El Zaguán
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¿Sueña Juanma Moreno con votantes de centro?
El castillo construido por el presidente andaluz durante siete años se ha tambaleado con el terremoto del cribado del cáncer de mama, ¿será suficiente su reacción?
En un colegio electoral del Distrito Cerro Amate de Sevilla, en las elecciones municipales de 2015, una señora de unos 60 y largos años, con chándal y babuchas de paño, me preguntó: "Niño, ¿cuál es la papeleta para votar a Felipe González?". El expresidente del Gobierno no encabezaba una lista electoral desde hacía 20 años y jamás concurrió a unos comicios locales, pero aquella buena mujer tenía muy claro a quién quería apoyar. Desde aquel día, siempre que se abren las urnas, hay una pregunta que me ronda la cabeza: ¿Por qué votamos lo que votamos?
La teoría política indica que hay un voto llamado racional, económico o evaluativo, que es el que se ejerce después de analizar variables teóricamente objetivas, cómo qué medidas contemplan los programas electorales y qué impacto puede tener aquello que propone cada partido en la situación económica y social e incluso en la del propio ciudadano de manera individual. Luego existe un gran porcentaje de voto identitario, que es el de aquellas personas que son afiliadas, militantes o simplemente fieles a una opción por plena afinidad ideológica o bien por tradición o motivos sentimentales.
También tiene mucha relevancia la alternativa opuesta, el voto a la contra o de castigo, cuando el rechazo absoluto por un candidato lleva a apostar por su adversario. Un tipo similar, aunque con otros matices, es el de protesta, que ante el desencanto con la clase política se inclina por opciones exóticas que aparentan estar fuera del sistema. Por último, podríamos citar el del efecto arrastre, que se produce en aquellos casos en que los sondeos dan un claro favorito y hay electores que quieren subirse al carro del ganador, o el voto útil, con circunstancias similares.
Sin ánimo de ser exhaustivos, porque existen otras categorías menores o subcategorías, ese puede ser un resumen de las pulsiones que llevan a una persona a elegir una papeleta en lugar de otra. Aunque otra cuestión determinante no es solo por qué vota, sino qué cree que vota. Porque cada cita electoral cuenta con unas características muy definidas, y lógicamente no tiene las mismas implicaciones elegir al presidente del Gobierno, que al de la comunidad autónoma, o al alcalde de tu ciudad o pueblo, o a quienes nos representarán en el Parlamento Europeo. Siempre han influido cuestiones nacionales en comicios regionales o locales, pero en esta política actual, en la que los límites se superponen y todo parece valer, esta influencia es aún más presente.
Opinión Hasta ahora, el acierto de Juanma Moreno había sido saber navegar perfectamente entre las distintas motivaciones de los electores y al mismo tiempo mostrar a Andalucía como una especie de oasis, en el que los efectos del agrio y polarizado debate político nacional no habían sido profundos. Así, por etapas ha sido capaz de no defraudar las expectativas del voto identitario, mostrar un talante que no provoque rechazo, ofrecer razones para el voto racional a través de los datos económicos de la comunidad y, en las últimas elecciones, apelar directamente al voto útil y a ese efecto arrastre para alcanzar la mayoría absoluta y relegar a Vox a la intrascendencia, cuando otros barones populares se han visto obligados a depender de la ultraderecha.
Y, al mismo tiempo, ha ido trabajando una imagen de moderación y sensatez, en contraposición no solo con Pedro Sánchez, con quien disiente hasta en el título de sus libros, sino con otras figuras de su propio partido como Isabel Díaz Ayuso. Alimentando ese concepto de la vía andaluza para defender otro concepto de política, tristemente casi habría que decir que de otra época.
Opinión Ocurre que todo ese castillo que Juanma Moreno y su equipo han ido construyendo durante siete años a base de trabajo, buena estrategia y paciencia, no diremos que se ha derrumbado, ni mucho menos, aunque sí ha notado con fuerza los efectos de un terremoto de gran magnitud llamado escándalo de los cribados del cáncer de mama. Las primeras reacciones tras la enorme sacudida fueron tardías, dubitativas y algunas directamente erróneas, pero después de sacudirse la ropa ha recompuesto la figura. Ha mostrado su pesar, ha pedido disculpas reiteradamente, ha depurado responsabilidades y ha dejado el asunto en manos de un político experimentado, trabajador y curtido en crisis y en negociaciones como Antonio Sanz.
¿Será suficiente todo esto? Porque la figura moderada, el yerno que las suegras andaluzas querían tener, el pepero que defiende avances sociales y reivindica a Felipe González y Alejandro Rojas Marcos, ha pasado a ser el dirigente cuestionado por su gestión en un asunto del que depende la vida de muchas mujeres. Ha dado el salto al debate nacional no ya como el envés de Ayuso y sus titulares gruesos, sino como el protagonista de un asunto feo en el que sus adversarios han visto que es posible morder la presa y no soltarla.
Ahora aparece a menudo, siempre criticado, en esa parrilla de Televisión Española que un espectador puede recorrer de tertulia en tertulia sin tocar el suelo ni necesidad de tocar el mando. En la misma escaleta que recoge, sin solución de continuidad, las últimas revelaciones sobre Mazón y El Ventorro, las declaraciones en el juicio al Fiscal General del Estado, los audios de Leire Díez, las novedades de los casos de la mujer o el hermano de Pedro Sánchez o los fallos de las pulseras antimaltrato. Y en este totum revolutum, corre el riesgo de parecer uno más y de que en las próximas elecciones pese más el voto de castigo que el racional o el útil. Parafraseando a Philip K. Dick y sus ovejas eléctricas, ¿Soñará Juanma Moreno con votantes de centro?
En un colegio electoral del Distrito Cerro Amate de Sevilla, en las elecciones municipales de 2015, una señora de unos 60 y largos años, con chándal y babuchas de paño, me preguntó: "Niño, ¿cuál es la papeleta para votar a Felipe González?". El expresidente del Gobierno no encabezaba una lista electoral desde hacía 20 años y jamás concurrió a unos comicios locales, pero aquella buena mujer tenía muy claro a quién quería apoyar. Desde aquel día, siempre que se abren las urnas, hay una pregunta que me ronda la cabeza: ¿Por qué votamos lo que votamos?