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Trenes, agua y silencio: cuando el Estado falla y la gente sostiene el pulso y la dignidiad
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Mariano Vergara

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Trenes, agua y silencio: cuando el Estado falla y la gente sostiene el pulso y la dignidiad

Las inundaciones pasarán, los trenes volverán a circular, pero lo que no debería pasar es la memoria de estos días en los que se ha dibujado con nitidez la frontera moral que separa la indecencia de la desidia y la miserable ausencia de la dignidad

Foto: Familiares y amigos en la misa funeral de la familia Zamorano-Álvarez, fallecida en el accidente ferroviario de Adamuz (EFE/Alberto Díaz)
Familiares y amigos en la misa funeral de la familia Zamorano-Álvarez, fallecida en el accidente ferroviario de Adamuz (EFE/Alberto Díaz)
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Hay momentos en los que un país se mira al espejo y no se reconoce. El agua desbordada y desbocada como una manada de potros salvajes, anegando calles, casas y memorias. La naturaleza desatada. Y el horror producido por aquello que constituía un orgullo nacional, la alta velocidad española. El hierro retorcido de dos trenes detenidos y destrozados en mitad del espanto. Sirenas, barro, terror. Y en medio de todo, una pregunta que no es técnica, ni meteorológica, ni ferroviaria: ¿dónde estaba quien debía estar?

Las inundaciones no entienden de siglas, ni los accidentes ferroviarios preguntan por ideologías. Pero la respuesta institucional sí tiene nombre y responsabilidad. Cuando la prevención falla, cuando la inversión en este país se posterga y se invierte en otros por desconocidos intereses espurios, cuando la coordinación se diluye en ruedas de prensa huecas y en protocolos que no se ejecutan a tiempo, ni a destiempo, la tragedia deja de ser únicamente natural o presuntamente fortuita y se convierte también en política. Lo indecente no es solo el error. Lo indecente es la lentitud ante la urgencia, la excusa antes que la autocrítica, el cálculo antes que el consuelo, que a veces ni llega por temor a insultos o a manchas de barro o sangre en exquisitas prendas de vestir de origen italiano.

Lo indecente es la fotografía impostada mientras aún se achica agua con cubos prestados en un bellísimo pueblo, que ha tenido que ser abandonado. Grazalema, a la que hasta el Papa ha mencionado en su discurso dominical. Un pueblo abandonado por el terror a las aguas, pero también a desmoronamientos, ruidos subterráneos, aguas arrasando los hogares, destruyendo las memorias, las historias, los recuerdos y la gente huyendo estremecida por sordos ruidos sordos. Es la palabra vana y grandilocuente que no llega acompañada de botas en el barro.

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Pero no todo ha sido así, porque frente a esa intemperie moral ha vuelto a ocurrir lo de siempre aquí. Andalucía y su gente han dicho lo que llevan dentro. Siglos de historia, de tradición, de solidaridad con “esas criaturitas”, como solemos decir aquí en el sur, ese que tanto desprecia el miserable dirigente político catalán, cuya altura intelectual, ética y moral es igual a su altura física. Muy escasa. Y el resto de la banda. Somos un pueblo muy viejo y aguantamos lo que nos echen. Y la Guardia Civil, como siempre, la UME, los vecinos de los pueblos cercanos, como los de la poéticamente roqueña Ronda, la de los toreros machos y corazones de rosas, esos vecinos que abrieron sus casas cuando el agua cerraba otras puertas.

Han sido voluntarios quienes llevaron mantas, comida caliente y brazos firmes antes de que llegaran los recursos prometidos. Han sido sanitarios, bomberos, ferroviarios y ciudadanos anónimos quienes sostuvieron el pulso de la dignidad cuando la catástrofe amenazaba con derrumbarla. El pueblo erguido de pie con la cabeza alta y la espalda encorvada de tanto ayudar a los caídos, aterrados, heridos o muertos. Ha sido esa red invisible –hecha de solidaridad antigua y orgullo compartido– la que impidió que el desastre haya sido aún mayor. La Serranía de Ronda, el Valle del Guadalquivir, la bellísima Cádiz y el altivo Jerez son lugares cuyos nombres evocan un mundo mágico y ancestral, aunque una descerebrada independentista fascista nos odie profundamente. Una pobre ignorante racista en su analfabetismo, que solo nos produce desprecio.

