Deberíamos reivindicar la verdadera función de los "fontaneros" y las "fontaneras", cuyo dignísimo trabajo consiste en sanear las cañerías y no ensuciar más el hábitat propio de las ratas
De nuevo aparecen los viejos cómplices del dichoso relato. Sus viejos amigos: camuflaje, cerros de Úbeda, botes de humo, sombras interpuestas...
"Las cloacas atascan la política", titulaba ayer El País, en una clara alteración de los términos. Debería decir: "La política se atasca en las cloacas". Reconvertir la frase serviría, de momento, para reivindicar la verdadera función de los "fontaneros" y las "fontaneras", cuyo dignísimo trabajo consiste en sanear las cañerías y no ensuciarlas más de lo que es inevitable en el hábitat propio de las ratas.
El PSOE necesita de la fontanería limpiadora del alcantarillado que ejercen, por ejemplo, la UCO, la fiscalía anticorrupción, los jueces y los medios de comunicación (por una sociedad más libre y mejor informada).
Son palancas institucionalizadas para combatir la inmoralidad en la vida pública. De paso, también para limpiar la imagen de unas siglas históricas tan contaminadas que los socialistas del plan antiguo -algunos con mando en plaza, como García Page- piden públicamente que se distinga entre la marca y quienes hoy por hoy la gestionan en el Gobierno y en el partido. Un llamamiento ignorado por el PP cuando comete el exceso de referirse al PSOE como una "organización criminal".
En el hedor a cloaca que se respira se está gestando la teoría del "malmenorismo" como terapia para superar la estresante crisis de gobernabilidad que recuerda las vísperas electorales de 1996. Las urnas confirmaron la caída del PSOE regido por Felipe González. De puertas adentro (Gobierno y partido, Moncloa y Ferraz) el mal menor funciona ahora como clave política y mediática del fin del ciclo iniciado hace siete años con la moción de censura que tumbó a un partido asolado por la corrupción (el PP).
En mi entrega anterior, "Radiografía sobre el peor momento de Sánchez", sostenía que un Sánchez acorralado y a la defensiva solo cuenta realmente con la teoría del mal menor. O sea, el beneficio de la duda. Cierto. Para sus socios, sus aliados parlamentarios e incluso sus votantes ("que se retraten", pide el portavoz del PP, Borja Sémper), el mal menor es seguir apoyándole con la nariz tapada.
Empieza a cundir una resignificación a la inversa del mal menor. Ya no sería Sánchez para librarse del PP, sino Feijóo para librarse de Sánchez
Pero empieza a cundir una resignificación a la inversa del mal menor, que ya no sería Pedro Sánchez para librarse del PP, sino Núñez Feijóo para librarse de Pedro Sánchez, aunque los dirigentes y votantes del hemisferio "progresista" también tuvieran que taparse la nariz.
Al menos ahora el aspirante viene de nuevas a la política nacional y no está afectado directamente por los escándalos que hundieron al PP hasta que Sánchez y Ábalos, por aquel entonces campeones de la fontanería que sanea, no la que ensucia (quién lo iba a decir) hundieron políticamente a un PP enfangado en un maloliente historial de corruptelas mayores y menores (Palma Arena. Gürtel, Lezo, Pokémon, Púnica, Erial…).
Que la bandera de la limpieza la levantasen hace siete años, Sánchez y Ábalos es lo que siete años después convierte la teoría del mal menor en el centro de todos los análisis de la degradación de la vida política nacional en los términos apuntados: ¿El de Sánchez para frenar a Feijóo o el de Feijóo para echar a Sánchez? Se admiten apuestas.
De nuevo aparecen los viejos cómplices del dichoso relato. Sus viejos amigos: camuflaje, cerros de Úbeda, botes de humo, sombras interpuestas...