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La memoria de Franco y el sanchismo furioso
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Antonio Casado

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La memoria de Franco y el sanchismo furioso

Tratan al discrepante como si fuera un hereje, son intolerantes, de mecha corta y llevan a los medios el síndrome de la generación amputada de la guerra civil

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Zipi Aragón)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Zipi Aragón)
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He visto la guerra civil en la cara descompuesta de algunos compañeros y compañeras habituales de las tertulias. Tratan desde la ira al discrepante como si fuera un hereje y, en nombre del Gobierno "progresista", se venden como luces de posición para seguir la actualidad política.

Me refiero a ciertas voces de esa izquierda que, según Manolo Cruz, mi filósofo de cabecera, siente "la pecaminosa tentación de disfrutar con la adrenalina que proporciona oponerse a la derecha". Son de mecha corta, no saben que la intolerancia es hija de la inseguridad o que la tolerancia es a la democracia lo que el agua es a la humedad. Pongan ahí la Fundación Franco o el homenaje a un exetarra. Sirva para los dos casos.

Reproducen el síndrome de la generación amputada del 36. Una parte en el franquismo, la otra en el destierro, sintieron el mismo vacío machadiano, la misma maldición galdosiana de españoles condenados a "vivir en la agitación permanente, como salamandra en el fuego". Las dos sufrieron la ausencia del otro. Hasta que los artífices de la transición (1976-1978) anudaron las dos partes, sin saber que, pasado el tiempo, soplaría el viento revanchista de gente interesada en reabrir viejas heridas.

La experiencia personal y profesional de haber vivido el tránsito de la dictadura a la democracia me habilita para detectar que el síndrome revive por la izquierda. De forma muy especial, por su brazo mediático, que arremete contra el "mito fundacional" de la transición, e incluso contra quienes, desde el mismo lado de la barricada ideológica, cuestionan a Sánchez. "Felipe González es el único personaje que respeto de la derecha", ha llegado a decir del histórico dirigente socialista una de esas criaturas que van a las tertulias como si fueran a la guerra.

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Para reconocerse necesitan al otro, al "franquista", al de enfrente, a su otra mitad del "españolito que vienes al mundo te guarde Dios", a "la derecha" que votan los imbéciles y, ojo, al que se atreva a matizar eso de que "la democracia la trajo el pueblo". En plena conmemoración del cincuentenario de la muerte de Franco, se encabritan si alguien equipara el patriotismo de los exiliados al mérito de los franquistas que abrieron por dentro las puertas del régimen cinco minutos después de que el dictador muriera en la cama y no colgado boca abajo como Mussolini.

Son los fariseos de siempre. Los de la memoria selectiva (gazatíes sí, saharauis no; memoria del franquismo y desmemoria de ETA; desestabiliza la ultraderecha, no la ultraizquierda ni los enemigos del Estado). La voz de su amo (el poder) de toda la vida. Y frente a las críticas a su amo se vienen arriba y se rasgan las vestiduras en sus explosivas reacciones.

El sanchismo furioso reproduce con escandalosa unidad de criterio los salmos enlatados para uso de sus falanges mediáticas

Elocuentes en las anécdotas, desorientados en las categorías. Con la cobertura de un moderador comprometido en su misma causa, dejando ver claramente cómo se las gasta el poder personalizado hoy por hoy en el todavía presidente del Gobierno y secretario general del PSOE.

El oficio de comentarista vive un momento dulce si, según tiene escrito Irene Vallejo, "el insulto excita el algoritmo y la sensación de pertenencia". Es el sanchismo furioso que, sin saber de qué habla, usa el término "fascista" como pedrada recurrente contra quienes osan llevarles la contraria. Como si fueran verdades reveladas, reproducen con escandalosa unidad de criterio los salmos enlatados en la Moncloa por los equipos de la opinión sincronizada, los mismos que inspiran el desembarco de sus falanges mediáticas en la televisión pública o el grotesco intento de rejuvenecer la imagen del jefe.

He visto la guerra civil en la cara descompuesta de algunos compañeros y compañeras habituales de las tertulias. Tratan desde la ira al discrepante como si fuera un hereje y, en nombre del Gobierno "progresista", se venden como luces de posición para seguir la actualidad política.

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