Nada de lo que decida hoy en Perpiñán la dirección de Junts ni lo que digan sus afiliados en la consulta posterior determinará el devenir de la legislatura
El prófugo de Waterloo es un líder descapitalizado, un náufrago sin bengalas, un personaje declinante también en su partido. Ni el cambio de hora ni la hora del cambio quitan el sueño a los españoles. Ni siquiera a Pedro Sánchez, el interpelado, tras su rentable fin de semana de agitación callejera y mediática contra Carlos Mazón por la "dana" valenciana y Moreno Bonilla por los "cribados" andaluces.
Casi dos años después de alinearse con el sindicato de socorristas del todavía presidente del Gobierno, el propio Puigdemont sabe que ha hecho un pan de obleas en su patético tránsito de la épica al sainete. Cuesta abajo en la política catalana y con el mazo dando en el Congreso, quería un otoño caliente a causa de los "incumplimientos" (amnistía para el fugado, competencias en inmigración, el catalán en la UE y la singularidad fiscal), pero tiene el calentador averiado.
La mina de sus siete escaños se ha agotado sin los dividendos previstos. Ya no está en su mano tumbar a Sánchez o decidir la hora del cambio, salvo un muy improbable alineamiento con el PP de Feijóo y el VOX de Abascal en una moción de censura. Si no es eso, nada de lo que hoy pueda salir de su cita con la dirección de Junts en Perpiñán, ni de lo que digan sus 6.465 afiliados en la anunciada consulta posterior, determinará el devenir de una Legislatura que sigue funcionando sin PGE y sin votos de Junts (o de Podemos), en determinadas iniciativas.
Por lo que me cuentan, en las alturas y en las bajuras del partido reina la sensación de que lo de Miriam Nogueras en el Congreso ha sido un puñetazo al aire: sin Sánchez, pero no con Feijóo ¿Y cómo cuadrar eso sin asumir que Puigdemont ha perdido la capacidad de prolongar o interrumpir la Legislatura? Puede ocurrir lo uno o lo otro, claro, como resultado del cruce de la agenda electoral con la judicial, pero no será por lo que diga Puigdemont, sus dirigentes o sus desorientadas bases, mientras las termitas de Silvia Orriols (Alianza Catalana) carcomen la marca de Junts en las encuestas.
A fin de prevenirse ante inesperados sobresaltos cosidos a la amenaza de ruptura, no descartemos el factor Aldama. El conocido comisionista, enredado en la trama Koldo-Ábalos, dice haber puesto a disposición de Junts una bomba para tumbar a Sánchez. Ahí lo dejo porque la insinuación no ha ido más allá de la todavía incipiente sospecha de financiación ilegal del PSOE, marcada por el resto de los aliados de Sánchez como el hasta aquí hemos llegado en el arropamiento.
Sin embargo, creo que aciertan los teólogos de la Moncloa cuando descartan el alineamiento de Junts con PP y Vox en una eventual moción de censura contra Sánchez. Ni siquiera a título de moción "instrumental" (el candidato alternativo se compromete a convocar elecciones a los cinco minutos de salir elegido), aunque el aquí y ahora de la política nacional esté pidiendo a gritos una llamada a las urnas.
"Las bases de Junts no aceptarían un pacto con el partido del Gobierno que decretó el 155 y reprimió a los patriotas catalanes"
En los dos casos supondría un inesperado amontonamiento de Puigdemont con la "derecha españolista" que las bases de su partido no aceptarían de ninguna manera.
¿Cómo explicaría el prófugo su contribución al retorno del PP a la Moncloa? ¿Cómo encamarse a estas alturas con el partido del Gobierno que decretó el 155, reprimió a los patriotas catalanes del 1 de octubre de 2017 y ahora cancelaría la condición de "especie protegida" del nacionalismo en la política española?
El prófugo de Waterloo es un líder descapitalizado, un náufrago sin bengalas, un personaje declinante también en su partido. Ni el cambio de hora ni la hora del cambio quitan el sueño a los españoles. Ni siquiera a Pedro Sánchez, el interpelado, tras su rentable fin de semana de agitación callejera y mediática contra Carlos Mazón por la "dana" valenciana y Moreno Bonilla por los "cribados" andaluces.