Al sur del sur
Por
Morir de éxito, un paradigma complejo
Aunque Málaga esté perdiendo sus señas de identidad, como la eliminación de los coches de caballos, que serán sustituidos por algún tipo de artefacto propio de Hong Kong, no teman y vengan a esta ciudad, que sigue teniendo algo de su viejo encanto
Aunque en esta época del año y en estas latitudes pensar en comer cerezas de postre puede parecer un tanto estrambótico, por no decir caprichoso, cuando uno contempla en el supermercado de unos grandes almacenes -a los que encima no voy a hacer propaganda– un expositor de brillantes, orondas y bellísimas cerezas al precio disparatado de treinta y nueve con noventa y cinco euros el kilo, aparte de dejarlas allí tan ufanas, relucientes y redondas, el sentimiento que uno experimenta, aparte de arrastrar una miserable existencia, es el de pensar que esas frutitas podían haberse quedado en Canadá, de donde se proclama su procedencia. El consuelo de considerar la extravagancia de semejante dispendio continúa por el sentimiento que uno experimenta acerca de la reflexión de que, si estos grandes almacenes las traen para venderlas a ese precio vergonzoso, es que eso se vende. Si no, no las traerían.
Y, claro, entonces una oleada de cólera bíblica te enciende el alma, no solo por la desvergüenza que hace falta tener para pagar ese precio por una fruta absurda, sino también y sobre todo por pensar en el hambre en el mundo. El hambre. No hace falta decir más. Ya sé que estamos en una sociedad capitalista de libre mercado, que uno no solamente acepta, sino que incluso defiende. Sobre todo si se piensa que de todos los experimentos económicos que la sociedad ha llevado a cabo en cuanto a la forma de organizarse, este es el único que histórica y empíricamente ha demostrado que, con todas sus dificultades e injusticias, ha funcionado y, mal que bien, continúa funcionando, aunque sea mal que mal. Al menos, uno sabe que no le esperan unas vacaciones pagadas en un gulag solo por escribir esto. ¿O sí?
Y entonces agarra sus bolsas y se encamina a casa. Pero antes de subir, uno siente la necesidad de sentarse en una de las ciertamente innumerables terrazas, indescriptibles por su vulgaridad, que abarrotan Málaga y se sienta a reponer fuerzas, por esa historia, cuya certeza está aún por demostrar, de que es preciso caminar para que el corazón no se pare y al cansancio de andar cargado, los años y este clima infernal de interminable verano que disfrutamos en lo que era la ciudad del paraíso y que lleva camino de convertirse rápidamente en la ciudad del purgatorio, por lo menos, todo ello produce un repulsivo sudor que en pocas horas se habrá convertido en un catarro de dos semanas. Uno intenta tener amigos y los tiene. Muchos, buenas gentes, trabajadores, de todas clases sociales y es curiosa la opinión generalizada de que esto no hay quien lo aguante.
El camarero es un tipo estupendo, extranjero, claro. Ya sabemos que las manos de los jóvenes españoles rechazan determinados trabajos por considerarlos muy duros. Es rumano y habla un perfecto español, está plenamente integrado y me cuenta una historia mucho más aterradora que el precio de las cerezas. Un compañero suyo de trabajo, maestro de coctelería, español, que ha pasado muchos años de su vida trabajando en Oxford y habla un muy buen inglés, me regala un Negroni cuyo elegante frescor suavizante tan refinadamente italiano, refresca mi garganta y me hace recuperar el resuello. Pero lo que después me cuenta Daniel, el chico rumano, me hace nuevamente hervir la sangre.
Está decidido a comprarse un piso, cosa que hoy en Málaga resulta una hazaña bélica, una heroicidad, una meta casi inalcanzable, un nuevo ocho mil, un récord olímpico o catorce Grand Slams. Una quimera. Casi una estupidez solo el pensarlo. Y me enseña en su móvil, recabando mi opinión, un local comercial de cuarenta metros cuadrados, insisto, cuarenta, en una calle hoy de pomposo nombre, que en mi juventud se llamaba la carretera de Cádiz. La carretera, sin más. Lo peor está por llegar. El precio de "la caja" -así la llama él con gracia, prueba de su integración en el paisaje y el paisanaje andaluz– es de ciento sesenta mil euros de los que le reclaman treinta mil en concepto de señal, hasta la entrega en junio del 2026. Esto es absolutamente cierto, lo juro por la memoria de mis padres. No hace falta que le diga que mande al dueño del local a tomar por saco, porque directamente lo hace él.
