El Zaguán
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La tragedia de Adamuz y las camisetas de propaganda
La sensatez en la clase política ha durado poco y algunos programas de televisión parecen un "remake" de "El gran carnaval": menos mal que siempre queda la gente
Con el alma sobrecogida y el corazón blandito por las terribles consecuencias de la tragedia de Adamuz, conmocionados cada vez que la alerta del móvil nos avisa de una dramática actualización de la lista de fallecidos o conocemos otra terrible historia más detrás de ese número, en estos días estamos huérfanos de consuelo. Así que queremos aferrarnos al más mínimo atisbo de luz, a cualquier circunstancia que nos recuerde que, a pesar de todo, siempre hay motivos para la esperanza. Y ahí, como siempre, surge la gente. Y recordamos las palabras de Antonio Machado en su carta al escritor ruso David Vigodsky en plena Guerra Civil: "En España lo mejor es el pueblo (…). En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo". De hecho, el seudónimo de su padre era Demófilo…
Pensamos entonces en Javier, el policía jubilado que fue de los primeros en llegar a la zona del accidente para ayudar a los heridos; en Julio, el chaval de 16 años que reaccionó con valentía a su prematuro encuentro con el horror cuando volvía de pescar con su madre; en Rafael Ángel, el alcalde que estuvo horas y horas sin dormir ni comer para atender a todos; o en todas aquellas personas que auxiliaron a los heridos o acogieron en sus casas a los pasajeros y donaron mantas, ropa o alimentos. La palabra solidaridad en mayúsculas y en toda su extensión, esa que tanto caracteriza a nuestra tierra y que permite, por ejemplo, que España encabece el ranking mundial de donación de órganos durante más de treinta años.
Frente a su entrega generosa, el contrapunto miserable de quienes quieren sacar tajada de una desgracia, como las compañías aéreas, las empresas de alquiler de coches o los conductores de vehículos compartidos que, ante la elevada demanda, han pensado que lo mejor era subir exageradamente los precios. Su podredumbre moral los retrata, en contraste con quienes se han volcado en ayudar, ofreciendo lo mejor de ellos sin pensar en el retorno. Como a aquellos periodistas o medios de comunicación que confunden deliberadamente el derecho a la información con el sensacionalismo y el interés público con la posibilidad de aumentar la audiencia. O a la directora de la academia de preparación de oposiciones, algunos de cuyos alumnos iban en uno de los trenes siniestrados, a la que no se le ocurrió otra cosa que aparecer en sus entrevistas en la televisión con una camiseta publicitaria de su negocio, como si fuera Santiago Segura promocionando una película.
Por esa necesidad vital de encontrar algo que nos reconforte hasta en el pozo más oscuro, y también por lo tristemente inusual del hecho, fue acogida con una gran satisfacción la sintonía mostrada entre las distintas administraciones en las primeras horas tras el suceso. Era tan extraño como edificante ver a todos los responsables públicos de la mano para reaccionar a la tragedia e incluso a Óscar Puente y Juanma Moreno dedicarse elogios mutuos, algo especialmente extraño en el caso del ministro de Transportes, quien no destaca por su amabilidad con quien profesa una militancia distinta a la suya. Así quiere la sociedad ver responder a quienes gobiernan cuando se produce una emergencia, con cooperación, lealtad y responsabilidad, no arrojándose las competencias a la cara entre reproches cruzados.
Opinión La tregua política que parecía haberse decretado tan solo había sido rota por una comparecencia fuera de lugar de Vox, como es habitual, y por algún que otro mensaje desafortunado en las redes sociales, como uno de Gabriel Rufián. La biempensante primera impresión fue pensar que nuestros políticos habían aprendido de la desastrosa experiencia de cómo unos y otros habían gestionado la crisis de la Dana de Valencia, pero las circunstancias posteriores nos indican que no parece ser así. Más bien, fue la combinación entre el talante de Juanma Moreno y su proclamada vía andaluza y el temor de Óscar Puente ante las consecuencias de una catástrofe dentro de su negociado directo la que generó un respeto mutuo inicial.
Pero, una vez amortiguada la conmoción inicial, aparece más nítida la penosa realidad. Y uno recuerda que los tuits de Puente cargando contra Mañueco y Moreno y mofándose de los incendios en Castilla y León, Tarifa y la Mezquita los escribió después del lamentable espectáculo de la Dana. Y observa cómo el PP pide explicaciones con dureza, sin esperar a la finalización de los tres días de luto oficial, por miedo a que sea Santiago Abascal el que capitalice la indignación. Y se pregunta qué pintaba Alberto Núñez Feijóo en Adamuz diciendo que el Gobierno no le ha informado de nada. O en calidad de qué estaba María Jesús Montero, ministra de Hacienda, en la comitiva, más allá de para tener visibilidad como candidata. ¿Si es por ser andaluza, no es Luis Planas de la misma Córdoba?
Opinión Y entonces compruebas que la sensatez y el sentido común en la clase política han durado poco, salvo en muy contadas excepciones. Y ves con asco que algunos programas de televisión se han convertido en un lamentable remake de El gran carnaval de Billy Wilder. E imaginas que, de repente, todo el mundo viste su propia insultante camiseta de propaganda. Y confirmas que, una vez más, no hemos aprendido nada. Menos mal que siempre queda la gente, el pueblo.
Con el alma sobrecogida y el corazón blandito por las terribles consecuencias de la tragedia de Adamuz, conmocionados cada vez que la alerta del móvil nos avisa de una dramática actualización de la lista de fallecidos o conocemos otra terrible historia más detrás de ese número, en estos días estamos huérfanos de consuelo. Así que queremos aferrarnos al más mínimo atisbo de luz, a cualquier circunstancia que nos recuerde que, a pesar de todo, siempre hay motivos para la esperanza. Y ahí, como siempre, surge la gente. Y recordamos las palabras de Antonio Machado en su carta al escritor ruso David Vigodsky en plena Guerra Civil: "En España lo mejor es el pueblo (…). En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo". De hecho, el seudónimo de su padre era Demófilo…