Está por ver si Pérez Llorca puede alejar la sombra negra de la "dana" que se proyecta sobre la intención de voto de los valencianos y el resto de los españoles
El portavoz del PP de Valencia y miembro del comité ejecutivo nacional, Juanfran Pérez Llorca. (Europa Press/Rober Solsona)
La lucha por el poder se juega simultáneamente en dos tableros: Madrid y Valencia. Uno, sala de vistas del Tribunal Supremo, donde se examina la posible responsabilidad penal del fiscal general, García Ortiz (comparece hoy, miércoles). Otro, comisión de Las Cortes Valencianas, donde Carlos Mazón se ha declarado exento de responsabilidad política una vez que, con la dimisión, según él, ya ha purgado los pecados de su nunca bien aclarado burladero de El Ventorro.
Frente al braceo de Pedro Sánchez por sobrevivir al bloqueo parlamentario y la corrupción de kilómetro cero está la no menos legítima voluntad de Núñez Feijóo por llegar a la Moncloa. Mazón es la pedrada de unos contra el PP con exigencia de elecciones ya en la Comunidad Valenciana. Y García Ortiz, como pedrada de los otros contra el PSOE, con exigencia no menos apremiante de elecciones generales.
A la espera de lo que pueda dar de sí la deposición del acusado (hoy, todos pendientes del fiscal general), todavía arde la crisis valenciana del PP, con carga añadida al desenlace provisional (Juanfran Pérez Llorca, candidato para sustituir a Mazón), por su impacto en la política nacional tras la tragedia de la dana, puesto que Sánchez sigue al acecho de motivos para insistir en el sometimiento del PP a la ultraderecha.
Aunque se remite a la negociación del programa de Gobierno con el candidato que Génova ha puesto sobre la mesa, la conformidad de Vox parece garantizada. La suma de los dos partidos da una sobrada mayoría absoluta de 53 votos para investirlo en primera votación. Así el tiempo deja de correr en contra de Feijóo y aleja el indeseado escenario de unas elecciones anticipadas. Pero no se ha desvanecido el cerco sobre quien antepuso motivaciones no confesadas (las que fueren) a su deber de presencia en el puesto de mando durante la catástrofe del 29 de octubre.
Ahora está por ver si Pérez Llorca, portavoz en el Parlamento autonómico y líder regional del PP forjado en el municipalismo (75% de los votos como alcalde de Finestrat) es la figura indicada para conseguir que, de aquí a 2027, se desvanezca esa sombra negra que se proyecta sobre la intención de voto de los valencianos y del resto de los españoles.
Feijóo sabe que tanto en la Moncloa, donde reina Sánchez, como a la izquierda del hemiciclo valenciano, se ve a Pérez Llorca como un continuador de Carlos Mazón, al que ayer acorralaron los diputados de Compromísen la comisión parlamentaria. "¿Puedes dormir tranquilo por las noches?", le preguntó Baldoví. "Es indigno lo que acabas de hacer", le dijo el portavoz del PSPV, José Muñoz.
Si las encuestas no son propicias al PPCV, Pérez Llorca oficiará como presidente de transición para, urnas mediante, calentarle la silla a Catalá
Ese clavo lo volverá a machacar la izquierda valenciana cuando el sustituto, Pérez Llorca, comparezca el próximo día 21 como testigo en el Juzgado de Catarroja (causa abierta por homicidio imprudente) para explicar, entre otras cosas, el contenido de sus contactos telefónicos con Salomé Prada y el propio Mazón durante las aciagas horas del 29 de octubre.
De ahí que tenga mucho sentido el cálculo de que, si las cosas vienen mal dadas, Pérez Llorca acabe oficiando una presidencia de transición que, urnas mediante, caliente la silla aMaría José Catalá, de perfil más sólido (profesora de Ciencias Políticas), no contaminado de mazonismo, que casualmente acaba de sacar adelante los presupuestos de la alcaldía de Valencia con los votos de Vox.
La lucha por el poder se juega simultáneamente en dos tableros: Madrid y Valencia. Uno, sala de vistas del Tribunal Supremo, donde se examina la posible responsabilidad penal del fiscal general, García Ortiz (comparece hoy, miércoles). Otro, comisión de Las Cortes Valencianas, donde Carlos Mazón se ha declarado exento de responsabilidad política una vez que, con la dimisión, según él, ya ha purgado los pecados de su nunca bien aclarado burladero de El Ventorro.