Hoy han llegado a Málaga cinco cruceros. Cinco. Uno detrás de otro haciendo cola literalmente en la bocana del puerto a las siete de la mañana para poder atracar en la estación marítima, junto a la cual es donde tienen prácticamente decidido construir una torre-hotel de ciento cincuenta metros de altura, en el morro de levante, en mitad de la bahía. El autor de la versión moderna del "faro de Alejandría", David Chipperfield, al que uno respetaba por su obra, resulta que es un caradura monumental que vive en una playa aislada en una ría en Galicia, lejos del mundanal ruido, a costa de perpetrar desmanes en el resto del mundo. Esto solo lo menciono como ejemplo de decisión absurda o sueño megalómano. Siguiendo con los cinco cruceros de hoy, entre todos ellos han desembarcado doce mil pasajeros –los tripulantes no sé qué habrán hecho– pero apunto solamente el dato de que soltar a doce mil seres humanos, o lo que sean, en el centro histórico de una ciudad que no sea Tokio, sino Málaga, es un disparate difícilmente asimilable por una población que durante cientos de años se ha distinguido por su creatividad, pujanza, fuerza vital, cosmopolitismo, apertura de ideas y recibimiento a todo el mundo con los brazos abiertos, pero que no está dispuesta a que la conviertan en un Dubái cualquiera.
Entre otras cosas, porque ese turismo de cruceros deja unas escasas monedas, que diría nuestro Manuel Alcántara, como demuestra la proliferación de Carrefour por todo el centro histórico, incluido uno bien grande en el antiguo Banesto de la plaza de la Constitución. Mi asesor fiscal, que es un fino gaditano, me contaba que cuando iba a empezar Económicas, su padre le preguntó si quería estudiar en Sevilla o en Málaga. Y él le contestó que en Málaga, porque aquí podía llegar a ser presidente del club de campo, mientras que en la otra capital no pasaría de conserje del club. Así es Málaga.
Todo esto es degradante, inaguantable, insoportablemente caro y hortera. Tremendamente hortera, aunque todavía puede que la sencilla elegancia natural de esta ciudad, que borra cualquier miseria humana con la belleza de una gigantesca jacaranda en flor, encuentre la solución en tapar tanto adefesio con el morado de sus flores. Esta cursilería la añado como signo de esperanza ante una situación inexplicable, tan sin sentido como las torres de Martiricos, que en sí mismas son aceptables como construcciones, pero absolutamente incomprensibles por su ubicación y porque el capitalismo crea a veces instituciones funestas y diabólicas, como ese engendro, llamado fondos de inversión, cuya existencia, ubicación, composición y responsabilidad son tan inexplicables como el misterio de la Santísima Trinidad.
Entre tanto, aunque Málaga esté perdiendo sus señas de identidad – sí, perdiendo – como la eliminación de los coches de caballos, que serán sustituidos por algún tipo de artefacto propio de Hong Kong, o la Semana Santa, cuyo nuevo recorrido oficial recuerda la recta del circuito de Monza, no teman y vengan a esta ciudad, que sigue teniendo todavía algo de su viejo encanto. Los hoteles siguen brotando como setas después de la lluvia y parece que se intenta parar la oleada intolerable de apartamentos turísticos, las obras de la Catedral siguen a buen ritmo y el mundo tecnológico continúa su avance imparable hasta extremos ya comparables a California. Pero, suponiendo que esto sea el progreso, ¿no hay forma de hacerlo compatible con un mundo en el que los seres humanos, personas únicas e irrepetibles, no podamos ser medio felices los escasos segundos de eternidad que nos han tocado vivir?
Aunque en esta época del año y en estas latitudes pensar en comer cerezas de postre puede parecer un tanto estrambótico, por no decir caprichoso, cuando uno contempla en el supermercado de unos grandes almacenes -a los que encima no voy a hacer propaganda– un expositor de brillantes, orondas y bellísimas cerezas al precio disparatado de treinta y nueve con noventa y cinco euros el kilo, aparte de dejarlas allí tan ufanas, relucientes y redondas, el sentimiento que uno experimenta, aparte de arrastrar una miserable existencia, es el de pensar que esas frutitas podían haberse quedado en Canadá, de donde se proclama su procedencia. El consuelo de considerar la extravagancia de semejante dispendio continúa por el sentimiento que uno experimenta acerca de la reflexión de que, si estos grandes almacenes las traen para venderlas a ese precio vergonzoso, es que eso se vende. Si no, no las traerían.