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Fernando Matres

El Zaguán

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¿Comparándolo con quién?

Con la polarización y el juego del "y tú más", la actualidad política andaluza, en ocasiones un oasis, se ha visto atrapada también en el fango de la crispación

Foto: Moreno interviene en el pleno del Parlamento andaluz. (Europa Press/María José López)
Moreno interviene en el pleno del Parlamento andaluz. (Europa Press/María José López)
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Tengo una amiga que, cada vez que la veo o hablo con ella por teléfono, después del habitual saludo inicial, al preguntarle "¿cómo está tu marido?" siempre responde indefectiblemente "¿comparándolo con quién?". Nunca falla y lo hace tan seria y solemne como si la broma no perdiera vigencia a fuerza de ser repetida. Más allá del chascarrillo, tiene todo el sentido del mundo, incluso dicen que hasta Mark Twain atribuía a la comparación ser "la muerte de la felicidad". Y es que todo es relativo, el césped del vecino siempre parece más verde que el nuestro, aunque también aseguran que las comparaciones son odiosas.

Sobre el papel, el escenario político al que cada día tienen que hacer frente Pedro Sánchez y Juanma Moreno son muy diferentes, casi opuestos. Por decirlo en lenguaje de la calle, se parecen como un huevo a una castaña. Uno preside un Gobierno en minoría y con una estabilidad similar a la de un funambulista sobre la cuerda floja, siempre de excursión por el abismo. Aunque con la misma seguridad con la que Philippe Petit cruzó ocho veces la distancia entre las Torres Gemelas sobre un cable de acero, todo hay que decirlo. El otro no solo disfruta de una plácida mayoría absoluta, sino que comprueba cómo el PSOE, lejos de reaccionar con el relevo de Juan Espadas por María Jesús Montero, se hunde cada vez un poco más en cada sondeo.

Ambos comparten, no obstante, una circunstancia que les impide relajarse ni un solo minuto, y es que son políticos. Más aún, son presidentes. Y en esta política actual, en la que los acontecimientos circulan a una alta velocidad que ya quisiera Óscar Puente para el AVE, cualquier circunstancia puede cambiar el signo del debate. Un tema oculta a otro tema y un escándalo sepulta al anterior, de tal manera que cuando algún caso se retoma ya resulta hasta complicado seguir el hilo, como si se tratara de la cuarta temporada de una serie. Los diarios están a un paso de tener que incluir una guía de lectura, a modo del árbol genealógico de la familia Buendía que incorpora Cien años de soledad, para facilitar la comprensión de la imbricada trama.

Aunque las posiciones de ambos sean muy distintas, el hilo de la agenda nacional termina por enredarlos de una u otra manera. Pese a los esfuerzos de Juanma Moreno por acentuar su perfil propio andaluz y desmarcarse de las polémicas generalistas, la fuerza de los acontecimientos, y el empeño de la oposición también, acaban por arrastrarlo hacia asuntos ajenos a la gestión diaria. Preferiría hablar solo de temas como su gira por Japón para abrir mercados y atraer inversión o del aumento del peso del PP andaluz en Génova con los nuevos nombramientos en el organigrama, pero al final, es inevitable verse enfrascado en debates más feos. También quisiera Pedro Sánchez dedicarse únicamente a dar datos macroeconómicos y ponderar sus compromisos internacionales, pero qué se le va a hacer.

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Instalados además en el juego del "y tú más" por torpe estrategia de unos y otros y por la peligrosa polarización que todo lo invade, la actualidad política andaluza, que en ocasiones se asemejaba a una especie de oasis, se ha visto atrapada también en el fango de la crispación. A ello contribuyen un panorama general quizás más convulso que nunca; un aumento en la agresividad sobreactuada de la oposición socialista marcada por la personalidad de María Jesús Montero, o tal vez para intentar paliar su ausencia física; los intentos desesperados por tratar de igualar como sea en escándalos, para alcanzar un triste empate que aboca a los ciudadanos a una lamentable prórroga; y también algunos errores propios del Gobierno andaluz.

Así, desatada la guerra de los currículos, en los que algunos ven el falso máster en el ojo ajeno, pero no la inexistente licenciatura en el propio, el PSOE ha desempolvado viejas historias sobre la formación de Juanma Moreno o Tomás Burgos, aprovechando que el Guadalquivir pasa por San Telmo. Igualmente, detonada la "bomba Montoro", ha sido convenientemente recordado que el primer y fugaz consejero de Hacienda de su Gobierno, Alberto García Valera, formaba parte del equipo del ministro. También ha tenido que responder el presidente andaluz acerca de la posibilidad de un adelanto electoral, que los socialistas dan por seguro, una pregunta idéntica, aunque por diferentes circunstancias, a la que se hace recurrentemente a Pedro Sánchez. Y, por aportar un último ejemplo de similitud, la crispación también iguala a ambas cámaras. Si el Congreso (ya a secas, sin Diputados) ha reformado su Reglamento para combatir los excesos de los activistas disfrazados de periodistas, el Parlamento Andaluz va a hacer lo propio para que los invitados a los plenos no conviertan su asistencia en un carrusel de protestas.

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Una táctica muy antigua, la de embarrar el campo, que desgraciadamente continúa empleándose por unos y otros y que contribuye, en esta sociedad de polos opuestos en la que los tonos grises son invisibles o tildados de blanqueadores, a alimentar ese mantra tan perjudicial para la democracia de que todos son iguales. Ya escribió Sartre que "la perspectiva permite el juicio y la comparación, la reflexión".

Tengo una amiga que, cada vez que la veo o hablo con ella por teléfono, después del habitual saludo inicial, al preguntarle "¿cómo está tu marido?" siempre responde indefectiblemente "¿comparándolo con quién?". Nunca falla y lo hace tan seria y solemne como si la broma no perdiera vigencia a fuerza de ser repetida. Más allá del chascarrillo, tiene todo el sentido del mundo, incluso dicen que hasta Mark Twain atribuía a la comparación ser "la muerte de la felicidad". Y es que todo es relativo, el césped del vecino siempre parece más verde que el nuestro, aunque también aseguran que las comparaciones son odiosas.

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