Las largas vacaciones de Sánchez no han servido para esparcir sensaciones de normalidad tras el fiasco extremeño y apuntalar su objetivo de agotar la legislatura
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tras la reunión de la Coalición de Voluntarios en París. (EFE/EPA/Teresa Suárez)
El culebrón venezolano y el eventual envío de tropas españolas a una Ucrania sin guerra, que no dejarán de tratarse en el Consejo de Ministros de hoy, esconden los nubarrones sobre la política de cercanías. La que muestra su peor cara en el desgaste de las instituciones causado por el invasivo personalismo del todavía presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Los efectos pueden ser irreversibles si la inercia del septenio desemboca, como algunos analistas temen, en un proceso deconstructivo del sistema constitucional alumbrado en 1978.
De momento, con el Congreso cerrado hasta febrero y la incierta expectativa de unas elecciones generales a lo largo del año que acabamos de estrenar (es la apuesta del aspirante, Feijóo), nos distraen las primeras entregas en la vuelta al cole en clave estrictamente doméstica.
Las largas vacaciones de Sánchez no han servido para esparcir sensaciones de normalidad tras el fiasco extremeño y apuntalar su objetivo de agotar la legislatura. Vano intento con un presidente acorralado, un Gobierno tambaleante y un Parlamento que incumple sus tres principales funciones constitucionales (hacer leyes, aprobar los PGE y controlar al Ejecutivo).
En todo caso, el agotamiento de la legislatura no depende del presidente, que ya ha requetejurado su voluntad de convocar elecciones cuando toca (bien avanzado el año 2027), sino de quienes ladran sin morder la mano que les da comer. Y no pienso tanto en los que acampan a la izquierda del PSOE, dentro o fuera del Gobierno, que podrían mejorar su facturación electoral divorciados de Sánchez (Podemos es el ejemplo más claro), sino en los nacionalistas vascos y catalanes (PNV, ERC, Junts y Bildu), que disfrutan de su condición de "especie protegida". "Somos más influyentes de lo que nunca hemos sido", oigo en distancia corta a un alto dirigente de Bildu.
En la Pascua Militar se escenificó la presencia pública de dos instituciones muy queridas: Monarquía y Fuerzas Armadas. La ausencia de Sánchez contribuyó a resaltarlo (muchos aplausos, ningún abucheo). El acto en el Palacio Realno aportaba nada a su agenda política del año nuevo, que estará marcada por el braceo para reactivar a su sindicato de socorristas y clavetear su conminatorio relato sobre el mal mayor de un posible salto de la derecha-ultraderecha al poder.
Mañana, jueves 8, ya vuelve la política nacional a reconocerse en sus historias para no dormir. El exministro trapisondista, José Luis Ábalos, sale de la cárcel (se espera que a lo largo del día de hoy lo autorice el Tribunal Supremo) para explicarse en el Senado sobre sus valiosas aportaciones a la escalada de la desvergüenza en el corazón del sanchismo.
Los Reyes Magos no han traído al antisanchismo un Mamdani treintañero para regenerar al PSOE desplumado por Sánchez
También para mañana está prevista la entrevista en la Moncloa de Sánchez con el líder de ERC, Oriol Junqueras. Se trata de abordar la financiación singular de Cataluña, un compromiso pendiente canjeable en su día por la presidencia de la Generalitat en favor del socialista Salvador Illa, como una de las palancas llamadas a impedir el colapso de la legislatura.
Todo ello en vísperas de que el exministro Jordi Sevilla y el todavía indefinido movimiento antisanchista hagan público su anunciado manifiesto por la regeneración del PSOE, del que poco se sabe. Nada serio mientras el partido siga en el poder. La regeneración pasa por su derrota en las urnas. Y también sabemos que los Reyes Magos no les han traído a los regeneradores un Mamdani treintañero para ejercer de "socialista" y "demócrata" en un partido desplumado por Sánchez.
El culebrón venezolano y el eventual envío de tropas españolas a una Ucrania sin guerra, que no dejarán de tratarse en el Consejo de Ministros de hoy, esconden los nubarrones sobre la política de cercanías. La que muestra su peor cara en el desgaste de las instituciones causado por el invasivo personalismo del todavía presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Los efectos pueden ser irreversibles si la inercia del septenio desemboca, como algunos analistas temen, en un proceso deconstructivo del sistema constitucional alumbrado en 1978.