Por no alinearse con Sánchez el PP carece de posición unívoca ante la masacre de Gaza. Feijóo guarda silencio frente a los pasos del Gobierno para frenar el horror
Decenas de familias tratan de conseguir comida en Al Mawasi, Gaza. (Zuma Press)
El anti-sanchismo se ha convertido en un blanqueador del primer ministro israelí, aunque Netanyahu no es Israel ni el pueblo judío, como ha dicho Felipe González. Este rebote político de andar por casa afecta a las élites del PP. Con Sánchez, ni a apañar billetes de cincuenta euros, aunque no lleguemos a fin de mes. Son ganas de darse martillazos en las rodillas en desaforada comprobación del reflejo rotuliano en la lucha por el poder.
La técnica no difiere de la usada en la Moncloa cuando endosa sus ataques de contrariedad a los bulos gestados en la máquina del fango de la derecha. El PP nunca apoyará un embargo de armas a Israel ni se alineará con el buenismo de Sánchez por la misma razón que Feijóo se abstiene de mostrar a Mazón la puerta de salida, no sea que parezca estar comprando el relato del adversario sobre lo ocurrido el 29-O.
Por no parecer alineado con el Gobierno, que pide la suspensión del acuerdo de asociación de la UE con Israel por violación de los derechos humanos, el PP carece de posición unívoca respecto a la masacre de Gaza. Feijóo se esconde, se abstiene o guarda silencio frente a cualquier iniciativa orientada a denunciar el horror televisado en la franja de Gaza. Se limita a denunciar que Sánchez airea sus críticas al Estado hebreo como maniobra de distracción. En el mejor de los casos critica los ataques a civiles echando la culpa a Hamas, mientras Ayuso usa el comodín del antisemitismo y el portavoz del partido, Borja Sémper, coincide con Sánchez en que la UE debe revisar su acuerdo con Israel.
En cualquier caso, ningún interés por la presencia en Madrid de ministros de Asuntos Exteriores de países europeos y árabes ("Grupo de Madrid") convocados por Albares para clavetear la oxidada doctrina de los dos Estados. Y desmarque total de la resolución que va a presentar España para reactivar el brazo judicial de la ONU (TIJ) en el desbloqueo incondicional de la entrada de ayuda humanitaria.
Como tengo escrito, lo diga Sánchez, el porquero de Agamenón o el rótulo eurovisivo de TVE, "el silencio no es una opción". Los hechos cantan en desigual confrontación armada: un sofisticado Ejército frente a las comadrejas de Hamas (pequeñas pero feroces y acostumbradas a vivir en la adversidad), que ya ha causado más de 50.000 muertes civiles (15.000 eran niños). Doctrina oficial del PP es la condena de Hamas por el bárbaro acto terrorista de Hamas que desencadenó el conflicto el 7 de octubre de 2023 (1.200 muertes de pacíficos ciudadanos israelíes os) y no por los crímenes de guerra cometidos luego por el Ejército de Israel.
Tan escandalosa desproporción nos remite a uno de los límites de las respuestas armadas en un determinado conflicto, según el Derecho Internacional. Lo cual no justifica la salvajada terrorista ni retrata el odioso antisemitismo que, por desgracia, anida todavía en los pliegues de la "civilizada" Europa.
El plan israelí en la franja de Gaza, y me temo que luego se hará extensivo a Cisjordania, incluye la limpieza étnica mediante el destierro, el hambre o la muerte. Son los pasos previos a una explanación del terreno, de modo que quede listo para una nueva rotulación política y económica controlada por Israel y apoyada por los Estados Unidos.
En este punto vuelvo a la incierta posición del PP que, como alternativa verosímil de poder, renuncia a condenar la masacre de Gaza por escapar al riesgo de mimetizarse con el PSOE. El nivel de polarización ambiental convierte el anti-sanchismo en coartada de su indolencia ante el horror, sin asumir la mayoritaria condena de la ciudadanía, incluidos votantes del PP o buena parte de ellos.
El anti-sanchismo se ha convertido en un blanqueador del primer ministro israelí, aunque Netanyahu no es Israel ni el pueblo judío, como ha dicho Felipe González. Este rebote político de andar por casa afecta a las élites del PP. Con Sánchez, ni a apañar billetes de cincuenta euros, aunque no lleguemos a fin de mes. Son ganas de darse martillazos en las rodillas en desaforada comprobación del reflejo rotuliano en la lucha por el poder.