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Rumores de la Caleta en el castillo
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Mariano Vergara

Al sur del sur

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Rumores de la Caleta en el castillo

La mejor Málaga es la abierta a todos, siempre que todos estén dispuestos a abrirse a ella, a vivir en ella, a acostumbrarse a ella, a aceptarla a ella, a construir su existencia en ella

Foto: Vista del castillo de Santa Catalina. (M. V.)
Vista del castillo de Santa Catalina. (M. V.)
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Con el aire decadente de una escena nocturna en un cuadro de Muñoz Degrain, la luna llena aparece desafiante en el resplandor de un cielo limpio entre altos cipreses y pinos olorosos, como recién salida del mar de plata, casi goteando aún, como el brillo argénteo de una moneda entre ajados terciopelos. Únicamente el tímido rumor del leve borboteo del surtidor de la fuente apenas quiebra el silencio de la noche de voces quedas en las mesas entre columnas. La belleza silenciosa impone su ley en esas ocasiones, cuando nadie osa interrumpir la quietud del sueño de la naturaleza en la noche. A lo lejos se oye ulular al búho de Palas Atenea, la sabiduría de ojos verdes. La sucesión de arcos de herradura de las ruinas del antiguo castillo se recorta en el cielo y deja ver a un viejo mercante —a la espera de un intrépido capitán, “oh, mi capitán”— fondeado en la bahía, cuya quietud y calma hacen pensar en el apacible Garda junto a Sirmione, antes que en un ancho mar. Nuestro mar, en el que también los dioses se reconcilian estrechando sus perfectas manos de mármol.

Foto: Una persona observa una de las obras expuesta en el Museo Ruso de Málaga. (EFE/Daniel Pérez) Opinión

Una esbelta Ofelia trae cocteles en cristales de colores en cuyo fondo se confunden el reflejo de la luna con el rubio de su cabellera recogida atrás con el aire de una colegiala. Hablamos de exposiciones, historias del pasado, niños que suben corriendo la escalera de caracol de la torre de las vidrieras, veranos de la Málaga de ayer, que es también la de hoy, porque en la conversación sacra intervienen el ayer y el hoy, como el divertido recuerdo de la llegada de estraperlistas a las casas de la Caleta, vendiendo ropa interior de señora, chalecos de cashmere de caballero y quesos de bola rojos universales, en el ingenuo y elegante contrabando de entonces, muy entonces, traído de Gibraltar, cuando llegaban desde el hotel Rock sepias postales en blanco y negro que mostraban a una joven Isabel II, que aún deben dormir en algún cajón olvidado. Habría que buscarlas si la reina decide morir algún día, cosa que personalmente no deseo. Posiblemente ella sea la última gran reina de la historia.

La conversación, ese lazo de comunicación que nació en Atenas en los Diálogos de Platón y continúa veinticinco siglos después en las sillas de enea con jazmines en el pelo al atardecer en las puertas regadas de las casas blancas de los pueblos mediterráneos, en el tejer de colchas, sabios análisis de las correrías de los últimos muertos, chistes verdes y críticas feroces a las vecinas entre risas. Tampoco pasa nada. Reír es sano y hasta las más dolorosas situaciones tienen un punto de comicidad y hasta de ridiculez.

