El Zaguán
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Perdonen las disculpas, pero no entiendo los tuits del ministro Puente
En estos días comprobamos que la actualidad disminuye, pero que ni las noticias, ni la maldad, ni la estupidez se cogen vacaciones
El cómico Robert Orben popularizó una irónica definición de las vacaciones, "no tener nada que hacer y tener todo el día para hacerlo", que resulta muy divertida, aunque no exacta del todo para los periodistas. Por ese componente vocacional, y también porque cada vez hay más autónomos en el gremio, no solemos desconectar del todo de la actualidad, ni siquiera a mediados de agosto. Lo que sí consigue, al menos en mi caso, esa relajación de la actividad es observar las noticias desde otra perspectiva, como si leerlas con el bañador puesto o perfilando la ruta turística del día les otorgara otros matices.
Aunque no siempre la reacción es la misma, porque en ocasiones uno afronta el tema en cuestión de pasada, como si se autoconcediera un paréntesis y no quisiera dedicarle ni un segundo de su descanso a lo mismo de siempre. Pero a veces también, al estar desprovisto de esa mirada profesional, la realidad consigue enfadarte más que nunca, como si pensaras que ni siquiera en estos momentos los personajes de siempre dejan de comportarse como tales.
Y seguramente ese mismo espíritu lúdico y distendido influye en algunos de los protagonistas de las informaciones que ayudan a sobrellevar ese páramo comunicativo, porque de otra manera no se entienden ciertas actitudes. Es intolerable que un responsable público no reaccione con responsabilidad y celeridad cuando hasta quince incendios forestales amenazan tu comunidad y hay miles de personas desalojadas de sus viviendas, como ocurrió con Alfonso Fernández Mañueco, pero la crítica política también tiene códigos, y aprovechar la ocasión para lanzar pullas presuntamente graciosas en bermudas desde el teléfono móvil refiriéndose al incendio de Tarifa es sencillamente despreciable. Y lo peor es que no es la primera vez que Óscar Puente hace alg oasí, ni será la última, aunque cuando ocurre nuestro caos ferroviario de cada día ya no se muestra tan activo ni ocurrente en las redes sociales.
Al comprobar que han dado juego sus críticas a la tardanza de Mañueco en reaccionar ha querido seguir ampliando el radio y ha elegido como nuevo objetivo a Juanma Moreno, con la inestimable colaboración de los miembros del PSOE andaluz a la hora de criticar que el presidente andaluz no haya estado presente en los incendios de la Mezquita o el de Tarifa. Como si fuera comparable la reacción entre dos sucesos que estuvieron controlados en 24 horas y una decena y media de fuegos que permanecen activos durante varios días. Si ese es el listón de exigencia para Óscar Puente, ¿por qué no dijo nada cuando Pedro Sánchez tardó cinco días en acudir a Valencia después de la Dana?
La verborrea faltona de Puente es una anécdota que desgraciadamente puede elevarse a categoría, porque aunque el suyo sea el caso más flagrante, por lo chusco de sus formas y por su condición de ministro, desgraciadamente no es el único político que utiliza las redes sociales como si fuera un trol de medio pelo o uno de esos haters que tratan de hacer más llevadera su triste existencia insultando a los demás desde la lejanía de la pantalla y el teclado.
Como los que han demostrado su estulticia alegrándose del incendio en la Mezquita de Córdoba con repugnantes comentarios islamófobos o quienes han aprovechado para señalar que si el monumento fuera de titularidad pública y no propiedad de la Iglesia, esto no hubiera pasado. Demostrado queda que ni la maldad ni la estupidez se cogen vacaciones.
Opinión Tampoco lo hacen las noticias, como hemos visto, aunque la intensidad de la actualidad sí disminuya considerablemente. Aunque la falta de actividad parlamentaria se trata de compensar con algunas declaraciones políticas, muchas de las cuales solo son explicables por los efectos de la ola de calor. Pero a veces hay que tirar de los clásicos reportajes veraniegos sobre cómo soportar las altas temperaturas o la guerra por reservar espacio en la primera línea de playa o de piscina.
A veces, incluso no da con eso y convertimos en noticia lo que nunca debería serlo en condiciones normales, contribuyendo a engordar a personajes peligrosos, por ejemplo contando que alguien que no es nadie ha tenido que pagar al revisor de un tren al que había accedido con un billete de menor valor del necesario. Es difícil no avergonzarse al ver esa historia después de leer que la ONU cifra en 242 el número de periodistas muertos en Gaza desde 2023, el mayor número de víctimas en un conflicto bélico, por encima de las dos guerras mundiales.
En fin, que en estos días más relajados también es positivo hacer autocrítica desde la profesión y analizar por qué hemos ido perdiendo parte de nuestra credibilidad, hasta el punto de que muchas personas crean estar informados a través de quienes confunden el periodismo con el activismo y las entrevistas con los interrogatorios. "Perdonen las disculpas", que dirían los No me pises que llevo chanclas. Mucho mejor que el engreído "disculpen las mejoras" del amigo Puente.
El cómico Robert Orben popularizó una irónica definición de las vacaciones, "no tener nada que hacer y tener todo el día para hacerlo", que resulta muy divertida, aunque no exacta del todo para los periodistas. Por ese componente vocacional, y también porque cada vez hay más autónomos en el gremio, no solemos desconectar del todo de la actualidad, ni siquiera a mediados de agosto. Lo que sí consigue, al menos en mi caso, esa relajación de la actividad es observar las noticias desde otra perspectiva, como si leerlas con el bañador puesto o perfilando la ruta turística del día les otorgara otros matices.