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Esa sed de centralidad que Sánchez y Feijóo ignoran
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Antonio Casado

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Esa sed de centralidad que Sánchez y Feijóo ignoran

Lástima que haya pasado casi inadvertido el caso de Portugal, donde las diferencias desaparecieron para cerrar el paso de la ultraderecha a la jefatura del Estado

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), recibe al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo (d), en el Palacio de la Moncloa. (EFE/Archivo/Javier Lizón)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), recibe al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo (d), en el Palacio de la Moncloa. (EFE/Archivo/Javier Lizón)
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El oleaje de las elecciones aragonesas cursa como dosis de recuerdo: nuestra clase dirigente no da la talla. Se distrae en la charca política con refriegas dirigidas a fastidiar al competidor y no a convenir el modo de mejorar las condiciones de vida del ciudadano.

Como dice la canción, cuando alguien vuela bajo, la gente tira a matar. De ahí los ruidosos e improductivos debates que incendian las tertulias y giran sobre partidos cuya facturación en las urnas es irrelevante frente a un 65% de españoles silenciosos con sed de centralidad.

Explica también hechos de mayor cuantía. Como la indulgente memoria de un sistema que ha asimilado como si tal cosa los ataques a la democracia de ETA (800 asesinatos, que se dice pronto) y del golpismo catalanista de 2017, a través de partidos que ahora están condicionando la política nacional.

Todo eso me lleva a reflexionar sobre la “anomalía democrática” que el exministro socialista, Jordi Sevilla, suele denunciar (acaba de hacerlo también en El Confidencial) por si cunde su llamada al sentido común y el interés general en las hojas de ruta de los dos grandes partidos. Uno se rinde a las exigencias del nacionalismo periférico y la izquierda republicana. El otro ahora parece abocado a encamarse con la derecha euroescéptica y racista como último peldaño de su plan de acceso al poder.

Foto: aznar-felipe-gonzalez-debate-ceapi

El caso portugués pasó casi inadvertido en los circuitos políticos y mediáticos de nuestro país. Lástima que no hayamos dado mayor importancia a lo ocurrido en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del país vecino, donde las diferencias políticas e ideológicas de los partidos desaparecieron para cerrar el paso de la ultraderecha a la jefatura del Estado.

Ha sido abrumador el respaldo a un demócrata de toda la vida (el socialista António José Seguro), cuyo talante moderado se aplaude a izquierda y derecha.

placeholder El exministro socialista António José Seguro, ganador de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Portugal. (EFE/Carlota Ciudad)
El exministro socialista António José Seguro, ganador de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Portugal. (EFE/Carlota Ciudad)

No me digan ustedes que no sienten algo de envidia de nuestros amigos portugueses. Y no me digan que no detectan esa sed de centralidad que, como el oro en estos momentos de incertidumbre y miedo al futuro, se ha convertido en el chivato del malestar que empapa el polarizado tejido de una España venida a menos por desgastarse en el enfrentamiento de dos partidos, PSOE y PP, incapaces de ponerse de acuerdo en nada.

La consecuencia es aplazar, ignorar o dejar en segundo plano los apremiantes problemas de la gente. Por ejemplo, la vivienda, el fenómeno migratorio, el funcionamiento de los servicios públicos o, ya en el terreno de lo intangible, el ultraje a las víctimas del terrorismo que supone la excarcelación de etarras.

En vez de eso, las energías de la “progresía” contra los “fachas” acaban siempre en la prehistórica foto de Feijóo con un contrabandista. Y las de los “fachas” contra los “progres” en las saunas del suegro de Sánchez. Y eso no lo mejoran quienes votan a Vox por ese “porte” de Abascal que parece a punto de reventar por el botón superior de la chaqueta. ¡Qué nivel!

El discurso del PSOE siempre acaba en la foto de Feijóo con un contrabandista. El del PP, en las saunas del suegro de Sánchez

Mientras tanto, el cabreo embalsado de la gente busca la papeleta de Vox cuando se abren las urnas. Y así acaba secundando una operación de engorde artificial monitorizada por los teólogos de la Moncloa para desactivar al aspirante.

¿Por qué creen ustedes que el PSOE, después de meter al PP en el mismo saco que Vox, olvida la “alerta antifascista” y no se ofende cuando Vox le mete en el mismo saco que al PP?

El oleaje de las elecciones aragonesas cursa como dosis de recuerdo: nuestra clase dirigente no da la talla. Se distrae en la charca política con refriegas dirigidas a fastidiar al competidor y no a convenir el modo de mejorar las condiciones de vida del ciudadano.

Pedro Sánchez Alberto Núñez Feijóo
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