Foto: Vista de Cádiz. Opinión
El sur desconocido
Mariano Vergara

Confluyen en la mesa esta noche el hoy y el ayer de esta colina, que nació y renació varias veces en la historia, desde el mundo árabe, pasando por la elegancia de Felipe IV, hasta el culto principio del siglo pasado, en el que la imaginación se unió al arte, la cultura y la fortuna para construir un sueño, un castillo, un mágico lugar de recreo, en el que arquitectos y vidrieros franceses recrearon un mundo de ensueño. Alguien lee historias del pasado y los demás oímos en silencio, en la tradición que huele al salitre y la brea marina, el contar historias a orillas del mar, mientras vinos jóvenes de la Axarquia acompañan la charla civilizada y nostálgica. A veces la nostalgia es el único refugio, el salvavidas del naufragio en esta época agria en la que teniéndolo todo al alcance de la mano, todo nos parece poco, casi el clavo ardiendo al que asirse en tiempos de feísmo rampante, gente vestida de trapos que viajan a lugares de los que ignoran hasta el nombre, eternos enfados por cuestiones nimias, caras largas, gestos avinagrados y cejas enarcadas por errar en la compra de una marca de un producto, enfermedades desconocidas bautizadas con nombres griegos que muy pocos comprenden y guerras insensatas de agresión sangrienta a personas que solo quieren vivir en paz el escaso tiempo de vida que nos ha sido concedido de forma también caprichosa, provocadas por un salvaje dictador al que, gentes a sueldo, sin conciencia y analfabetas de alma, intentan con absurdos argumentos y falaces pretextos transformar en el angélico avisador de lo que podía ocurrir, si a los vecinos se les ocurría intentar ser libres; la masacre sin distinción de edades entre niños y ancianos, a los que además se les acusa de nazis, olvidando el sangriento origen del nuevo Gengis Khan y las hordas tártaras, donde nació la cruz gamada, que Hitler, el pintor de brocha gorda, plagió en símbolo del ejército que arrasó Europa con los colores grises y negros tan propios de Hugo Boss.

Foto: Vega de Antequera. (flickr/Por los caminos de Málaga) Opinión

No hay razón alguna para convertir en un infierno lo que podría ser el paraíso. Y me refiero ahora a los asesinatos, violaciones y riñas tumultuarias y navajeras, cuando no automovilísticas, que asolan nuestras calles con la misma persistencia, insistencia e insolencia con que los medios se obstinan en ocultar una variante fundamental de los hechos. Claro que si la gente tiene que enterarse que vive en el paraíso y comportarse como tales, a través del poema colocado en Pintor Nogales, más vale el lenguaje de signos. Nunca tanto dinero se ha empleado en algo tan inútil. La vida es tan relativa y los valores culturales y los arquetipos están tan escasamente justificados, que fue un catalán, Isaac Albéniz, tras un viaje por Andalucía, el que compuso la mejor música andaluza, la que esta noche podría estar sonando en este jardín. Esa es la mejor Málaga, la abierta a todos, siempre que todos estén dispuestos a abrirse a ella, a vivir en ella, a acostumbrarse a ella, a aceptarla a ella, a construir su existencia en ella. Con el trabajo extenuante de sol a sol. No eran precisamente millonarios ninguno de los inmigrantes que llegaron aquí y se convirtieron en la alta burguesía de la ciudad. De haberlo sido se habrían quedado a vivir en sus gélidos países y no habrían conocido el humilde murmullo del agua bajo la luna, que de noche suena a clarines de cultura y civilización.

Con el aire decadente de una escena nocturna en un cuadro de Muñoz Degrain, la luna llena aparece desafiante en el resplandor de un cielo limpio entre altos cipreses y pinos olorosos, como recién salida del mar de plata, casi goteando aún, como el brillo argénteo de una moneda entre ajados terciopelos. Únicamente el tímido rumor del leve borboteo del surtidor de la fuente apenas quiebra el silencio de la noche de voces quedas en las mesas entre columnas. La belleza silenciosa impone su ley en esas ocasiones, cuando nadie osa interrumpir la quietud del sueño de la naturaleza en la noche. A lo lejos se oye ulular al búho de Palas Atenea, la sabiduría de ojos verdes. La sucesión de arcos de herradura de las ruinas del antiguo castillo se recorta en el cielo y deja ver a un viejo mercante —a la espera de un intrépido capitán, “oh, mi capitán”— fondeado en la bahía, cuya quietud y calma hacen pensar en el apacible Garda junto a Sirmione, antes que en un ancho mar. Nuestro mar, en el que también los dioses se reconcilian estrechando sus perfectas manos de mármol.

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