La aceptación de la primera fase del plan apadrinado por Donald Trump y retocado por Benjamín Netanyahu no llegó a tiempo de perpetrar una aberrante asociación del Nobel de la Paz al cabestro de la Casa Blanca. Jalearse a sí mismo como el caballero de las siete paces terminó en rabieta ("El comité de los Nobel antepone la política a la paz"). No le sirvió de nada esta vez.
Mejor así, porque libera mentes y corazones para concentrarse en lo importante, sin distraerse en cuestiones ajenas a la celebración del alto el fuego del Ejército israelí en la franja de Gaza, el anunciado como inminente intercambio de rehenes israelíes por prisioneros palestinos y la entrada de un masivo volquete de ayuda humanitaria en el enclave.
Suficiente para que, en su visita del lunes que viene a Jerusalén, Trump pueda dedicar un turno a la explotación del éxito durante su previsto discurso ante el Parlamento israelí (Knéset).
Que callen las armas y hablen las personas de lo que tienen en común: la dignidad humana. El alto el fuego dispara el júbilo en Israel, por la vuelta de los rehenes vivos o muertos. En Gaza, por hambre atrasada de paz después de tanta devastación, tanto sufrimiento y tanta muerte. Y en las cancillerías de la comunidad internacional, por pura fatiga.
Sobre premisas de tamaño variable se dice que la derecha recibe el alto el fuego con alegría y la izquierda con desconfianza
Ahora, ya con las fuerzas militares israelíes en las "nuevas líneas de despliegue operativo" (nada de retirada total), solo nos queda rezar para que el "altofueguismo" no se quede en un puro mal menor, a la espera de que desaparezcan los recelos y se vayan despejando los aspectos "gaseosos" (Andrea Rizzi) de los 20 puntos del plan.
Que la maquinaria militar de Israel deje de matar gazaties impunemente es una excelente noticia que todos saludamos. Pero no como alternativa, sino paso obligado en la buena dirección. Hacia la meta de paz justa y duradera, aceptable también por la parte palestina, a la luz de los principios legales y morales (leyes y derechos humanos) exigibles a Israel, que es uno de los nuestros en esta parte del mundo.
A Netanyahu no le motiva el lema franciscano que predica "paz y bien". Y Trump no es precisamente un modelo de adhesión incondicional a dichos principios, por mucho que ahora ejerza de buen pastor llevando del ronzal en Sharm el-Sheij (Egipto) a los negociadores "indirectos" de Israel y Hamas.
Sobre esas premisas de tamaño variable en la "guerra" de Gaza campea el lugar común de que "la derecha" ha recibido la entrada en vigor del alto el fuego con alegría y "la izquierda" con desconfianza. Mal enfoque, porque todos los términos de la proposición estás seriamente averiados.
La transversalidad del malestar con Israel desborda las diferencias ideológicas, el "altofueguismo" no puede confundirse con la "paz" y, en fin, hablar de "guerra" en Gaza debería ser al menos tan discutible como discutido está siendo el uso del término "genocidio". En este conflicto se habla de guerra con la misma desenvoltura que se habla de paz. Ni antes era una guerra, por la brutal desigualdad de fuerzas en liza, ni ahora llega a ser paz lo que han acordado por arriba los negociadores.
Como mucho, y ya es mucho, por eso hay que celebrarlo, un frenazo en la máquina de matar gazatíes, en el contexto de "una ventana de esperanza", como el rey Felipe VI dijo el jueves pasado en referencia al llamado "plan de paz", que debe ser saludado de forma "esperanzada pero cautelosa".
Pues, eso.
La aceptación de la primera fase del plan apadrinado por Donald Trump y retocado por Benjamín Netanyahu no llegó a tiempo de perpetrar una aberrante asociación del Nobel de la Paz al cabestro de la Casa Blanca. Jalearse a sí mismo como el caballero de las siete paces terminó en rabieta ("El comité de los Nobel antepone la política a la paz"). No le sirvió de nada esta vez.