Del pasado, el dictador. Del presente, la novia de un defraudador fiscal. Son las fuentes de la doctrina enlatada como discurso oficial del Gobierno y sus falanges mediáticas
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Eduardo Parra)
La coincidencia de la condena al fiscal general, García Ortiz, con el cincuentenario de la muerte de Franco, ha desnudado la fatiga y debilidad de un Gobierno en estado de shock. Los dos hechos han disparado las alusiones guerracivilistas que, en el diario más afín al poder, venían anudadas el domingo pasado con este clarificador titular: "Las dos Españas visten de toga"
Pasado y presente anudados para afrontar los contratiempos parlamentarios y judiciales del Gobierno de Sánchez en su cada vez más denodado intento de agotar la Legislatura e incluso de reengancharse. Del pasado, el dictador. Del presente, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
En esas dos fuentes bebe la doctrina enlatada en la Moncloa como discurso oficial del Gobierno y de sus falanges mediáticas. Franco y Ayuso como musas del sanchismo. Las dos grandes cadenas de rodadura del tanque "progresista" al mando del gran Sánchez, al que tanto debemos por haber regalado a los españoles el Gobierno "más estable, el más decente y el más eficaz de la historia de la democracia" (bueno, el de Zapatero también).
Basta con fijarse en el relato construido a base de la necesidad de superar las horas bajas de un Gobierno que acaba de besar la lona política como consecuencia de una sentencia judicial que el propio Gobierno politizó en origen. Y esa es, atención, la causa de sus males. Nada de eso hubiera ocurrido si Sánchez y su estado mayor no hubieran sobrevalorado que cierto defraudador fiscal fuese el novio de una presunta competidora de Feijóo en la carrera hacia el liderazgo del PP y tal vez la presidencia del Gobierno de la nación.
Los españoles estamos en deuda con los comunistas de Santiago Carrillo por anteponer la reconciliación a cualquier otro objetivo
Es fácil de explicar. Sectarios, abstenerse. La original tentación de abrir una brecha política entre Ayuso y Feijóo, con la inestimable colaboración del fiscal general, se impuso al imperativo de esperar a que la Justicia hiciera su trabajo.
Con ocasión del cincuentenario de la muerte natural de Franco, tampoco Sánchez y sus socorristas han resistido la tentación de agitar a los españoles repartidos entre el recuerdo de un Franco "siniestro y sanguinario" (Cercas dixit) y quienes opinan que "no fue tan malo" (uno de los indicadores usados en las encuestas publicadas estos días).
Como dice Trapiello, en la España de la democracia recuperada en 1978 vivíamos mejor sin franquistas y antifranquistas. Hasta que el post-felipismo del PSOE convirtió la memoria de la guerra civil en banderín de enganche electoral, con licencia para que Iglesias Turrión, ya en camino de ser el número dos de Sánchez, elogiase la lucidez de Eta por descubrir que la transición era una prolongación del franquismo. Gobierno y coros se reconocen ahora en la España contrariada porque Franco no murió ajusticiado por el pueblo. Les arruina el discurso de la memoria "democrática" que el sátrapa, asesino de vidas y de razones (Lluís Llach dixit) muriese en un hospital, mientras media España se encerraba a la espera de novedades y otra media desfilaba ante el féretro. No soportan que la vuelta a la democracia cursara sin barricadas, sin épica revolucionaria, sino más bien con un Santiago Carrillo en modo patriótico con el que todos estamos en deuda porque, siendo lo más antifranquista y lo más rojo que se despachaba, antepuso la reconciliación de las dos Españas a cualquier otra meta política.
Lo demás, que no fue poco, lo aportó el franquismo (Juan Carlos, Suárez, Torcuato, Miguel Primo de Rivera…) al asumir con todas las de la ley el musicado grito comunista de Víctor Manuel:
"O cabemos todos o aquí no cabe ni Dios".
La coincidencia de la condena al fiscal general, García Ortiz, con el cincuentenario de la muerte de Franco, ha desnudado la fatiga y debilidad de un Gobierno en estado de shock. Los dos hechos han disparado las alusiones guerracivilistas que, en el diario más afín al poder, venían anudadas el domingo pasado con este clarificador titular: "Las dos Españas visten de toga"