Si eso, más que "Rey Trump", un cabestro en la Casa Blanca
Los norteamericanos se manifiestan contra la "real" gana de Trump, aunque hoy por hoy las tiranías se ejercen sin ponerse una corona o disfrazarse de rey de espadas
Miles de personas en todo EEUU protestan contra Trump. (EFE)
La deriva autoritaria del presidente norteamericano, Donald Trump, que sigue amenazando a España si no se porta bien, se retrata cada día y a todas horas, desde que volvió a la Casa Blanca hace tan solo diez meses. De ahí que, movilizada por más de dos mil organizaciones sociales este fin de semana, la gente se echara a la calle en las grandes ciudades de los Estados Unidos al grito de "¡No Kings¡" (No queremos reyes).
El grito va contra la "real" gana de Trump. La memoria colectiva de los ciudadanos de este país evoca la fundacional aversión republicana de los padres de la democracia norteamericana (Madison, Jefferson, Franklin, Washington, Adams…) a las derivas autoritarias de las monarquías europeas de la época. Pero hoy por hoy las tiranías se ejercen sin necesidad de ponerse una corona o disfrazarse de rey de espadas.
Lean ustedes el excelente artículo de Miriam Martínez Bascuñán ("Diplomacia de caudillos", domingo 19, El País) y sabrán de qué hablo. Y hablo, vuelvo a hablar, del retorno a un mundo sin reglas donde impera ley del más fuerte y se socavan los cimientos de la democracia.
En este caso, la voluntad del caudillo precede y cancela los marcos normativos del mundo alumbrado después de la Segunda Guerra Mundial. Básicamente, el espíritu y la letra de la Carta de San Francisco (junio 1945), como nicho fundacional de las ahora irrelevantes Naciones Unidas.
Así que, aparte de la implícita alusión de los manifestantes a la "real gana" de Trump, no es un rey lo que hay en la Casa Blanca. Es un cabestro con ínfulas de "caudillo".
En las faldas a pie de página puestas a disposición de los lectores, siempre me han reprochado que endose el sobrenombre de "cabestro" al presidente de los EE UU, por la presunta falta de respeto contenida en la alusión a los bueyes "mansos" que guían a las reses bravas. Aunque la mayoría de los bueyes no son cabestros, Trump sí lo es porque marca el camino de la manada (Milei, Netanyahu, Bukele, Orban…) y arremete de vez en cuando contra quienes no acaban de reconocerlo como conductor de toros propensos a la embestida.
Como buen manso, las embestidas de Trump son puñetazos al viento: quedarse con Groenlandia o echar a España de la OTAN
Usar ese término puede ser una falta de respeto. Lo acepto. Pero no mayor que sus embestidas contra el funcionamiento del Estado de Derecho, su querencia golpista si le fallan las urnas (véase el asalto al Capitolio en enero de 2021), la concepción de sus "éxitos" internacionales como meras sesiones fotográficas (¿paz?, ¿qué paz?), el racismo latente en el uso de la fuerza militar contra los inmigrantes, su aversión a los periodistas críticos o a los jueces que cuestionan sus decisiones en aplicación de la legalidad, su unilateral declaración de guerra a Venezuela….
O, en fin, su concepción de la política, que es básicamente un oficio de servicio a los demás, como una oportunidad de hacer lucrativos negocios privados.
Sólo nos consuela su imprevisibilidad. Cosa de "bocazas". O de personas afectadas por el TEI (trastorno explosivo intermitente). Dicho de otro modo: puñetazos al viento. Habla de quedarse con Groenlandia o suspender pagos a Colombia con la misma frescura que amenaza a la alcaldesa "roja" de Boston con quitarle los partidos del Mundial. O a España con echarla de la OTAN. Como el matón que atemoriza con sus bravatas a los chicos del barrio. No tiene mayor recorrido que el de una bravata más en las que suele reconocerse y solemos reconocerlo los demás.
La deriva autoritaria del presidente norteamericano, Donald Trump, que sigue amenazando a España si no se porta bien, se retrata cada día y a todas horas, desde que volvió a la Casa Blanca hace tan solo diez meses. De ahí que, movilizada por más de dos mil organizaciones sociales este fin de semana, la gente se echara a la calle en las grandes ciudades de los Estados Unidos al grito de "¡No Kings¡" (No queremos reyes).