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Los políticos que temían a los periodistas
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Fernando Matres

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Los políticos que temían a los periodistas

¿Y si después de varios años de degradación del trato institucional hacia los periodistas algunos han respondido con prácticas que caen en el exceso contrario?

Foto: Antonio Maíllo, candidato de Por Andalucía a la Presidencia de la Junta en 2026. (Europa Press/Joaquín Corchero)
Antonio Maíllo, candidato de Por Andalucía a la Presidencia de la Junta en 2026. (Europa Press/Joaquín Corchero)
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Arturo Pérez-Reverte ha contado en numerosas ocasiones una anécdota muy reveladora sobre las relaciones del periodismo con el poder. Ocurrió cuando, con solo 16 años, empezó a colaborar con La Verdad de Cartagena, escribiendo sus primeras noticias y reportajes. Un día que en la redacción estaban todos ocupados, su jefe le encargó que entrevistara al alcalde sobre unos restos arqueológicos que al parecer habían sido destruidos. Aquel aprendiz, al que hoy llamaríamos becario, dudó de su capacidad para una tarea que consideraba importante y así lo transmitió honestamente, reconoció que tenía miedo de que fuera algo que le quedara grande. Y entonces, "el viejo zorro de redacción", en palabras del propio escritor, que le había encomendado el trabajo, le dijo una frase que aún hoy en día considera la mejor lección de periodismo que le han dado en su vida: "¿Miedo? Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti".

Pérez-Reverte ha usado a menudo esta vivencia como ejemplo para denunciar el deterioro de la influencia del periodismo, cómo este se ha plegado al poder, debido, por un lado, a la polarización y el sectarismo, y, por otro, a la dependencia económica de las subvenciones públicas. En su discurso al recibir el Premio Mariano de Cavia en 2020, reiteró que "el único freno que conocen el político, el financiero o el notable, cuando alcanzan cotas perversas de poder, es el miedo a la prensa libre".

Ciertamente, no es la única voz que ha criticado que el periodismo en los últimos años está marcado por una creciente polarización que ha convertido a algunos medios en altavoces de trincheras ideológicas más que en garantes del interés público. El seguidismo acrítico de los argumentarios políticos, que a menudo se imponen sobre la verificación rigurosa de los hechos, ha erosionado la credibilidad y la independencia editorial. A ello se suma una preocupante reducción de la libertad real de los profesionales, condicionados por presiones económicas, partidistas y corporativas que pretenden limitar la pluralidad y empobrecer el debate democrático. Cualquiera que se dedique a este oficio puede contar casos de presiones. El Confidencial ha debido soportar que desde el Gobierno se hablara de "pseudomedios" o "máquina del fango" simplemente por publicar informaciones que luego se han ido confirmando punto por punto.

Recordé la anécdota de Pérez-Reverte el pasado lunes, aunque el motivo del temor que sufría el político frente al periodista era por una causa mucho menos noble de la que defendía el veterano redactor que le dio aquel consejo. Fue después de ver la entrevista, por llamarla de alguna forma, que Javier Ruiz le hizo en el programa "Mañaneros" de Televisión Española a Antonio Maíllo, coordinador federal de Izquierda Unida y candidato de Por Andalucía a las próximas elecciones autonómicas.

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El presentador le dio la bienvenida, le hizo una pregunta sobre el fallo del juicio al Fiscal General del Estado, posteriormente le pidió que no se retirara y dio paso a otro tema, con opiniones de los tertulianos presentes en la mesa. Más tarde, cuestionó a Maíllo sobre el caso de presunta corrupción en la Diputación de Almería y, al término de su respuesta, al pretender despedirlo, el líder de IU se quejó con mucha educación de la larga espera y de que no había tenido tiempo para hablar de su candidatura a las autonómicas.

Ciertamente, tenía razón, porque dedicó tres minutos a responder las dos únicas cuestiones que le plantearon y, entre una y otra, estuvo siete minutos y diez segundos esperando. Es decir, el doble de tiempo plantado frente a la cámara en silencio que hablando. Incluso hizo una alusión -"usted me llama, me hace una pregunta, pasa otra vez a los tertulianos que llevan todo el programa hablando…"- que nos hizo recordar a esa ya mítica frase de Francisco Umbral a Mercedes Milá: "Es que pasa el tiempo, entra la publicidad, entran unos vídeos absurdos que todos hemos visto ya, y no se habla de mi libro, ¿pero entonces a qué he venido yo aquí?".

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Maíllo reclamó más respeto y ahí fue cuando Javier Ruiz perdió bastante los papeles y dio motivos para temerlo, no ya por la influencia de su programa, sino por su airada respuesta. Empezó afirmando que "tengo poco tiempo para un mitin", continuó con un "yo soy periodista" que remitía al "soy ciudadano americano" que se proclama como salvoconducto absoluto en las películas y siguió con un "usted no me dirige a mí, ni usted ni nadie, este programa lo dirijo yo y yo hago las preguntas", con tanta primera persona del singular que recordó al fandango de Paco Toronjo: "Todo aquel que dice yo soy, es porque no tiene quien le diga tú eres"…

Aunque supo reaccionar durante el mismo programa y más tarde pidió disculpas por su reacción, sin duda desproporcionada, el episodio me hizo pensar en si ciertas relaciones entre el poder político y la prensa no habían dado un giro radical. Si después de varios años marcados por una degradación del trato institucional hacia los periodistas, con presiones más o menos soterradas, comparecencias sin posibilidad de preguntas, entrevistas concedidas únicamente a medios afines y campañas de descrédito contra informaciones incómodas, no se ha producido cierta inversión preocupante y algunos profesionales han respondido adoptando prácticas que, lejos de reivindicar el rigor y la independencia, caen en el exceso contrario.

Porque se multiplican los artículos o entrevistas donde ser incisivos se confunde con ser descorteses, los calificativos gruesos sustituyen a las preguntas y las alusiones personales bordean, cuando no cruzan, el terreno del insulto. Esta deriva, más performativa que informativa, no solo empobrece el debate público, sino que contribuye a normalizar un clima de confrontación que degrada tanto la función del periodista como la del político. El resultado es un círculo vicioso en el que la crispación se impone sobre la búsqueda de la verdad y el servicio público. ¿Y si en lugar de temernos unos a otros, empezamos por respetarnos?

Arturo Pérez-Reverte ha contado en numerosas ocasiones una anécdota muy reveladora sobre las relaciones del periodismo con el poder. Ocurrió cuando, con solo 16 años, empezó a colaborar con La Verdad de Cartagena, escribiendo sus primeras noticias y reportajes. Un día que en la redacción estaban todos ocupados, su jefe le encargó que entrevistara al alcalde sobre unos restos arqueológicos que al parecer habían sido destruidos. Aquel aprendiz, al que hoy llamaríamos becario, dudó de su capacidad para una tarea que consideraba importante y así lo transmitió honestamente, reconoció que tenía miedo de que fuera algo que le quedara grande. Y entonces, "el viejo zorro de redacción", en palabras del propio escritor, que le había encomendado el trabajo, le dijo una frase que aún hoy en día considera la mejor lección de periodismo que le han dado en su vida: "¿Miedo? Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti".

Mercedes Milá Izquierda Unida Periodismo