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El emérito, en deuda con los españoles, no al revés
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Antonio Casado

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El emérito, en deuda con los españoles, no al revés

Lo menos que podía esperarse de don Juan Carlos era un sincero arrepentimiento, pero eso no está en los planes de quien no soporta su condición de juguete roto

Foto: El rey emérito Juan Carlos I. (EFE/Lavandeira Jr)
El rey emérito Juan Carlos I. (EFE/Lavandeira Jr)
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La Monarquía Constitucional goza de buena salud gracias al hijo, Felipe VI, y a pesar del padre. Gracias a la nuera, doña Letizia, y a pesar del suegro, el desdichado rey "emérito". Gracias a doña Sofía y a pesar del esposo adúltero que se ciscó en el "noblesse oblige" (duque de Lévis dixit) por conducta nada ejemplar en el tramo final de su reinado.

Y, en fin, gracias a un elenco de servidores del Estado (Rajoy, Rubalcaba, Alfonsín, Félix Sanz, se les echa de menos) que supieron resolver lo mejor posible un problema de mayor cuantía (abdicación, marzo de 2014), creado por quien enfangó la imagen de la más alta magistratura con un comportamiento rendido a la frivolidad, la codicia y el sexo recreativo.

La codicia lo puso al borde del banquillo. Pudo eludirlo por razones de prescripción, inmunidad y regulaciones tributarias. Hoy por hoy es un residente en Abu Dabi que ya no está en el radar de la Justicia ni en el de la Hacienda Pública, como estuvo por presuntos delitos (fiscales, blanqueo de dinero, cohecho) que acabaron en el congelador.

La causa que tiene pendiente con los españoles es de carácter moral. Sin embargo, el arrepentimiento ni está ni se le espera, aunque se han suavizado las condiciones del alejamiento, no las referidas a la privación de sus funciones institucionales y de su asignación oficial (junio 2019).

Reconocer su papel histórico no puede ser exculpatorio de una reprobable conducta en el tramo final de su reinado

El "me he equivocado, lo siento mucho, no volverá a ocurrir" (junio 2012) y su referencia epistolar a "acontecimientos pasados de mi vida privada que lamento sinceramente" (carta a su hijo, Felipe VI, abril de 2022) se perdieron en la polvareda y el emérito vive ahora en un proceso de victimismo y autojustificación. Lo menos que podía esperarse era una actitud de arrepentimiento y pesar sincero por haber actuado mal. Pero nada de eso brota en una inoportuna y contraproducente reaparición pública en modo libro de memorias manufacturadas con la intermediación complaciente de una periodista francesa.

No venía a cuento falta hacer memoria de la desdichada etapa final del reinado de Juan Carlos I. Pero el "emérito" (nunca fue tan mal empleado el término) no soporta su condena al ostracismo en la galería de juguetes rotos. Y ahora pretende pasarnos factura por, según él, habernos traído la democracia. Según lo formula, es una simpleza, pero nadie le niega su consumado propósito de abrir desde dentro las puertas del régimen franquista para cubrir la masiva demanda de un pueblo con hambre atrasada de libertad. No fue el único, pero es quien lo personaliza.

Foto: juan-carlos-i-se-molesto-con-la-ley-de-memoria-historica-porque-a-el-le-habia-puesto-franco

Saldada quedará en los anales la deuda por lo que hizo en la transición a la democracia. Lo uno no quita lo otro. No obstante, reconocerle ese papel histórico no puede ser exculpatorio de la reprobable conducta que causó graves desperfectos a la imagen de la Corona, escandalizó a las cancillerías europeas, abochornó a la ciudadanía y se lo puso muy difícil a su hijo.

Nadie le debe nada en ese sentido. Es el revés. Es el quién está en deuda con los españoles, más allá del frío reconocimiento de que cometió "fallos". Por mucho que ahora se haga la víctima porque hasta se le prive del derecho a una pensión (no es una broma, lo ha dicho), mientras formula reproches a su hijo, a su nuera y a quienes se disponen a celebrar sin él el cincuentenario de la restauración monárquica diseñada por el general Franco que se hizo efectiva a la muerte del dictador. Su participación se limitará a un almuerzo familiar "estrictamente privado" (sábado día 22), porque el propio don Juan Carlos renunció en su día a tener "agenda oficial e institucional".

La Monarquía Constitucional goza de buena salud gracias al hijo, Felipe VI, y a pesar del padre. Gracias a la nuera, doña Letizia, y a pesar del suegro, el desdichado rey "emérito". Gracias a doña Sofía y a pesar del esposo adúltero que se ciscó en el "noblesse oblige" (duque de Lévis dixit) por conducta nada ejemplar en el tramo final de su reinado.

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