campeonato.

Es el contravalor de una política de puertas abiertas. Bastará con que los cientos de enviados especiales de los países democráticos abracen el espíritu del ven y cuéntalo, que es la esencia del periodismo. Y en este punto hemos de prevenirnos de quienes apuestan por ceñirse exclusivamente a la competición futbolística y pasar por lo demás como el gato por las ascuas.

Un celebrado objetor de la información acomodaticia fue el periodista deportivo José María García, cuando la matanza de estudiantes en el Zócalo de Mexico DF (octubre, 1968). También lo serán los colegas forjados a esta parte del mundo en el uso responsable de la libertad de expresión.

Foto: Morgan Freeman, en la ceremonia inagurual del Mundial. (EFE/Tolga Bozoglu)

Subscribo el grito de Marta García Aller cuando airea la consigna de "grabar, grabar y grabar" dirigida a los compañeros destacados para cubrir el acontecimiento. No serán testigos mudos, sordos y ciegos de eventuales atropellos a los mandatos proclamados hace 74 años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Una carta magna de la Humanidad, de innegociable vigencia, tanto en Qatar como en la valla de Melilla. Pero aquí no te meten en la cárcel por fiarte más de la BBC que del ministro Marlaska. Así que tápese el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, cuando alude a la supuesta inhabilitación de Europa para dar lecciones de moralidad.

En Qatar se reza cinco veces al día mientras violan los derechos humanos en nombre de Dios. No hablamos de los intereses que palpitan en esta magna operación de imagen, sino de valores, que son universales, permanentes e innegociables. Por mucho que, en este país y otros, la moralidad responda a mandatos divinos de la ley islámica, según interpretaciones medievales pendientes de actualización. Pero de ninguna manera puede aceptarse que sea un mandato divino perseguir la homosexualidad, maniatar a las mujeres o tratar a los inmigrantes —población mayoritaria— como seres desechables.

El actual entrenador del Barcelona, Xavi Hernández, dijo en cierta ocasión (septiembre de 2019) que "Qatar no es una democracia, pero funciona mejor que España". Quede para la reflexión con efecto retroactivo este temerario elogio de la eficiencia sin reparar en el coste en vidas humanas oculto tras los alardes arquitectónicos del país. Más y mejor documentados están los fallecidos en "accidente laboral" durante la construcción de los estadios necesarios para afrontar en tiempo y forma el compromiso asumido en 2010, cuando Qatar se impuso incomprensiblemente a las candidaturas de EEUU, Japón, Australia y Corea del Sur como sede del Mundial 2022.

Con un escueto espectáculo de música, fuegos artificiales y el desfile de mascotas precedentes en la historia de los mundiales de fútbol, arrancó ayer el que muchos han calificado de Mundial de la infamia. Pero denunciar la inmoralidad del régimen islámico no tiene por qué amargarnos el espectáculo a los más futboleros. Disfrutar con la competición no deroga la ocasión de ponernos estupendos en la defensa de los valores que profesamos en esta parte del mundo.

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