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La descomposición del sanchismo y la conjetura negra de Zarzalejos
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Antonio Casado

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La descomposición del sanchismo y la conjetura negra de Zarzalejos

En el libro "La huella de Sánchez" se traza un paralelismo no con la Venezuela de Maduro sino con la república de Weimar en la que se incubó el nazismo

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un acto político de la campaña electoral de Extremadura. (EFE/Eduardo Palomo)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un acto político de la campaña electoral de Extremadura. (EFE/Eduardo Palomo)
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Con Sánchez en la Moncloa y el sanchismo en la cárcel, el Gobierno funciona como un coche sin gasolina apedreado por el adversario. Sin embargo, el discurso oficial pretende empaparnos en una falsa sensación de normalidad, donde el braceo por aguantar el chaparrón convive con declaraciones sobre la buena marcha del país, un oportunista programa de medidas sociales y la intención de agotar la legislatura.

Pide paso el sentido común. Seis de cada diez españoles piden la convocatoria de elecciones para cancelar el desbarajuste y la desvergüenza de una etapa diseñada sobre la tramposa mezcla de necesidad (el poder) y virtud (integrar al diferente), que son conceptos reñidos en lo que hace al caso: la suma de los enemigos del Estado a la gobernación del Estado tras la moción de censura que colocó a Sánchez en la Moncloa.

Desde entonces, ya hace más de siete años, el deterioro ha sido progresivo. Con dos pesados lastres en la mochila del todavía presidente del Gobierno. Uno es la debilidad parlamentaria, en fase crítica tras la espantada de Junts. Otro es la ya judicializada corrupción de cercanías. Ahora se suma el volquete de escándalos sobre una organización que reacciona tarde y mal ante puteros y acosadores, también de cercanías.

Todas las piezas chirrían en el renqueante funcionamiento de un régimen personalista que, a mi juicio, está en fase terminal.

Foto: pedro-sanchez-maduro-franco Opinión
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Otro síntoma de la descomposición del sanchismo es el cainismo desatado en la familia socialista. El ministro Puente llamó "hipócrita" a García Page por anunciar en el último comité federal que alguno de los asistentes al mismo podía entrar en la cárcel (acertó de pleno). El ministro Torres se quedó en sugerir que Page se había pasado al PP. Cainismo también entre los fundadores, donde Ábalos apunta al presidente y su esposa (caso Air Europa) mientras Sánchez responde llamándole "indecente", "mentiroso" y "chantajista" después de asegurar que su mano derecha de entonces es ahora un perfecto desconocido.

Lo malo del personalismo que ha contaminado y aún contamina el funcionamiento del Estado está perfectamente descrito en el libro "La huella de Sánchez" (La Esfera de los Libros), con el rigor habitual de José Antonio Zarzalejos, que hoy mismo se presenta en Madrid. Su tesis es clara, contundente, inequívoca: Sánchez arrastra en su caída a las instituciones en la medida en que las ha hecho suyas. Eso nos remite a un diagnóstico de mayor alcance. Lo expresa en las primeras líneas del texto. Asocia el desempeño de Sánchez al frente del Gobierno con el principio del fin del sistema constitucional de 1978, pues "durante varias legislaturas ha desactivado paulatinamente el equilibrio de poderes y las garantías del funcionamiento democrático del Estado".

Al comportarse como líder "circular" (primero él y luego él) Sánchez arrastra en su caída a las instituciones en tanto que las hace suyas

Bastante más alarmante, sin embargo, me parece el presumible efecto de la deslealtad de Sánchez con la Constitución de 1978. Es la conjetura negra de Zarzalejos. Sostiene que, en contra del lugar común circulante, que tiende a comparar con el chavismo de Venezuela, la infidelidad de Sánchez al pacto constitucional del 78 sugiere un paralelismo con la república de Weimar, que fue el marco democrático donde se incubó el nazismo.

Espero que una saludable alternancia en el poder respaldada por el pueblo soberano desmienta esa teoría en lo que pueda tener de premonición alimentada por el "ego desmedido" de un gobernante "amnésico del pasado", un "funcionario de la política desprovisto de emociones", un personaje "circular" (primero él y después, él) "psicótico", "narcisista", "desclasado", "avieso", "vengativo", "injurioso", "lunático", de "discursos indigestos", "sonrisa de serie" y "ligeramente hortera, en el vestir".

Con Sánchez en la Moncloa y el sanchismo en la cárcel, el Gobierno funciona como un coche sin gasolina apedreado por el adversario. Sin embargo, el discurso oficial pretende empaparnos en una falsa sensación de normalidad, donde el braceo por aguantar el chaparrón convive con declaraciones sobre la buena marcha del país, un oportunista programa de medidas sociales y la intención de agotar la legislatura.

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