Andalucía sabe de adversidades, de sequías, de riadas, de emigraciones forzadas, de injusticias, de abandonos, pero también de regresos esperanzados. Y quizás por eso conserva intacta una virtud que no cotiza en los presupuestos inexistentes, pero que salva vidas: la generosidad y la entrega y la compasión –padecer juntos– porque aquí no se pregunta de dónde vienes cuando necesitas ayuda. Aquí se actúa primero y se pregunta después. Y en este punto la Junta de Andalucía ha estado al nivel de su pueblo. Y hay que decirlo y reconocerlo y proclamarlo. Ni un gesto extemporáneo, ni un grito, ni una protesta, ni una impostación. Barro hasta las rodillas, abrazos protectores, sonrisas doloridas con ojeras de días. Pero solo la Junta, no el Gobierno de la Nación, suponiendo que aún podamos llamar así a esta patria antigua, cuyas costuras resisten los desgarrones de los odios, los egoísmos y la insoportable e injustificada creencia de muchos a creerse superiores.

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Un chico que vuelve de pescar, que se convierte en un héroe, que siempre elige actuar desinteresadamente en favor de los otros, como los dioses clásicos, recogiendo personas entre lamentos, heridos, hierros y muertos, comparte el dolor de los demás consigo mismo. Un chico que no podía imaginar que un día cualquiera iba a convertirse en un héroe en nombre de un pueblo, Adamuz, y una amada Córdoba de pie. Y en un rincón de España, la casi ignorada Huelva, vieja como Tartesos, que organiza un funeral cristiano –tierra mariana, como dijo una señora anónima– en el que una chica que ha perdido a su madre entre hierros retorcidos por la negligencia, la desidia y el abandono, lanza una pieza oratoria, que pasa de oración a desgarro de Paco Toronjo, ante obispos que lloran, con lo difícil que es que un obispo llore.

Hace falta ser muy ignorante, o tener muy mala fe, para pretender organizar un acto laico de tufo masónico en la esquina de España en la que un millón de personas va cada año al Rocío, sean creyentes o no. Porque el sentido de trascendencia y la espiritualidad no tienen nada que ver con la fe, cosa que parece que la Iglesia tampoco entiende. La trascendencia es el afán, el deseo y la necesidad de que exista algo superior bajo lo que cobijarnos y hacia donde miremos en los momentos en que el corazón se encoge. Que exista o no es otra cosa. Solo es una medicina paliativa. Y a los andaluces nos va bien con ella.

Hace muchos años, cuando a uno le preguntaban de Despeñaperros hacia arriba de dónde era, con aire burlón al oír nuestro acento, casi ninguno contestaba que era andaluz. Porque uno era de Málaga. de Córdoba, de Jaén o de Almería. De donde fuera. No existía la conciencia de sentirnos andaluces, sino la restricción a un localismo. Hoy podemos decir que somos andaluces, no solo porque lo somos y lo sabemos y nos enorgullece, sino porque nadie ha dado el ejemplo que ha dado nuestro pueblo a un país estupefacto de asombro ante la dignidad para soportar la serie ininterrumpida de tragedias que nos asolan con escasa ayuda externa. No ha habido presupuesto, ni voluntad para mantener vías y trenes aquí, pero sí lo hay en cascada para aplacar la avaricia de la derecha católica y la izquierda atea catalanas para asegurarse el sillón. Y vengan años y años.

Las inundaciones pasarán, los trenes volverán a circular, pero lo que no debería pasar es la memoria de estos días en los que se ha dibujado con nitidez la frontera moral que separa la indecencia de la desidia y la miserable ausencia de la dignidad serena de unas gentes, nosotros, que no abandonan a los suyos en las desgracias. Ni a los ajenos tampoco. El Gobierno no llegó, ni casi ha llegado todavía. El pueblo, sí. Y nuestras instituciones también. Aunque nos odien o nos desprecien.

Hay momentos en los que un país se mira al espejo y no se reconoce. El agua desbordada y desbocada como una manada de potros salvajes, anegando calles, casas y memorias. La naturaleza desatada. Y el horror producido por aquello que constituía un orgullo nacional, la alta velocidad española. El hierro retorcido de dos trenes detenidos y destrozados en mitad del espanto. Sirenas, barro, terror. Y en medio de todo, una pregunta que no es técnica, ni meteorológica, ni ferroviaria: ¿dónde estaba quien debía estar?

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