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El 'blackface' como metáfora
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Fernando Matres

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El 'blackface' como metáfora

Caracterizarse y maquillarse para parecerse a una persona que uno no es, ¿no es esa una inmejorable descripción del día a día de un político cuando está en campaña?

Foto: Juanma Moreno encarnó en la Cabalgata de Sevilla al Rey Baltasar. (Europa Press/Joaquín Corchero)
Juanma Moreno encarnó en la Cabalgata de Sevilla al Rey Baltasar. (Europa Press/Joaquín Corchero)
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"El Rey Baltasar este año es Moreno", bromeó el presentador del acto de coronación de los Reyes Magos previo a la Cabalgata de Sevilla, a medio camino entre una escueta y certera definición y una sutil justificación ante las críticas a su blackface. En pleno siglo XXI, no puede sorprender que se cuestione que alguien se pinte la cara de negro, más aún si quien lo hace es un político, así que el presidente de la Junta de Andalucía, y sus asesores, ya contaban cuando fue designado para participar en el cortejo con que se produciría esta reacción, tan recurrente como sobreactuada. Tan comprensible es que sus adversarios políticos lo utilicen en su contra como cogido con pinzas está el reproche, a poco que se conozca la particular idiosincrasia de esta celebración en Sevilla, que no organiza el Ayuntamiento, sino el Ateneo, y en la que siempre encarnan a los monarcas personalidades relevantes, con una determinada posición social y cierto, como diría Manuel Ruiz de Lopera, "desenvolvimiento" económico.

Circunstancia diferente es cuestionar la oportunidad, o el oportunismo, de hacerlo a tan solo unos meses de unas elecciones. Un debate asumible, aunque quien lo plantee también debe recordar que anteriormente otros políticos de diferente signo se subieron a la misma carroza. Por no hablar de la enorme incongruencia de que quienes denuncian que Juanma Moreno se aprovecha de la ilusión de los más pequeños para darse un baño de masas, pervirtiendo el espíritu de la celebración, sean los primeros en jalear los abucheos o las consignas en su contra al paso de la comitiva, confundiendo persona y personaje.

Pero, clásicos rifirrafes partidistas al margen, lo que más llamativo me pareció al contemplar la Cabalgata de Reyes Magos es que Juanma Moreno y su blackface nos brindaron en los primeros días del año, por más extraño que suene, la más perfecta metáfora de lo que es una campaña electoral. Hasta ahora, la más atinada y gráfica definición acerca de este mundillo siempre me parecía la que hace un veterano político sevillano con varios trienios en diferentes responsabilidades públicas y orgánicas, y que, curiosamente, también tiene a los niños como protagonistas. Esa que dice que la política es como un tiovivo, en el que unas veces vas subido al caballo más hermoso y otras, en una simple bicicleta, hay días que circulas en un deportivo descapotable y otros, en el coche de bomberos. Pero, remata siempre su reflexión, "lo importante es ser de los que están arriba, nunca de los que están abajo viendo cómo los demás dan vueltas".

Desde este 5 de enero sumo otra imagen muy rotunda al catálogo de comparaciones, porque si a fin de cuentas un blackface es caracterizarse y maquillarse para parecerse a una persona que uno no es, ¿no es esa una inmejorable descripción del día a día de un político cuando está en campaña? Transformarse en alguien al que el otro quiere ver, encarnarse en un tercero, representar un papel para mostrar al personaje y no a quien hay detrás. La degradación de la política, y de ahí la peligrosa desafección, se explica entre otras cosas, por desplazar el clásico "sé tú mismo" para aconsejar al candidato que se disfrace, que se oculte, que sea aquel que los posibles votantes quieren que sea, pero jamás él mismo.

Foto: crispacion-politica-andaluza-comparacion-1hms Opinión
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Fernando Matres

A fin de cuentas, en lo que respecta a los Reyes, concedemos ese privilegio de la suspensión de la incredulidad, por la que aparcamos por un momento nuestro espíritu crítico o más realista, porque elegimos creer en lo fantástico, en lo sorprendente. Puede que en el periodo preelectoral optemos por lo mismo, como si viéramos el proceso con la mirada que aplicamos a las obras de ficción o al terreno de lo mágico. Somos conscientes de que eso que nos cuentan no es la verdad, pero les otorgamos ese comodín, esa confianza porque, total, todos hacen igual.

Últimamente, estamos acostumbrados, resignados, diría, a escribir la carta sin ilusión y a ser conscientes de que el regalo que encontraremos en la mañana no tendrá nada que ver, no ya con el que esperábamos, sino con el que nos habían prometido. Apenas recordamos ya el momento en el que observábamos el futuro con los ojos nuevos con que los niños registran el recorrido de la Cabalgata. Hace tiempo que, a fuerza de desengaños, no nos maravillamos al paso imponente de un espectacular Rey Mago que nos ilusione, nos hable con el discurso de la sinceridad, sin augurar falsos oros, inciensos y mirras que se acaban transformando en humo, y circule por el camino de la sensatez, sin que su carroza dé bandazos ni transite por los extremos de la calle.

Será porque, por culpa de unos y otros, de ellos y de nosotros, ya nos hemos habituado más a detectar el maquillaje corrido y la barba postiza mal colocada que a dejarnos sorprender por las espectaculares túnicas y las brillantes coronas.

"El Rey Baltasar este año es Moreno", bromeó el presentador del acto de coronación de los Reyes Magos previo a la Cabalgata de Sevilla, a medio camino entre una escueta y certera definición y una sutil justificación ante las críticas a su blackface. En pleno siglo XXI, no puede sorprender que se cuestione que alguien se pinte la cara de negro, más aún si quien lo hace es un político, así que el presidente de la Junta de Andalucía, y sus asesores, ya contaban cuando fue designado para participar en el cortejo con que se produciría esta reacción, tan recurrente como sobreactuada. Tan comprensible es que sus adversarios políticos lo utilicen en su contra como cogido con pinzas está el reproche, a poco que se conozca la particular idiosincrasia de esta celebración en Sevilla, que no organiza el Ayuntamiento, sino el Ateneo, y en la que siempre encarnan a los monarcas personalidades relevantes, con una determinada posición social y cierto, como diría Manuel Ruiz de Lopera, "desenvolvimiento" económico.

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