La peor noticia del maldito 2025 se produjo en su arranque: el 20 de enero. Toma de posesión del nuevo presidente de los Estados Unidos. Un matón en la Casa Blanca, desde donde pone su codiciosa mirada sobre Groenlandia y Venezuela. Un tirano del siglo XXI (uno de tres) dispuesto a cancelar el orden democrático alumbrado a mediados del siglo XX (urnas, leyes y derechos humanos) porque se ha quedado obsoleto y frena el avance de la Humanidad.
Atención, pregunta:
¿Después de lo ocurrido en Venezuela, quién va a impedir que Putin relance su tentación expansionista sobre Ucrania o Xi Jinping haga lo propio sobre Taiwan, mediante el uso de la fuerza militar, aunque en el caso chino, de momento, solo en grado de amenaza?
Suenan tambores de guerra de cara al año recién parido. Y no tan lejanos de nuestro desenfadado país. Abrimos el calendario de 2026 con una amenaza tocante y sonante del oso ruso. Putin ordena el traslado de sus misiles "oreshnik" (de carga nuclear o convencional, según convenga) a Bielorrusia, en la frontera con la UE y la OTAN (Polonia, Estonia y Lituania).
El despliegue lleva incluido el recado sobre su capacidad de alcanzar cualquier capital europea o varias simultáneamente, incluida Madrid, sin la menor posibilidad de ser interceptados a tiempo. Multiplica por diez la velocidad del sonido.
Ahora pertenecemos a una Europa desunida, sin músculo político ni militar, a verlas venir en un mundo en llamas
Como elemento de persuasión para salirse con la suya en la guerra de Ucrania, el oso ruso (oso, eso no es gracioso) se puede permitir el acoso a una Europa desvalida política y militarmente por la deserción transatlántica de Trump. Así se entiende el subidón de Putin y su desenvoltura al meternos el miedo en el cuerpo con su amenaza de destruir en minutos cualquier ciudad europea.
Imposible no evocar la crisis de los misiles de la URSS apuntado desde Cuba hacia EE. UU. (1962-1963), mientras los misiles de EE. UU. estaban apuntando a la URSS desde Turquía. Pero el desenlace no va a ser el mismo.
Bielorrusia es a Rusia lo que entonces Cuba era a EE. UU (ahí empezaba el "patrio trasero"). El hecho diferencial es que ahora no hay una amenaza norteamericana que compense la rusa, lo cual otorga una sustancial ventaja estratégica a Putin.
Ahora pertenecemos a una Europa desunida, sin músculo político ni militar, que está a verlas venir en un mundo en llamas (nunca estuvimos tan cerca de la tercera guerra mundial) donde el supuesto guardián del orden democrático global se ha convertido en el incendiario y donde "lo más inquietante no es que vayan ganando los autoritarios, sino que quienes debían oponérseles parecen haber olvidado para qué" (Mariam Martínez Bascuñán en El País), pues se limitan a esperar y ver.
Ucrania no es a la Casa Blanca de Trump lo que entonces Turquía era a la Casa Blanca de Kennedy. Entonces la crisis entonces se resolvió con la retirada de los misiles americanos de Turquía y los rusos de Cuba. Además, se instaló el famoso "teléfono rojo" para que una comunicación inmediata entre los dos señores de la "guerra fría" evitase la tragedia a escala mundial.
Hoy por hoy la analogía se rompe en los dos puntos. Ucrania quiere formar parte de esa Europa irrelevante que ha sido declarada por Trump el pariente tonto de EE UU. Y el teléfono rojo ya solo sirve para que los dos tiranos, Trump y Putin, Putin y Trump, se feliciten el año nuevo.
La peor noticia del maldito 2025 se produjo en su arranque: el 20 de enero. Toma de posesión del nuevo presidente de los Estados Unidos. Un matón en la Casa Blanca, desde donde pone su codiciosa mirada sobre Groenlandia y Venezuela. Un tirano del siglo XXI (uno de tres) dispuesto a cancelar el orden democrático alumbrado a mediados del siglo XX (urnas, leyes y derechos humanos) porque se ha quedado obsoleto y frena el avance de la Humanidad.